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Cuando la culpa es de la cuesta, la lluvia… y del ciclista: La respuesta de Oviedo a una caída en la senda de Trubia

El Ayuntamiento rechaza indemnizar a un deportista aficionado al considerar que la pendiente, la humedad y el verdín forman parte del “riesgo ordinario” de la senda

La senda verde de San Andrés, en una imagen de archivo.

La senda verde de San Andrés, en una imagen de archivo. / LNE

Lucas Blanco

Lucas Blanco

La Senda Verde de San Andrés de Trubia no solo sirve para pasear, correr o pedalear: también, al parecer, para impartir lecciones prácticas sobre física, meteorología y responsabilidad individual. Al menos eso se desprende de la respuesta del Ayuntamiento de Oviedo a un vecino que reclamó una indemnización tras caerse de la bicicleta.

El ciclista sufrió un accidente el 20 de octubre de 2024 mientras circulaba en bici por este conocido trazado. Su versión de los hechos dibuja una escena poco amable: pendiente pronunciada, pavimento mojado, presencia de verdín —ese clásico asturiano que no necesita presentación— y una rejilla metálica transversal. Una combinación que, según él, iba más allá del “riesgo ordinario” que uno asume al subirse a una bici.

Además, el afectado apuntó un detalle que parecía jugar a su favor: tras el accidente, el Ayuntamiento colocó señalización y trató el firme. Blanco y en botella, pensaría cualquiera. Pues no exactamente.

Manual de ciclismo aplicado

La resolución municipal, firmada a mediados de enero, tras una reclamación presentada por los abogados Francisco Pérez Platas y Beatriz Villanueva Alonso viene a decir que todo estaba a la vista. Literalmente. El siniestro ocurrió de día, así que la pendiente era pendiente, el suelo mojado estaba mojado y el verdín… verde. Nada oculto ni sorpresivo.

Lejos de ver defectos, el informe considera que hablamos de “características propias del entorno”. Traducido: La cuesta está ahí porque el terreno sube (y baja); la humedad y el verdín son hijos legítimos del clima asturiano y de las zonas sombrías y la rejilla no es una trampa, sino un elemento “imprescindible” para que el agua no convierta la senda en una piscina municipal.

Por si quedaba alguna duda, el Ayuntamiento saca artillería legal y cita el artículo 45 del Reglamento General de Circulación: todo conductor —sí, también el de dos ruedas sin motor— debe adaptar su velocidad a las condiciones del terreno, la meteorología y sus propias capacidades. Vamos, que si el suelo resbala, toca ir con tiento.

Las mejoras que no significan nada (o casi)

¿Y qué pasa con las señales y el rallado del pavimento colocados después? Aquí llega otro giro curioso. Lejos de interpretarlo como un reconocimiento de peligrosidad, el Consistorio lo presenta como justo lo contrario: prueba de que cumple con su deber de mantenimiento de las vías públicas.

Es decir, que se actúe después no implica que antes estuviera mal, sino que ahora está… mejor mantenido. Una lógica administrativa que, vista desde el sillín, puede resultar algo resbaladiza.

Riesgo “del normal”

Conclusión oficial: no hubo un riesgo anormal, sino el de siempre. El de una senda con cuestas, humedad y cosas que drenan agua en una región donde llueve con cierta frecuencia. Y, en ese escenario, la responsabilidad principal recae en quien pedalea.

Así que, según esta versión, la Senda Verde no es peligrosa: simplemente es Asturias. Y para circular por ella, además de casco, igual conviene llevar un máster en anticipación.

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