Oviedo, a pie de calle: (Montecerrao IV)
El legado del "Principito" ovetense, el chaval que empezó vendiendo relojes en su Seat 600 y que acabó levantando 800 viviendas
Fernando Álvarez tuvo en mente desde su juventud "crear una pequeña ciudad dentro de Oviedo", que no pudo llegar a ver, tras promover edificios en Uría, el Milán y Plaza de América, en una carrera profesional corta pero prolífica

La familia de Fernando Álvarez, junto a la estatua de Fernando Álvarez, cuando se inauguró su plaza en Montecerrao, en septiembre de 2004, dos años después de su fallecimiento. A la derecha, el entonces alcalde de Oviedo, Gabino de Lorenzo. / LNE
El alma mater de Monte Cerrao empezó vendiendo relojes y joyas, que llevaba a modo de expositor improvisado en el asiento trasero de su Seat 600 de ruedas anchas y línea deportiva. El chaval, que había estudiado en el colegio de la Gesta y en el instituto Alfonso II y ayudaba de pequeño a su madre a vender leche en la plaza de Oviedo, se introdujo pronto en el mercado inmobiliario: «Tenía don de gentes», asegura quien le conoció bien y cerca, desde cuando Fernando Álvarez saltaba a caballo en el hípico de San Lázaro, donde luego estaría el canódromo.
Fernando Álvarez había nacido el 12 de mayo de 1951, solo unos minutos antes que su hermano mellizo, Francisco, en Vega, el pueblo que todavía conserva hoy el alma rural de esta zona del suroeste ovetense. «Era un crack como vendedor, con los muestrarios de la relojería Solís que llevaba en aquel 600; empezó a tratar con gente bien situada, iba por el Pelayo y por los cafés del centro de Oviedo, era un guaje de poco más de 18 años, y ese don de gentes acabó llevándole a hacer de intermediario en compra venta de pisos y solares», describe un antiguo compañero del sector.
Una habilidad, la de vendedor, que seguramente aprendió el constructor en su más tierna infancia cuando, junto a sus hermanos, acompañaba a su madre, Amada García, a vender leche de la casería familiar hasta la plaza, en pleno casco antiguo de Oviedo. De muestra, un botón: si se enteraba que la hija de algún acaudalado de la sociedad ovetense se casaba, allí se presentaba y le vendía un brillante al orgulloso padre: «Prefería vender pocas joyas, pero muy valiosas, que muchas», contaba a este periódico su hermano mayor, Marcelino Álvarez, hace ya bastantes años. Por esa época, el joven emprendedor, conocido como «El Principito» en el Oviedo de una época cuando los motes eran mucho más habituales que ahora, también ayudaba en el entoldado del antiguo Reconquista, una pista donde se organizaban competiciones de baloncesto y boxeo, situada al lado del actual hotel y sede de los premios «Princesa de Asturias».
Las amistades trabadas en los años de juventud con empresarios potentes, como los Orejas, resultaron decisivas para que Fernando Álvarez iniciara su incursión en un mundo, el de la construcción, donde ya se movería como pez en el agua de ahí en adelante en iniciativas como Asturiana de Terrenos e Inversiones (Astinsa). Junto al arquitecto y directivo del Real Oviedo, Cándido Llaneza, el abogado José Carlos Botas y el aparejador Canteli pusieron en marcha esa sociedad. En su primera gran operación, Fernando Álvarez hizo la maleta para irse a negociar a Roma con las monjas el antiguo colegio de Santo Ángel, en la calle Gil de Jaz, donde levantaría luego un edificio de viviendas. Hubo tiras y aflojas, pero los socios celebraron aquel éxito empresarial con un viaje de 15 días a Brasil. Fue la primera gran operación, pero no la última: gran parte de las naves industriales de Siero levantadas en los años setenta tuvieron su origen en Astinsa. Cuando esta sociedad se disolvió, por mutuo acuerdo de los socios, Fernando Álvarez ya voló solo, por libre.
Hizo «muchos edificios potentes»: en la calle Uría donde estaba el Simago; en la calle Palacio Valdés, donde estuvo la cafetería Choko y las torres del Cortijo, en San Lázaro, además de otros inmuebles en las calles Foncalada y Campomanes. «Empezó a ganar dinero», según uno de sus antiguos colaboradores. Y «tuvo una visión», prosigue, «convertir todos los praos en los que había jugado de pequeño en una zona residencial, de hecho debió ir comprando junto a su familia los terrenos que se enteraba que vendían». La idea rondaba en su cabeza desde joven.
Montecerrao empezó a sonar como potencial desarrollo urbanístico antes del Mundial 82, cuando Oviedo fue elegida como una de las subsedes del campeonato de fútbol. Durante los años previos hubo un intenso debate político en el Ayuntamiento de Oviedo sobre si había que construir un estadio nuevo o reformar el viejo Tartiere, inaugurado en abril de 1932 con la primera tribuna sin columnas de toda España. Uno de los emplazamientos barajado si se optaba por un estadio de nueva planta fue Montecerrao, aunque finalmente el Ayuntamiento se decidió por una reforma en profundidad del antiguo campo de fútbol. Pero aquel debate ya puso sobre el tablero del planeamiento urbanístico de la ciudad unos terrenos hasta entonces reservados a las caserías y cabezas de ganado, sobre todo vacas y ovejas, que pastaban en esa zona «extramuros» del casco urbano ovetense.
La actividad promotora de Fernando Álvarez en Oviedo con la empresa, a la que acabó poniendo el nombre de la zona donde se había criado, resultó de lo más prolífica antes de abordar Montecerrao. Fue uno de los promotores que inició el desarrollo del Milán, también fue suya una promoción de Avenida Colón esquina a la calle Teijeiro (actual Real Oviedo), y la de la Plaza América donde está el restaurante Del Arco. Todo un legado a la vista de las ochocientas viviendas que desarrolló en una carrera profesional corta, por imperativo de la enfermedad que acabó con su vida a los apenas 51 años de edad, un domingo de febrero de 2002.

Fernando Álvarez, en el centro, en la presentación de un torneo de golf que patrocinaba, en una imagen de archivo. / Luisma Murias
Muchos de sus edificios llevaron la firma de Emilio Llano, el arquitecto con el que movió el plan de Montecerrao, protagonista de múltiples gestiones en el Ayuntamiento a lo largo de una década de tramitación. Una operación urbanística en la que entraron otras firmas potentes de la ciudad como, por ejemplo, Promociones Laureano, e inversores de fuera como la familia Hinojosa, antiguos propietarios de Cortefiel, y que entrañaba una gran complejidad. «Juntar varios cientos de miles de metros cuadrados le comió horas y le provocó muchos dolores de cabeza, se convirtió en la locomotora de Monte Cerrao», aseguraban desde su familia. Una dificultad estrechamente ligada a un concepto residencial distinto para lo que se estilaba en Oviedo, con una densidad edificatoria más baja de lo habitual, fruto de la combinación de residenciales de pisos con zonas verdes propias y parcelas para chalés. El objetivo de Fernando Álvarez era lograr «una pequeña ciudad, con su zona comercial y deportiva propias, dentro de Oviedo».
Metódico, elegante y deportista
Metódico, elegante, gustaba de llevar corbatas de Hermès, era uno de los fieles clientes de la peluquería de Ramiro y deportista, tanto en la práctica de la hípica, golf y futbito (llegó a jugar dos partidos a la semana con veteranos del Real Oviedo en la cancha del Colegio San Ignacio), como en el apoyo y la esponsorización al deporte de base, sobre todo en el ciclismo donde patrocinó al equipo Colloto y al Monte Cerrao que promocionaba su promototo. También apoyó competiciones de ciclismo, golf y hasta un campeonato de esquí en Pajares, que contó con la presencia del popular medallista olímpico Paquito Fernández Ochoa. Una de sus debilidades era el Real Madrid de los Galácticos hasta el punto de que en sus últimos meses de vida, cuando el tumor atacaba con mayor fuerza, encargó unas entradas para acudir a un partido de Champions en el Bernabéu contra el Oporto que se iba a disputar el 19 de febrero de 2002, camino de su novena Copa de Europa. Un encargo que no se llegó a cumplir porque su estado de salud ya desaconsejaba aquel viaje a la capital de España, como tampoco pudo ver hecho realidad su gran sueño, las primeras y casas edificios en el Montecerrau de su niñez.
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