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El poder expresivo de la música de cámara

El «Trío Untía» exhibe unos notables resultados artísticos en el concierto número 2.100 de la Sociedad Filarmónica de Oviedo

Jonathan Mallada Álvarez

Jonathan Mallada Álvarez

La Sociedad Filarmónica de Oviedo llegó el pasado martes al concierto número 2.100 en toda su historia, unas cifras al alcance de pocas instituciones que nos evidencian la relevancia de la entidad ovetense, no sólo por su necesaria función pedagógica a principios del siglo XX, sino también formando parte de la idiosincrasia de la capital del Principado a través de sus programaciones o mediante la edificación de importantes infraestructuras, como el Teatro Filarmónica, poniendo de manifiesto su labor a lo largo de más de un siglo de historia y la necesidad de preservar y potenciar este legado y actividad.

El recital correspondió al «Trío Untía», una formación que ya se había subido a las tablas del Filarmónica hace un par de años con notables resultados. En esta ocasión, el terceto apostó por un repertorio interesante donde figuraba el «Trío para clarinete, violonchelo y piano» de Nino Rota –pieza ya interpretada el mes pasado en la Sociedad Filarmónica– bien flanqueada por canónicas obras de Beethoven y Brahms, conformando un programa equilibrado y atractivo.

La velada se abrió mediante el «Trío de clarinete en Si bemol mayor», op. 11 de Ludwig van Beethoven, una obra pieza donde se percibe la huella clásica de autores como Haydn o Mozart, pero que adivina un horizonte romántico a través de los súbitos cambios de intensidad –tan característicos del genio de Bonn– donde los músicos se mostraron certeros y bien cohesionados. A lo largo de los tres movimientos de esta obra, el trío cuidó especialmente la emisión del sonido, dejando momentos de gran calidez con unas melodías perfectamente ejecutadas, bien timbradas en clarinete y chelo.

El «Trío para clarinete, violonchelo y piano» de Nino Rota entrañó un cambio de tercio hacia una sonoridad repleta de giros melódicos y material temático que, en un diálogo a tres bandas entre los músicos, conformaba un juego irónico y divertido, como se pudo apreciar en los movimientos rápidos. El «andante» central se tornó nostálgico y mucho más íntimo, con ostinatos en el piano y una notable carga expresiva que el trío supo explotar, dejando momentos de gran delicadeza, incluyendo un final muy cuidado.

En la segunda parte se interpretó el «Trío para clarinete en La menor», op. 114 de Brahms, una de las últimas piezas que nutren el vasto catálogo del compositor hamburgués. De estilo romántico, los artistas mostraron una gran coordinación, con un papel sobresaliente de Ferrer, estirando cada uno de los fraseos para facilitar la caída de sus compañeros, siempre elegantes y oportunamente ensamblados (mención especial para González que, quizá sin tanto protagonismo como sus compañeros, redondeó un papel sobresaliente). A través de un sonido muy maleable, el trío fue ganando en intensidad hasta el «Allegro» final, donde los músicos ofrecieron unas prestaciones extraordinarias en los siempre comprometidos pasajes brahmsianos por su velocidad y exigencia técnica. 

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