Javier Comesaña y la OSPA, puro fuego musical
El violinista sevillano y la formación asturiana culminan una sobresaliente cita de abono bajo la dirección de Otto Tausk

La OSPA, ayer, en Oviedo. | FERNANDO RODRÍGUEZ

La Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA) llegó anoche al ecuador de su temporada de abono mediante el concierto "Pájaro de fuego", un programa en el que la formación ofreció unas prestaciones sobresalientes que convencieron al público asistente, más numeroso que en ocasiones anteriores a pesar de coincidir con el popular "Viernes de Ópera" celebrado, a la misma hora, en el teatro Campoamor. La velada musical, patrocinada por LA NUEVA ESPAÑA, servía además para homenajear a la violinista Irina Bessedova, agasajada con un ramo de flores por sus compañeros ante su jubilación tras 35 años consagrados a los atriles de la OSPA.
En contra de lo habitual, la séptima cita de la campaña de abono comenzó mediante un concierto, en este caso, el "concierto para violín número 1 en La menor", op. 77, de Dmitri Shostakóvich, compositor del que se conmemora el 120 aniversario de su nacimiento. Para ejecutar esta obra, estructurada en cuatro movimientos, Javier Comesaña se sumó a la agrupación sinfónica, desplegando un lirismo arrebatador y todo un arsenal técnico para enfrentar los complejos pasajes escritos por el músico ruso. Comesaña explotó todos los registros de su instrumento -un violín del luthier parisino Claude Pierray, datado en torno al año 1720- dejando un timbre esmaltado y una brillantez interpretativa que evidenció en la cadenza, un reto mayúsculo que solventó con una gran musicalidad.
Ante los insistentes aplausos del público, el solista interpretó, a modo de propina, "Les furies. allegro furioso" de la "sonata para violín solo número dos" de Eugene Ysaÿe.
Tras la pausa, la segunda mitad incluía dos piezas, de diferentes compositores pero con el mismo objetivo: el lucimiento orquestal gracias a una brillante orquestación. La "Pavana para una infanta difunta" de Maurice Ravel permitió a la OSPA, que durante la primera se había mantenido en un acertado segundo plano -muy celosa de arropar a Comesaña- descubrir una sonoridad esmaltada, con una cuerda homogénea bien comandada por la concertino Joanna Wronko y unas maderas a gran nivel.
Cerraba el concierto la "suite" de "El pájaro de fuego" que daba nombre al concierto. La OSPA, dirigida con mucha pericia por Otto Tausk - de gesto sobrio pero efectivo-, exhibió todo su músculo sinfónico en un repertorio donde siempre se ha movido como pez en el agua. Los cinco números que conforman esta pieza fueron bien ejecutados por la amplia plantilla de la orquesta, con unos metales bien timbrados y una percusión poderosa y precisa que redondeó dos horas de velada musical.
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