Una hija no reconocida reclama ante la justicia alemana la herencia millonaria de un emigrante de Oviedo fallecido en 2018
Un juzgado vasco determinó en 2021 que la mujer, que ahora tiene 63 años, era descendiente del varón gracias a varias muestras de ADN extraídas de una casa de Limanes

La localidad de Limanes, donde se ubica la casa en la que se extrajeron las pruebas de ADN. / Paula Tamargo
La historia comenzó como tantas otras que duermen durante décadas en el terreno de los silencios familiares y ha acabado convertida en un pulso judicial que cruza fronteras. Una mujer de 63 años, residente en Baracaldo, reclama ahora ante los tribunales alemanes la parte de una herencia millonaria tras haber sido reconocida en 2021 como hija de un vecino de Limanes (Oviedo) fallecido en 2018. Lo que durante más de medio siglo fue una incógnita personal terminó avalado por la ciencia; lo que parecía el final del camino, sin embargo, solo era el principio de otro más complejo.
El hombre, que emigró a Alemania en los años sesenta -según algunos testimonios de vecinos de la zona, "huyendo" tras dejar embarazada a la madre de la denunciante para desentenderse de la paternidad- levantó allí una pequeña cadena de supermercados que, con el paso del tiempo, se convirtió en un patrimonio superior al millón de euros. Murió sin haber reconocido en vida a la mujer que ahora la Justicia española considera su descendiente. Ella, que creció sin esa filiación oficial, decidió hace algo más de un lustro dar el paso definitivo para despejar dudas.
La clave estuvo en Limanes, la localidad situada entre Oviedo y Siero donde el fallecido conservaba una vivienda y pasaba temporadas. De allí salieron las pruebas que cambiarían el rumbo del caso. En octubre de 2021, un juzgado de Bilbao la reconoció como hija legítima gracias a un informe pericial basado en ADN extraído de objetos personales del hombre: un cepillo de dientes, una máquina de afeitar y otros enseres de uso cotidiano. Material genético rescatado de la intimidad doméstica para resolver una cuestión de identidad.
La obtención de esas muestras no fue un trámite ordinario. Requirió una orden judicial poco habitual en el ámbito civil, una medida excepcional que permitió intervenir en una vivienda para recoger pruebas biológicas de alguien ya fallecido. El abogado que impulsó esa vía fue el letrado sevillano Fernando Osuna, conocido por su participación en mediáticos pleitos de filiación como, por ejemplo, en el sonado caso de Javier Santos, quien reclamó ser hijo del cantante Julio Iglesias, un proceso que durante años ocupó titulares y tertulias. También estuvo vinculado a la batalla judicial que terminó con una sentencia histórica: el reconocimiento del torero Manuel Benítez “El Cordobés” como padre del también diestro Manuel Díaz,
Sobre este pleito relacionado con la capital asturiana, Osuna explica que los análisis compararon el ADN del difunto con el de su clienta y con el de un hermano del fallecido (tío de la demandante), arrojando una coincidencia del 97%, un porcentaje determinante para que la Justicia vasca declarase probada la paternidad.
Ese pronunciamiento abría la puerta a la herencia. Pero la realidad, una vez más, se encargó de complicar el guion. La mujer, que en un primer momento creía ser la única descendiente, descubrió después que el empresario tenía otros dos hijos reconocidos en Alemania. Son esos hermanos, a los que nunca ha tratado, quienes figuran como herederos en el país donde se generó la mayor parte del patrimonio y con quienes ahora mantiene un litigio.
Larga batalla judicial
El escenario judicial se ha trasladado, por tanto, a territorio germano, con las dificultades añadidas de idioma, legislación y procedimientos distintos. “El caso pasó a manos de especialistas de allí porque nosotros no teníamos capacidad ni conocimiento del idioma para afrontar esa parte del proceso con garantías”, señala Osuna, que ya no dirige la estrategia legal. A su juicio, el proceso “irá para largo”.
Así, lo que empezó con la búsqueda de un origen ha desembocado en una batalla por un legado económico. Entre cepillos de dientes, sentencias y traducciones juradas, esta historia recuerda que la verdad biológica puede tardar décadas en aflorar, pero no siempre llega acompañada de un final sencillo.
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