Comerciantes y hosteleros de Pumarín, en Oviedo, estallan tras la oleada de robos: «Van más de veinte en dos meses»
Los afectados y los vecinos plantean organizar patrullas nocturnas ante la "falta de seguridad" en la zona: «Estamos hartos, así no se puede vivir»

F.Vallina / A. Domínguez
La indignación en Pumarín tiene nombres y apellidos. Detrás de la sucesión de robos que se han registrado en el barrio en las últimas semanas –más de veinte en apenas dos meses, según el recuento vecinal– están los comerciantes y hosteleros que cada día levantan sus persianas con miedo a encontrarse con un local destrozado tras la visita de los ladrones y los residentes que ya hablan abiertamente de organizar patrullas ciudadanas para salir a la calle por las noches y velar por la seguridad de un barrio golpeado por la delincuencia.
Amelia Duarte es uno de esos nombres propios. Regenta una peluquería en la calle Albéniz y hace dos viernes vivió lo que hasta entonces solo había escuchado contar a otros compañeros de la zona. A las cuatro de la madrugada, una vecina que vive en el piso superior oyó un estruendo seco. «Fue un golpe muy fuerte», le trasladó después. La puerta del local, blindada y con doble acristalamiento, resistió el primer envite. Los ladrones intentaron reventar la luna con algún objeto contundente y solo lograron rajarla. No se fueron. Hicieron palanca hasta conseguir romperla y acceder al interior.
A las ocho y media de la mañana la llamó la policía. Una vecina que paseaba al perro había visto el destrozo y dio aviso. «Cuando llegué estaba todo revuelto, fue un palo tremendo», relata Duarte. Los cacos se llevaron «una microcámara capilar, tres máquinas de rasurar, la tablet, un teléfono del trabajo, numerosos productos profesionales y una hucha con dinero», entre otros objetos de valor. Amelia Duarte calcula pérdidas por valor de unos 2.000 euros. «En la zona se sospecha que es una banda organizada porque los robos se cometen por el mismo método. Fuerzan las puertas, entran y en cinco minutos apañan lo que pueden y se van corriendo», explica. El balance no es solo económico. «Estamos hartos y agotados. Todo esto te genera una gran inseguridad y mucha vulnerabilidad».
La sensación de desprotección es compartida. Mariana Surdu, al frente de un negocio de hostelería en la plaza de Santullano, asegura que en los últimos meses le han entrado a robar cuatro veces. En los nueve años que lleva con el establecimiento acumula ocho asaltos. «Con alguno de los ladrones llegué a ir a juicio, pero a la media hora los sueltan», lamenta. La última vez no lograron llevarse dinero porque no había en la caja, pero los daños materiales volvieron a ser cuantiosos. «Esta misma semana robaron en una sidrería, en una peluquería y en otras dos cafeterías del barrio. Así estamos todos los días», resume.
En ese contexto, la idea de organizar patrullas ciudadanas ha dejado de sonar a comentario aislado para convertirse en una posibilidad real. «Estamos inseguros y necesitamos más presencia policial». «Si no hay medios suficientes, algo habrá que hacer. No queremos llegar a eso, pero los vecinos ya hablan de turnarse para vigilar por las noches», explica Surdu, que insiste en que el barrio no puede normalizar la situación. «Queremos trabajar tranquilos y que la gente venga sin miedo».
Dos días seguidos
En la calle Albéniz, Jon Alcántara todavía recuerda el fin de semana de diciembre en el que su cafetería fue objetivo de los ladrones dos noches consecutivas. La primera madrugada, un viernes, saltó la alarma y los asaltantes huyeron sin poder forzar la máquina tragaperras. Regresaron al día siguiente. «Ese día sí pudieron abrirla y se llevaron el dinero, pero no solo es eso, lo peor son los destrozos que causan», subraya. Puertas dañadas, cristales rotos y un negocio patas arriba. «Los clientes ya comentan que vamos a tener que salir a patrullar el barrio por la noche. Han entrado a robar en muchos sitios», añade, recordando que la oleada no se limita a los locales comerciales.
Porque los robos también han alcanzado viviendas. En las últimas semanas se han registrado asaltos en pisos de Bermúdez de Castro y en Llano Ponte, lo que ha incrementado la inquietud entre los residentes. «El miedo es que un día se encuentren con alguien dentro», comentan varios vecinos, preocupados por una escalada que consideran peligrosa.
El caso más reciente y el que terminó de hacer saltar todas las alarmas fue el de la sidrería New Albéniz, también en la calle Albéniz. Su propietario, Chema Trabadelo, ya relató cómo le reventaron la puerta y la máquina tragaperras para llevarse la recaudación. Ahora insiste en que su situación no es excepcional. «Hay mucha gente afectada en el barrio, la inseguridad que tenemos es enorme», señala. A su juicio, la respuesta pasa por reforzar la presencia policial y priorizar recursos para frenar una dinámica que, dice, «se ha ido de las manos».
Mientras tanto, en Pumarín la paciencia se agota. Los comerciantes bajan la persiana cada noche con la incertidumbre de qué encontrarán al día siguiente y los vecinos debaten en portales y grupos de mensajería la posibilidad de organizarse. «Esto no va de tomarse la justicia por su mano», matizan algunos, «pero sí de proteger lo que es nuestro».
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