Zubin Mehta, leyenda viva de la música a un paso de los 90 años, pone en pie al Auditorio en Oviedo en un grandiosa celebración de música y hermandad
El maestro indio deleita con Wagner, Beethoven y Chaikovski en su recital-homenaje al frente de la West-Eastern Orchestra

Mehta, ayer, durante el concierto. / PABLO PIQUERO / FERNANDO RODRÍGUEZ

Zubin Mehta cumplirá 90 años en abril y sigue dirigiendo. Lo hace con gestos tan pequeños como grande es la música que saca de los músicos de la West-Eastern Divan Orchestra y de las notas escritas por otras leyendas. Ayer, en Oviedo, fueron Wagner, Beethoven y Chaikovski, y el público, que llenó hasta atrás el Auditorio Príncipe Felipe como pocas veces se ve, agradeció y celebró al maestro de pie, con una larga ovación que el director indio agradeció con sinceridad y sin ceremonia.
Mehta vino a dirigir un concierto y en eso puso todo su empeño. A su edad y a sus evidentes problemas de movilidad su actitud es la música. Si todavía me puedo subir al podio la música todavía puede seguir sonando, parece proclamar. Lo hace –lo hizo– con una entrada en escena vulnerable y valiente. Dos asistentes lo introducen por un lateral en una silla de ruedas. Pliegan los reposapiés, le ponen el bastón en la mano, le ayudan a ponerse en pie, a dar dos pasos y salvar el escalón que le separa de su oficio. El maestro, arropado por los aplausos del público como en un murmullo de pronto se gira y lanza una mirada tierna y sincera al auditorio. La ovación arrecia. Le retiran el bastón. Le ayudan a acomodarse en una silla alta con un espacio para reposar las piernas y en ese momento, casi sin darles tiempo a hacer mutis con la silla por el foro, Zubin Mehta ya está moviendo ligeramente la batuta y empiezan a sonar los metales la obertura "Renzi" de Wagner.

La orquesta, en un momento del concierto. / LNE
Ese fue el inicio del concierto de ayer en el Auditorio. La West-Eastern Orchestra fue impulsada en 1999 por Edward Said y Daniel Barenboim con músicos judíos y musulmanes, israelíes, palestinos y de otros países árabes. Ahora, con sede en Sevilla, sigue abrazando ese ideal de paz y convivencia entre las culturas, y en esas circunstancias la elección del programa también se pudo leer como toda una declaración de principios. Empezar con Wagner, por ejemplo, un Wagner solemne y monumental interpretado por algunos músicos judíos con el que Mehta parece despojar a la partitura de toda esa carga histórica y servirla de nuevo como un homenaje a la música. A todos los músicos y todos los espectadores.
Su forma de dirigir es mínima. Un gesto muy pequeño, un movimiento apenas perceptible en la primera parte que contrastaba con la grandiosidad wagneriana.
Completaba la primera parte la Octava de Beethoven, esa "pequeña sinfonía". Antes de abordarla, el maestro descendió del podio, fue retirado del escenario por sus ayudantes y devuelto al momento, de nuevo entre los aplausos del público y las miradas de agradecimiento del director.
La composición reafirmó lo visto y escuchado en la introducción wagneriana con momentos más gozosos. Es una música que al público se le hizo fácil y que parece reafirmar esa idea de universalidad del canon que han ido escribiendo los grandes compositores.

Público a la entrada. / LNE
Más en la segunda parte, donde abordaría la Cuarta Sinfonía de Chaikovski, pero también aquí, esa forma de dirigir de Mehta, de gesto pequeño, casi como quien se deja dirigir, parecía sugerir que el maestro, a punto de convertirse en un nonagenario, es capaz de sentarse delante de la orquesta no ya como quien vuelve a crear esa música sino como quien lleva tantos años de oficio y pasión encima que es capaz de recordar todas las veces que ya recreó esa música, y su forma de conducir a la formación es una recreación de su propia memoria, un dejar pasar por delante toda esa música tantas veces puesta al servicio del alma humana.
Salió ovacionado al intermedio y regresó Zubin Mehta con el mismo ritual de la silla de ruedas que ponía en vilo a los espectadores por la fragilidad hasta que quedaba sentado y listo para dirigir.
Con Chaikovski se pudo apreciar un poco más de regocijo en sus maneras. Apenas fue perceptible, pero si uno se fijaba lo suficiente, podía darse cuenta de que el director se debaja mecer en la silla, ligeramente arrullado, con un mínimo balanceo, de un lado a otro, por todo ese primer movimiento en el que el compositor ruso introduce la idea de "destino" en un andante grande en su musicalidad.

Público en la sala. / LNE
El resto de la sinfonía fue una fiesta musical que creció hasta la explosión final. Orquesta y director disfrutaron con ese "Pizzicato ostinato" del tercer movimiento, un pasaje tan exigente como entretenido. Y llegaron al "Allegro con fuoco" del final. La grandiosidad del final ideado por Chaikovski para su destino sonó con toda la potencia y la rotundidad que cabría esperar, de nuevo haciéndose más grande ante los pequeños gestos de Mehta, capaces de levantar esas explosiones musicales y de hacer enmudecer a toda la orquesta con un desplazamiento mínimo de una mano, una ligera inclinación de la batuta.
Es la música, en su pura esencia, el oficio al que lleva dedicándose toda la vida y del que no quiere bajarse mientras sea capaz de volver a subirse al podio. Eso parecía que volvía a subrayar en la apoteosis final.
El público rompió en una ovación sincera y él se giró un poco para dar las gracias. Luego, ya con sus ayudantes, junto las manos y saludó. Se le veía contento. Pidió los aplausos para los distintos músicos, salió y regresó para saludar por última vez, ya con todo el público en pie. Al final, cuando el maestro abandonó definitivamente la escena, todos esos músicos, jóvenes en su mayoría, se fundieron en un abrazo con el compañero que tenían al lado. Un gesto de amor y empatía coreografiado para enmarcar, aún más, la velada en ese mensaje de hermandad, concordia y milagro de civilizaciones que es el monumento de la música, al que Zubin Mehta todavía sigue dedicando su vida.
Suscríbete para seguir leyendo
- Muere un hombre de 49 años tras sufrir una indisposición en la calle Uría de Oviedo
- El bar de ambiente universitario en Oviedo que hacía 500 pinchos cada día: 'Los estudiantes apuntaban en una libreta lo que debían y a final de mes pagaban; valía la palabra
- El bar más antiguo de Oviedo, abierto desde los felices años veinte, 'no cierra ni por vacaciones
- Revuelo en Oviedo por un amplio operativo policial: 'Trajeron hasta a los perros
- La suerte sonríe a Oviedo: una administración de la ciudad reparte 600.000 euros de la Lotería Nacional
- El renacer de un histórico restaurante oriental de Oviedo: el legado de Angelín Zhan vuelve a la cocina
- Un coche de la Policía Nacional sufre un accidente en el centro de Oviedo cuando acudía a una emergencia
- El barrio de Oviedo que estrenará dos nuevas calles en los próximos días: se mejora la conexión con el centro de salud