El magistrado que de niño plantó las secuoyas del CAU de Oviedo: "Esto era mi playa, no necesitaba ir a San Lorenzo"
Eduardo Serrano, que conoció Los Catalanes "cuando esto era un vertedero", reivindica la labor que hicieron Manolo García, José Virgili y Luis Fanjul por el deporte universitario en la ciudad

VÍDEO: Amor Domínguez/ FOTO: Guillermo García
Campa a sus anchas a diario, camino de los ochenta y cuatro años, por el escenario feliz de su infancia, un territorio que conoció cuando era alumno de los Dominicos, en 1955, y se acercó a entrenar para unos juegos escolares. "Esto se llamaba Los Catalanes y era todo prao con vacas", rememora Eduardo Serrano, vicerrector de la Universidad de Oviedo en tiempos de Teodoro López Cuesta y que de niño plantó las secuoyas que acompañan el paisaje del estadio universitario en uno de los confines del Parque de Invierno. "Modestamente, me considero la memoria viva de todo esto", palabra de magistrado y catedrático que lleva el derecho en sus genes, nieto, sobrino, hermano y padre de juristas.
"Esto era un vertedero hasta que un famoso personaje al que la Universidad olvidó, Manolo García, se las ingenió con el rector José Virgili para hacer unas instalaciones deportivas de nivel, a las que dedicó labor y mano de obra Luis Fanjul, que vivió en la casa que había ahí al fondo", comenta Serrano mientras señala al edificio, actual almacén, situado en una de las esquinas del estadio universitario. "Son tres personas a las que quiero reivindicar porque no hay ni una placa en su memoria, pese a todo lo que trabajaron para que esto fuera realidad", esgrime Eduardo Serrano.
Argumentos por partida triple no le faltan. "Manolo García tenía una mente germánica, europea; fue el que creó el CAU, hizo la piscina primitiva y el antiguo pabellón de deportes, sacó dinero al rector Virgili para el albergue de esquí en Pajares y ya quería poner aquí en Oviedo estudios de INEF hace más de treinta años; de hecho fue el que impulsó que se hiciera el Edificio Blanco, donde ahora está el grado de Deportes. Pero si viviese ahora sería cancelado porque era un valenciano que había estado en la División Azul y ya puedes haber hecho maravillas, que vas de cráneo porque irían a por ti", esgrime Eduardo Serrano, con la mordacidad que ha hecho gala a lo largo de su vida.
La exposición de motivos prosigue para José Virgili: "Era catalán y fue el rector que más hizo por el deporte en la Universidad de Oviedo, aunque no podía practicar ninguno porque tenía una pata de palo, de pirata. Estamos hablando de finales de los cincuenta y de los años sesenta y no había prótesis como ahora, pero este señor se volcó con el deporte universitario", recalca.
Los méritos de Luis Fanjul no son menores: "Si Yolanda Díaz hubiese visto las horas extra que trabajó Luis Fanjul… si se las hubieran pagado estaría más forrado que Mario Conde, pero de aquella no te pagaban ni una puñetera hora. Y su mujer, Amelia, lavaba la ropa del club de fútbol del CAU".
A modo de alegato final subraya que ha pedido a cada rector "que hubiera algún reconocimiento, aunque fuera modesto, para todos ellos, pero no verás nada, ni una mención y mira que es grande todo este complejo", lamenta.
Los primeros logros
Así que Eduardo Serrano, sin pelos en la lengua, aprovecha la oportunidad para poner su particular granito de arena en la recuperación de la memoria del CAU: "Cuando empecé a venir, llegábamos a las siete de la mañana para entrenar y luego desde aquí ya íbamos a clase a los Dominicos. Donde la actual piscina estaba el pabellón de deportes, el vestuario tenía los cristales rotos y te duchabas con el agua helada. Recuerdo que la pesa mayor de aquel gimnasio eran las ruedas de una vagoneta de mina".
Poco a poco el complejo deportivo de Los Catalanes tomó cuerpo. "Yo a Manolo García lo tengo en un altar porque a los trece años me enseñó una cosa importante: "no te dejes vencer nunca por la adversidad, lucha siempre"". Una consigna que, asegura, le vendría muy bien en su vida profesional.
Sobre el vertedero que Eduardo Serrano recuerda de la niñez se hizo una pista de atletismo, de ceniza, donde pasó muchas horas de su adolescencia y juventud. "Luis Fanjul se encargaba del cuidado, no tenía horario, marcaba la pista con unas maderas, con clavos. Esto que hay ahora es un lujo, y eso que no la cuidan, pusieron un testigo que se está hundiendo, allí en una esquina ya asoma la antigua ceniza", asegura Serrano.
Los entrenamientos de aquel joven atleta eran para pruebas duras, los 400 y los 800 metros. "Manolo García, que fue entrenador del equipo nacional de lanzamiento de martillo y, de joven, campeón de esa especialidad, tenía un potente silbido y cuando veía que te ibas a parar mientras hacías series de mil metros, te pegaba un par de silbidos y aunque fuese a rastras llegabas a la meta".
El joven atleta disfrutaba, y mucho, de los ratos con Luis Fanjul en los cuidados del primer recinto del CAU ovetense. "Yo pasaba aquí los veranos, esto era mi playa, no necesitaba ir a San Lorenzo, y ayudaba a Luis Fanjul a plantar todo esto", dice mientras apunta hacia las secuoyas del espacio intermedio entre el estadio universitario y las fachadas traseras de los edificios de González Besada. "Como no tenía chalé ni nada de eso, me pasaba los días aquí segando con Luis Fanjul y levantando todos esos árboles y unos cuantos más que hubo ahí, hasta que el rector Julio Rodríguez un buen día decidió cargarse todos los de esa curva que ahora se ve vacía. Me sentó a cuerno quemado y le dije: ¿Para qué quitas algo que es hermoso, para ver esas viviendas?".
Una gran familia
Eduardo Serrano vivió los tiempos de aquel Oviedo donde nos conocíamos todos. "El otro día me dio pena cuando me enteré de la muerte de Gregorio Morán, le tenía afecto porque su familia regentaba la tienda de ultramarinos al comienzo de la calle Covadonga con Palacio Valdés y yo iba de niño, porque vivíamos en la calle Melquiades Álvarez, a comprar el aceite. Había una máquina, parecida a la de las gasolineras, y allí estaba el abuelo de Gregorio Morán echando el aceite. Al lado mi abuela materna tenía un bar famoso, el Ferrero. Siento mucho la muerte de Gregorio Morán, entre otras cosas porque me sentía identificado con él; le echaron de todos los sitios por meterse con Puyol y con la sociedad catalana".
Al catedrático en la Facultad de Derecho y presidente de la Sala Social del Tribunal Superior de Justicia de Asturias, le vino muy bien la tenacidad aprendida de chaval al acabar aquellas series de mil metros en el CAU. "Me sirvió mucho para las putadas que me hicieron en la Universidad y en la administración de Justicia", confiesa.
Sobrino del catedrático José María Serrano, con calle en el campus del Cristo, junto a la Facultad de Medicina, y nieto de Eduardo Serrano, que fuera presidente de la Diputación Provincial, decano del Colegio de Abogados y catedrático de Derecho Procesal y Civil, el joven atleta del CAU hizo el doctorado en el extranjero y al volver, a mediados de los años sesenta, sacó en nueve meses las oposiciones de judicatura.
En su etapa de vicerrector, con Teodoro López Cuesta al frente de la Universidad, echó el resto para construir la cancha de tenis que hay en Los Catalanes. "Me decían que la había hecho para mí porque yo jugaba al tenis, pero era mentira. Para lograr ese dinero tuve que pelearme con los de Química porque Barluenga y compañía querían todo el dinero para sus actividades, pero me planté y les dije que los chavales tenían todo el derecho a hacer deporte. Luego claro que usé la pista, como los estudiantes".
Le aplicaron la ley de incompatibilidades de mediados de los ochenta para impedirle ejercer de catedrático y magistrado. Y cuando intentó "varias veces" promocionar a la sala de Civil del Supremo, "un buen día me topé con Margarita Robles, que era vocal del Consejo General del Poder Judicial, e intercambié varios mensajes por correo electrónico con ella, para acabar diciéndome que como yo no pertenecía a ninguna asociación pues no podía ir al Supremo; ahora cada vez que la veo me subo por las paredes".
"Tuve un sueño", admite, "del que me bajé: haber sido rector de la Universidad de Oviedo, pero luego me convencieron de que carecía de las mínimas condiciones para semejante puesto. Reconozco que no las tengo. También me gustaría haber sido atleta olímpico, pero tampoco tenía condiciones".
Ya no corre por la pista de tartán del Uni, pero disfruta del paisaje de secuoyas que plantó de niño.
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