El obispo de Nacala, en Mozambique, visita Oviedo: "Ser cristiano allí puede costarte la vida"
«No soy un obispo de despacho, paso mucho más tiempo en la calle, en las parroquias y en las misiones», asegura el religioso, que este domingo oficiará una misa en La Argañosa

El obispo Alberto Vera Orejuela en el Seminario de Oviedo junto a las fotografías de los mártires y la imagen de la Virgen de Covadonga. / Miki López / LNE
Alberto Vera Arejula (Aguilar del Río Alhama, La Rioja, 1957) es mercedario y obispo de Nacala, en el norte de Mozambique, una de las regiones más castigadas por el yihadismo. Misionero en Guatemala y en Mozambique desde el año 2000, fue nombrado obispo auxiliar de Xai-Xai en 2015 y obispo de Nacala en 2018. Se encuentra en Oviedo invitado por la fundación pontificia Ayuda a la Iglesia Necesitada y ayer, después de visitar al arzobispo Jesús Sanz Montes, ofició una misa en la iglesia de los Carmelitas. Hoy lo hará, a las doce del mediodía, en la de San Pablo de La Argañosa.
¿Recuerda su llegada a Mozambique?
Llegué el 12 de enero de 2000 y diez días después comenzaron las grandes inundaciones del sur: oficialmente 1.500 muertos, pero fueron más. Entre aprender portugués y atender la emergencia, fueron meses durísimos.
¿Cómo era la diócesis?
Nacala tiene 26.000 kilómetros cuadrados. Cuando llegué encontré 11 sacerdotes diocesanos y 15 religiosos. Mucho territorio y pocos medios, así que el apoyo de laicos, catequistas y animadores era, y aún es, fundamental. Lo primero que hice fue gastar mucho dinero en gasóleo para visitar todas la iglesias y misiones, para conocer el territorio y la realidad social.
Usted empezó en una parroquia muy complicada.
Sí en un barrio de Matola llamado T3 en el que había 100.000 habitantes y sólo dos blancos, otro sacerdote y yo. Hay tres prisiones: la central, la de alta seguridad y la de mujeres. Mucha violencia. Decidimos apostar por la educación: construimos una escuela secundaria que hoy tiene 3.000 alumnos. Ha transformado el barrio.
¿Qué cambió al ser obispo?
La mirada. Como párroco ves una realidad concreta; como obispo tienes una visión global y mucha gestión. Pero no soy de despacho: paso más tiempo en la calle, en las parroquias y misiones que en otro sitio.
Muchos cristianos viven con miedo. ¿Es sólo persecución religiosa o hay más motivos?
El conflicto tiene raíces económicas, pero hay un núcleo de islamistas radicales vinculados al Estado Islámico que quieren instaurar un califato en Cabo Delgado y el norte. De 2017 a 2022 atacaron sobre todo a musulmanes tradicionales. Después comenzaron ataques directos contra cristianos.
En 2022 asesinaron a una religiosa.
Sí, mataron a la comboniana italiana María De Coppi y quemaron la iglesia, la sacristía, todos los libros, las casas de los religiosos y religiosas… Fue la noche más dramática de mi vida: desde las ocho hasta la mañana siguiente sin saber quién estaba vivo. Ese ha sido el momento más duro como obispo. María De Coppi estaba hablando por teléfono en su habitación, con la luz encendida, y le pegaron un tiro en la cabeza.
¿Tiene usted miedo de que lo maten?
Confío en Dios y en la gente sencilla que vive alrededor de mi casa, musulmanes y cristianos. Creo que hay terroristas cerca, pero no vivo paralizado por el miedo.
¿Cuántas víctimas ha habido?
Oficialmente se habla de 6.000 muertos, entre cristianos y musulmanes. Probablemente son más. Directamente ser cristianos, quizá unos 500. Solo en mi diócesis conozco una veintena. Ser cristiano en Mozambique puede costarte la vida.
En esas parroquias amenazadas, ¿cómo viven los sacerdotes?
En una de ellas, dos me dijeron que desde que entraron los terroristas no han vuelto a dormir en la misión. Se quedan en otras parroquias y van solo a atender a la gente. En otra, un sacerdote mayor me dijo que dormía tranquilo, pero el que está con él, más joven, me confesó: «Duermo con un ojo abierto y otro cerrado». Esa es la realidad: siguen allí, pero con miedo.
Usted ha visto a gente morir por su fe. ¿Qué le provoca eso?
A mí me impresiona ver a campesinos analfabetos, personas que no han salido nunca de su aldea, capaces de dar la vida por Cristo. Entonces me digo: si ellos son capaces de eso, ¿cómo no voy a dar yo la vida por ellos?
Hay más de un millón de desplazados.
Viven en campos de reasentamiento o han huido a otras provincias. Hay hambre, cólera, abusos. Muchas ONG se han marchado por miedo; permanecen Cáritas y algunas agencias de la ONU. Intentamos proyectos de capacitación para que puedan ganarse la vida, pero la necesidad es enorme.
¿Cómo se puede solucionar el conflicto?
El Gobierno apuesta por la vía militar. Es necesaria, pero no suficiente. Hace falta diálogo con los actores implicados y con quienes se benefician económicamente de la zona.
¿Cómo se mantiene la fe en medio de la violencia?
Me sostiene ver a toda esa gente que también mantiene una fe firme, capaces de dar la vida. Mi misión no es solo predicar: es educación, dignidad, derechos.
¿Algún episodio reciente?
En noviembre, en una parroquia hubo 17 muertos. Algunos sacerdotes duermen fuera por miedo. En los caminos los terroristas paran coches, exigen dinero por teléfono y queman vehículos. La gente vive en alerta todo el tiempo.
Es la primera vez que está usted en Asturias, ¿qué le parece?
Siempre veía la Vuelta a España y me fascinaban Los Lagos y el Angliru. Conozco la historia de Pelayo por un sacerdote que trabaja conmigo. Pero es la primera vez que piso esta tierra. Desde León hasta aquí, la montaña, la nieve, el verde… es espectacular. Ahora me falta probar la sidra.
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