El bar de ambiente universitario en Oviedo que hacía 500 pinchos cada día: "Los estudiantes apuntaban en una libreta lo que debían y a final de mes pagaban; valía la palabra"
Floro Quirós salió de la mina de guaje para iniciarse en el mundo de la hostelería en el Pelayo, con la estrella Michelín Fernando Martín, antes de abrir el Mesón de Sancho y el San Gregorio

Floro Quirós. / Irma Collín / LNE
Salió de la mina de Vega de Ciego (Lena) de guaje, con apenas quince años, para iniciarse en el mundo de la hostelería en el Pelayo, restaurante de referencia en Oviedo, y de la mano de un cocinero innovador, la primera estrella Michelín de Asturias. "Estuve toda la vida con Fernando Martín", afirma Florentino Quirós "Floro", que tuvo tiempo para volar solo y regentar dos bares emblemáticos en la zona de Muñoz Degrain y el Parque de Invierno, el Mesón de Sancho y el San Gregorio, antes de que su mujer apostara decididamente por abrir La Cava, al lado del Auditorio.
"Esta zona es muy buena, muy tranquila, siempre con gente joven, y con buena hostelería, están los colegios y el Auditorio y no hay ningún follón", resume Floro de un espacio que conoce como la palma de su mano porque llegó hace unas cuantas décadas para abrir el Mesón de Sancho, en la calle Félix Aramburu, donde ya se hacía notar la proximidad del campus universitario de los Catalanes. Rápidamente se hizo con clientela y hueco entre los bares de la zona, entre los que se encontraba el Arizona, otro de los clásicos de aquellos tiempos: "Era una época de mucho trasiego de universitarios, paraba gente de los colegios mayores y de los negocios que había allí cerca".
Pero la explosión mortal en un bar de Luanco, en agosto de 1982, tuvo efectos colaterales y el Mesón de Sancho tuvo que cerrar. "Nos querían poner la cocina donde los servicios, entonces no nos cubría y tuvimos que dejar ese local", explica Floro. Casualidades del trágico destino, aquella explosión costó la vida a uno de los clientes del Mesón de Sancho, el ex futbolista del Real Oviedo, Rafael de Diego y a cuatro miembros de su familia. "Era un bendito, una bella persona, tenía un negocio con José María, otro exjugador del Oviedo, creo recordar que se llamaba Neoquimia", añade el hostelero. De Diego había estudiado la carrera de Química en la universidad y al dejar el fútbol se instaló en Oviedo y estaba al frente de esa empresa, especializada en productos para hospitales. Entre los habituales de aquel bar de Félix Aramburu, "donde había que bajar unas escaleras", también se encontraba el periodista Jesús Ortiz, el padre de la reina Letizia, que era vecino de la zona: "Paraba todo Oviedo en aquel bar, Lalo Azcona, también Marianín y toda la plantilla de aquella época".
El San Gregorio, a las puertas del campus universitario de Los Catalanes, tomó el relevo del Mesón de Sancho. Además de la fiel clientela universitaria y del personal de la Caja Rural y de Seragua, que también acababa de abrir oficinas en la zona, el San Gregorio era cruce de caminos futbolero como lo había sido también el mesón. "Venían Vicente (actual presidente de la asociación de veteranos del Real Oviedo) y toda la pandilla, y también Vicente Miera y Casas. Con Casas tenía mucha amistad, era una gran persona, paraba mucho en el restaurante de Argame a comer y me quiso llevar de chaval a hacer una prueba con el Caudal, pero no tenía tiempo. De aquella hacía falta dinero en casa y había que trabajar", revela Floro, de cuando su desempeño como delantero en una pachanga con amigos en el Cristo llamó la atención del que ha sido el ojeador por excelencia del fútbol asturiano.
"Yo soy del CAU, del Oviedo y del Real Madrid", confiesa Floro Quirós, que conserva como oro en paño la reproducción de una foto, "la original me la robaron", en la que aparece junto a ídolos de su juventud, como Miguel Muñoz, el primero en ganar la Copa de Europa como jugador y entrenador en el Real Madrid y también seleccionador de España, con una brillante labor en la Eurocopa de Francia 1984 y en el Mundial-86 en México; con Vicente Miera, también seleccionador de España, medalla de oro en los Juegos de Barcelona 92 y entrenador del Oviedo y del Sporting, entre otros clubes, y con José Luis García Traid, que sería entrenador del Atlético de Madrid. "Vinieron a un curso nacional de entrenadores, que hubo en el CAU", recuerda el hostelero, jubilado hace años, "cuando tuve que dejar el San Gregorio, tras casi 28 o 29 años, por circunstancias de la salud".
El bar fue toda una referencia del Oviedo universitario, que frecuentaba los colegios mayores y las instalaciones deportivas del CAU. "De aquella vendíamos 500 pinchos al día, el trasiego era permanente y la artífice, la que más mérito tenía en todo aquello es Emi, mi mujer", subraya Floro. Otro de los clientes asiduos del San Gregorio fue un director provincial de Educación, que años más tarde sería alcalde de Gijón y presidente del Principado, Vicente Álvarez Areces; como luego lo fue en La Cava Antonio Trevín, el expresidente autonómico y exdelegado del Gobierno, fallecido el pasado verano. "Siempre tuve muy buena clientela, venían los estudiantes y apuntaban en una libreta las cruces y después al final de mes, pagaban. Valía más la palabra, que cualquier otra cosa", cuenta Floro Quirós de tiempos donde la confianza era tal que "cuando había partidas de cartas, que se alargaban hasta las cuatro o las cinco de la mañana, yo les dejaba las llaves y les decía: ‘cerrarbien’. También se jugaba mucho a la rayina", relata.
Pese a los proyectos en solitario, Floro mantuvo siempre su colaboración con Fernando Martín. "Estuve con él en Argame, donde la gasolinera, que estaba siempre lleno de gente, a veces abierto hasta las cuatro o las cinco de la mañana y también fui a Olmedo, a cuarenta kilómetros de Valladolid", añade. Un proyecto que arrancó por el supuesto traslado de la base americana de Torrejón de Ardoz a esta loca localidad de Valladolid, una operación en la que estaba la Constructora Asturiana, pero que finalmente no fraguó.
Al llegar la hora del retiro para Floro, es su mujer la que decide "tirar p’alante" y apostar por abrir un restaurante justo al cruzar la calle del San Gregorio, enfrente del colegio de las Dominicas, en la calle Fermín Canella. "Y ahí lleva desde hace 25 años, con las hijas, y trabajando muchísimo porque, no es por nada, tiene una muy buena cocina. Ya tenía que estar jubilada, pero hoy en día no encuentras personal", apunta.
De los fogones y tantos años detrás de la barra, a Floro le quedan "mucho más que clientes, amigos"; una pasión, la que siente por sus nietos: "uno juega en el Uni, Marcos; otro juega en el Astur, Pelayo y también Sofía, ella no hace deporte", y el homenaje que recibió de la Universidad, con acto en el Edificio Histórico, cuando estaba de rector Vicente Gotor, y también una comida en el restaurante Lobato: "Me llevaron un día sin saber nada", cuenta Floro. Quico Veiga, uno de sus amigos de siempre, confirma: "Tu mujer me dijo que estuviera pendiente de ti, no fuera que te emocionases demasiado, que no era bueno para el corazón. Y fui detrás de ti hasta el baño". Fue una sobremesa de las que se recuerdan: "Vino gente que casi no había vuelto a Oviedo desde que acabaron de estudiar, de Bilbao, de Barcelona, de muchos sitios y le pusieron una carpeta con esa frase que tantas veces le habían escuchado decir a a Floro: "¿Qué hay para cenar? Escalopines".
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