Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

El bar más antiguo de Oviedo, abierto desde los felices años veinte, no cierra ni por vacaciones: "Nos gusta dar un poco de aire y vida al barrio"

Leticia Posada es "la tercera, casi la cuarta generación" del Guillén, algo más que un chigre: "Nos gusta mantener la esencia"

VÍDEO: Bar Guillén, la taberna más antigua de Oviedo

J.A./ M.L.

Guillén Lafuerza

El Bar Guillén, abierto desde 1921, "es el punto neurálgico del barrio, no podemos cerrar ni por vacaciones", resume de un modo muy gráfico Leticia Posada, la "tercera generación, que soy casi como la cuarta, por la gran diferencia de edad con mis hermanos" del que actualmente es "el chigre más antiguo de Oviedo". Y conserva la esencia, genuino y pura del que también fue conocido en este populoso barrio ovetense como "el bar de Manolito, mi padre".

El Guillén abrió antes de la Guerra Civil, en los felices años veinte, cuando Guillén Lafuerza era más que nada casinas porque los bloques del Patronato llegarían después, en la década de los años cincuenta, al principio de la calle Rosales. El bar estaba en la planta baja de la casa de dos plantas que había comprado Nieves Suárez. "A finales de los años 30 ya fue la tía de mi madre quien se hizo cargo del bar. Y luego ya fueron mis padres, Manolito y Loli, que estuvieron emigrados en Francia y al volver cogieron el bar", cuenta Leticia Posada. "Era hacia el año sesenta y tantos cuando vinieron de Orleáns, yo ya nací aquí", añade. Manolito tenía don de gentes y dejó la paleta y los trastos de albañil, "con los que hizo la casa del Patronato de Guillén Lafuerza, en la que vivimos" para trabajar en el chigre. "Yo nací detrás de la barra, recuerdo estar desde siempre en este bar", comenta Leticia Posada de tiempos "en los que había aquí cuatro bares seguidos y todos daban comidas porque había mucha clientela, estaban los militares del cuartel y el hospital psiquiátrico". Era cuando "los clientes apuntaban lo que consumían y cuando cobraban venían a pagar", detalla Leticia Posada. El bar de Manolito se hizo con el pulso de Guillén Lafuerza, montó un equipo de fútbol sala y fue sede oficiosa del equipo de fútbol, el de la camiseta blanca con una franja roja cruzada, "como la del Rayo Vallecano", apunta Rolando Fernández, el marido de Leticia Posada y el chigrero que pone ahora la sal y pimienta del histórico bar. "Yo nací en el hospital, pero ‘Roli’ es oriundo de aquí, cien por cien ranchero", comenta su mujer en alusión al nombre con el que se conoce la zona.

Leticia Posada y Rolando Fernández, a la puerta del Bar Guillén.

Leticia Posada y Rolando Fernández, a la puerta del Bar Guillén. / Miki López

De aquellos tiempos de abundancia de clientes militares y sanitarios, que daban trabajo a cuatro bares y a establecimientos de otra naturaleza, el Guillén "es el único que continúa y también somos el único negocio abierto del barrio". Y visto lo animado y populoso que está a lo largo de toda la jornada es mucho más que un chigre. "Por la mañana cafés, clientes que no fallan y pasan a diario y tertulia muy futbolera, del Oviedo claro, se llaman ‘la peña del porrón’ porque siempre beben un porrón de vino; por la tarde, partidas de cartas y parchís, vamos el chigre de toda la vida. También tenemos la peña del Oviedo, muy fervientes seguidores del equipo. Hacemos algún viajín y tenemos un par de comidas al año", describe Leticia Posada.

A lo largo del siglo XX, el Guillén fue también estanco, "para diversificar y diferenciarse del resto de bares"; ahora sin competencia, Leticia Posada y Rolando Fernández también se preocupan por ofrecer a su barrio algo más que cafés, pinchos y sidra. "Los domingos a la hora del vermú nos gusta dar un poco de aire y de vida, al ser el único bar nos gusta mantener la esencia del barrio y de vez en cuando traemos música en directo, por ejemplo en enero estuvieron ‘Pajaros en la cabeza’ y van volver en abril. Buscamos que la gente no se aburra y no tenga que ir a otros sitios a buscar alternativas", afirma. Otro cambio alcanza a la clientela: "Ahora muchas tardes hay más mujeres que hombres, si lo viera mi padre, fliparía. En su época eran todo hombres".

Tres clientes en el chigre de Guillén Lafuerza.

Tres clientes en el chigre de Guillén Lafuerza. / Miki López / Miki López

La implicación de la tercera generación del Guillén con el barrio se nota hasta en el exigente calendario y horario a lo largo de todo el año: "Abrimos todos los días del año, paramos de tres a cinco y media para comer, sólo cerramos los jueves por descanso, y los días de Navidad, Año Nuevo y Reyes. A veces nos dicen los clientes que no cerremos ni siquiera esos días, pero tenemos que descansar. Y tampoco cerramos por vacaciones, lo hacemos un poco por respeto a los vecinos, para que no se queden sin nada", abunda en la argumentación Leticia Posada. "El día que descansamos parece un barrio fantasma"", apostilla. A Rolando Fernández, de 58 años, se le ve encantado, a uno y otro lado de la barra del recoleto bar que atesora una galería de la historia de Guillén Lafuerza en los últimos sesenta, setenta años. Fotos del equipo de fútbol del barrio, "soy el socio número siete", desvela mientras muestra una foto de un antigua alineación del equipo franjirrojo del extrarradio ovetense y dice: "Mira, este es mi padre". Un cliente, Avelino Oviedo, mete baza antes de ir a ver a su madre: "Rolando es joven y ya es una reliquia, le preguntas por cualquier cosa del barrio y lo sabe todo".

Manuel Posada, Manolito, pone un vino en el Guillén, junto a sus hijas, María Dolores (izquierda) y María Soledad,  hermanas de Leticia, la actual chigrera.

Manuel Posada, Manolito, pone un vino en el Guillén, junto a sus hijas, María Dolores (izquierda) y María Soledad, hermanas de Leticia, la actual chigrera. / Cedida por Bar Guillén

La simbiosis entre Guillén Lafuerza y su bar se nota en una confesión del chigrero. "Yo no quiero marchar de vivir de aquí y me gusta ‘la guerra’ diaria con los clientes, ¡en plan bien, eh!". Una querencia que se nota en las palabras cálidas pero, a medio camino , temerosas de lo que pueda pasar cuando al marido se jubile en seis años. "Nosotros no tenemos hijos y la familia, los sobrinos mayores ya tienen su vida hecha, con sus trabajos, a no ser que algún sobrino nos dé una sorpresa. Espero que el bar siga abierto, pero me daría pena que se pierda la esencia.Hasta el alcalde, Alfredo Canteli, nos dijo que no podemos dejar que muera esto, pero no vamos a quedar aquí para siempre", afirma Leticia Posada, orgullosa de un bar cuyo mural, del festival "Parees" ha llegado incluso a Estados Unidos: "Salió en el New York Times como uno de los mejores murales del mundo".

Mural en la pared del Bar Guillén.

Mural en la pared del Bar Guillén. / J. A. A.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents