Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Máximo Huerta, escritor y periodista, el miércoles estará en el Club LA NUEVA ESPAÑA: "Veo a España cansada y despierta a la vez, y más crispada"

"El periodismo y la política comparten el espacio público, pero ocupan dos lados distintos del mostrador; cuando cruzas, cambias de rol, y los roles importan"

Máximo Huerta, con su nuevo libro, «Mamá está dormida».

Máximo Huerta, con su nuevo libro, «Mamá está dormida». / JAVIER OCAÑA

María José Iglesias

María José Iglesias

Inmerso en la promoción de "Mamá está dormida", el libro que marca uno de los momentos más íntimos en su trayectoria, el escritor y periodista Máximo Huerta (Utiel, 1971), vive estos días pegado a una maleta, echando de menos a Doña Leo, su perrita, que ha dado nombre a la librería que tiene en Buñol (Valemcia), y a Clara, su madre, a la que cuida desde hace años. En esta conversación, el autor reflexiona sobre cómo el cansancio de callar y la fragilidad vivida junto a la enfermedad de su madre se transformaron en materia literaria. Para Huerta la memoria es como una forma de resistencia y la escritura un modo de ordenar el dolor sin negarlo. La entrevista recorre también su visión sobre el amor, la libertad y la deshumanización en las redes sociales, así como una mirada crítica y serena sobre la España actual. No elude recordar su breve paso por la política (fue ministro de Cultura siete días, en junio de 2108, el más breve de la historia de España), ni responder sobre su relación con Pedro Sánchez. Máximo Huerta, que estará el próximo miércoles en el Club LA NUEVA ESPAÑA, ha girado hacia una literatura despojada de artificios y lo ha hecho también en su vida.

En "Mamá está dormida" (Planeta), aborda un tema profundamente íntimo. ¿En qué momento supo que estaba preparado para convertir esta vivencia en literatura?

No hubo un momento exacto, sino el cansancio de callar. Durante mucho tiempo tomé notas sin intención de publicarlas, como quien deja migas para no perderse en el bosque. Un día entendí que las palabras verdaderas que había dicho mi madre "¿dónde está tu hermano?" era un inicio de novela y un arranque de preguntas para una ficción. Y entendí que, si no lo escribía, la experiencia se me quedaría enquistada. Estar preparado no significa estar fuerte; significa aceptar la fragilidad como materia literaria.

Usted no tiene hermanos y tal como cuenta, su madre pregunta por esa persona imaginaria...

"Mamá está dormida" es una frase que protege. Tranquiliza y al mismo tiempo inquieta. La decimos para suavizar la palabra enfermedad, para esquivar la palabra deterioro. Dormida es algo reversible; la enfermedad no siempre lo es. El título contiene ternura y negación a partes iguales. Es una forma de cuidar y de cuidarnos.

La figura materna ha sido una presencia constante en su vida y en su obra. ¿En qué se diferencia esta aproximación de las anteriores?

En otros libros mi madre era paisaje, referencia, raíz. Aquí es el centro del temblor. Antes escribía desde el hijo que recuerda; ahora escribo desde el hijo que asiste. Es distinto evocar que acompañar. En este libro no hay nostalgia luminosa, sino una luz más baja, más incierta. Por eso es un libro de amor y misterio.

¿Esta historia ha tenido un efecto sanador o, por el contrario, removió heridas difíciles?

Ambas cosas. Escribir siempre es remover. Pero también ordenar. La literatura no cura la realidad, pero sí puede curar el modo en que la habitamos. Me permitió colocar el dolor en un sitio donde no estorbara tanto, donde pudiera mirarlo sin que me desbordara.

Dice que no estamos preparados para ser mayores… Añadiría que tampoco para ver a nuestros seres queridos enfrentarse a la vejez y a la enfermedad. ¿Cuál es el mejor modo?

No creo que exista un manual. Nadie nos enseña a despedirnos lentamente. Tal vez el mejor modo sea la presencia: estar, incluso cuando no sabemos qué decir. Aceptar que la fortaleza no siempre es entereza, sino constancia. Y permitirse también el cansancio, la rabia, la tristeza. Humanizar el proceso.

Reflexiona sobre la memoria y la ausencia. ¿Qué papel juega el recuerdo en la construcción del relato?

El recuerdo es la arquitectura. Cuando la memoria de quien amas empieza a desdibujarse, uno siente la responsabilidad de sostenerla. Escribir fue una manera de fijar escenas, palabras, gestos. No para inmortalizarlos, sino para no traicionarlos. La memoria, en el libro, es resistencia.

¿Qué es lo más difícil de compartir con los lectores?

La vulnerabilidad. Mostrar el miedo, la impaciencia, incluso los pensamientos menos amables que a veces cruzan por la cabeza cuando el agotamiento aprieta. Despojarse del escritor y quedarse solo en el hijo.

¿Siente que este libro marca un antes y un después en su trayectoria?

Sí. No tanto por el tema, sino por la desnudez. Después de escribir algo así ya no puedes esconderte detrás de demasiados artificios. Me ha enseñado a escribir con menos ruido y más verdad.

Si su madre pudiera leer hoy esta novela ¿qué cree que le diría?

Seguramente me diría que no hacía falta, que para qué contar nuestras cosas. Y luego, en voz baja, añadiría que está orgullosa. Las madres son así: primero el pudor, después el abrazo.

Cuando un periodista entra en política, deja de serlo o le ocurre todo lo contrario?

En realidad, no es una cuestión de identidad ("ser" o "dejar de ser"), sino de función. El periodismo y la política comparten el espacio público, pero ocupan lados distintos del mostrador. Cuando cruzas, cambias de rol. Y los roles importan.

Se ha ido Fernando Ónega, ¿se va con él una forma de contar la realidad?

Cuando muere alguien como Fernando Ónega no solo se va un nombre propio; se apaga una cadencia. Se va, con él, una manera de narrar la realidad que no necesitaba aspaviento. Un periodismo de tono grave pero no solemne, de análisis más que de trinchera. No era el periodista que gritaba la noticia; era el que la encuadraba, el que la dejaba respirar. Las maneras no mueren con las personas, pero sí se vuelven más raras. Hoy la velocidad impone su ley, la opinión coloniza el titular y la emoción precede al dato. Ónega representaba otra cosa: la confianza en que el oyente o el lector eran inteligentes y merecían contexto.

¿Qué representa la libertad en su vida?

Poder elegir es la mayor libertad. Estar donde quiero estar: en mi casa, en mi pueblo, con mis libros y mis circunstancias.

¿Las redes nos deshumanizan?

Depende de cómo las usemos. Las redes no son una moral: son un amplificador. X, Instagram o TikTok no nacieron para deshumanizar; nacieron para conectar. Pero conectan sin cuerpo, sin mirada, sin silencio compartido. Y ahí empieza el riesgo. La deshumanización ocurre cuando reducimos al otro a un avatar. Sin gestos ni matices es más fácil atacar. Confundimos persona con opinión. Si no pienso como tú, dejo de ser alguien y me convierto en enemigo. Vivimos en la performance constante. Medimos el valor en likes, seguidores. El algoritmo como espejo.

¿Y el amor?

El amor —de pareja, de amistad, de madre, de hijo, de perro que te espera sin reproche— no elimina el dolor, pero lo vuelve habitable. No suprime la soledad, pero la acompaña. No impide que el mundo sea áspero, pero le pone una luz doméstica.

¿Cómo ve a la España actual?

La veo cansada y despierta a la vez. España es hoy un país democrático consolidado, europeo sin complejos, diverso hasta en sus desacuerdos. No es aquella España gris que miraba a París como quien mira un escaparate inalcanzable, ni la España temerosa de la Transición. Es otra cosa: más libre, más plural, más ruidosa. Pero también más crispada. La política se ha vuelto bronca, muy de trinchera. La conversación pública se ha acelerado hasta perder matices.

Fue ministro de Cultura unos días y dimitió por una cuestión fiscal ...se sintió traicionado por Pedro Sánchez?

Traicionado, traicionado...¿No me ve, que parezco un tipo de ánimo apacible? Solo fui fiel a mis principios, otros no pueden decirlo.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents