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De qué hablamos cuando hablamos de Amabilidá

El complejo recorrido para optar a la capitalidad cultural europea

El término «Amabilidad», escrito en una de las paredes de la antigua fábrica de armas de La Vega.

El término «Amabilidad», escrito en una de las paredes de la antigua fábrica de armas de La Vega. / LNE

Chus Neira

Chus Neira

Desde los días de finales de 2023 en que el jefe de prensa del Ayuntamiento de Oviedo empezó a rumiar seriamente la idea de volver a optar a ser Capital Europea de la Cultura hasta este 13 de marzo de 2026 en que la candidatura regional encabezada por la capital ha sido seleccionada como una de las finalistas para el título de 2031, el equipo que lo ha hecho posible ha vivido un proceso tan complejo y singular que resulta tan difícil de explicar como de entender. Montar el proyecto para una ECoC (de las siglas en inglés «European Capital of Culture») es como prepararse para una maratón pero teniendo que volver a aprender a correr cada día que sales a entrenar. Al menos esa ha sido la sensación vivida muchas mañanas, tardes y noches en el caso de Oviedo 2031.

Lo primero que uno descubre cuando empieza a bucear en los «bidbooks» (dossieres de candidatura) de años recientes en otros países, de los que fueron seleccionados para la segunda fase, los que no, de los que ganaron y de los que perdieron, es que esta competición no es un concurso sobre patrimonio ni un pulso entre programas de actividades. No se trata de quién hace más ni de lo lejos que puedes llegar. Se trata de tener una visión y una misión, encontrar un concepto que pueda abrazar toda una política cultural transformadora y provechosa para Europa: Naturaleza humana, Territorios de futuro, Permacultura, Movimiento, Articulación. Son un puñado de ejemplos de los lemas elegidos por algunas de estas ciudades. Parece sencillo, casi banal, pero es todo lo contrario. Para llegar a depurar estas ideas, la «Amabilidá» en el caso de Oviedo, hizo falta escribir diez, veinte, quizá hasta treinta borradores, tratando de entender cuál era el terreno sobre el que Asturias podía construir su relato. Como la solitaria de Ítaca, se borraban por la noche los párrafos escritos por la mañana. Se teorizaba sobre la mina, la reconversión, el refugio climático, el envejecimiento poblacional, Vetusta, el aislamiento, el cainismo regional. Y nada satisfacía nunca por completo al equipo. Un equipo que, al mismo tiempo, también iba amoliándose progresivamente, incorporando más voces y haciendo cada vez más complejo el consenso. Y ahí, en esa dificultad, Oviedo 2031 encontró su fortaleza.

Puede que una de las claves para haber logrado pasar esta primera fase esté en el carácter híbrido, un poco anfibio, del operativo de personas que se encargaron del proyecto. Hay agentes locales, regionales, nacionales e internacionales. Hay especialistas en gestión, comunicación, artes escénicas, diseño, política cultural. Y no me refiero a los departamentos especializados que se fueron cubriendo en parte a lo largo del año pasado, sino del núcleo del proyecto, un grupo de unas siete personas que en estos dos últimos meses se multiplicó por dos para preparar la última prueba, la defensa del proyecto ante el panel de expertos.

Remate casual

Antes de eso hubo que encontrar un concepto, desarrollar los capítulos y entregar el dosier. No fue fácil. La «Amabilidá», como ya se ha contado, salió al encuentro del equipo de forma orgánica y lo remató una casualidad muy «paul-austeriana». Primero fue una de las asesoras internacionales, la portuguesa Paula Mota, quien hizo ver como hecho singular que los asturianos hubiéramos coronado como el mejor en una destreza que es todo un símbolo identitario, el escanciado, a un guineano. Salvador Ondó, que acabó apareciendo en el vídeo que se mostró en Madrid al panel de expertos. Fue una de las primeras pistas para encaminar el proyecto a la búsqueda de sociedades más dialogantes, capaces de integrar la visión del otro. ¿Podía Asturias imaginar una respuesta al odio y violencia que rigen hoy el mundo? Esa misma sesión, celebrada a principios de julio, coincidió con la recepción de un mail del profesor Carlos López Otín, miembro del Consejo de Capitalidad, en el que desarrollaba la idea del exposoma amable, el conjunto de factores externos que pueden hacer mejorar el bienestar, y apuntaba a una aplicación social de este análisis. ¿Qué sucedería si se inyectara amabilidad a todas nuestras relaciones? Sabiendo que ese año Byung Chul Han estaría en Oviedo, también se buscó en sus teorías un refuerzo intelectual que, meses después, el equipo encontraría mejor formulado en la pensadora eslovena Renata Salecl y su ensayo «Maleducados». Y la revelación llegó a la hora de la comida, cuando después de dos horas hablando de amabilidad se dieron cuenta de que esa era una de las palabras que están escritas en los muros de la nave de cañones de Sánchez del Río en La Vega, un recinto que también figura en el dosier.

Los meses que siguieron fue el tiempo de «escribir». Había capítulos más técnicos donde se tenían que realizar estimaciones presupuestarias y diseñar modelos de gestión. Había que plantear un primer boceto de un programa artístico, en el que se integraron las ideas recibidas a través del proceso de declaración de interés y las del grupo de comisarios. Había que plantear las estrategias de participación y comunicación. Y había, también, que desarrollar un concepto que tardó en afinarse, porque la «amabilidad» que defiende Oviedo 2031, y que supuso una evolución de aquel lema inicial de «Puxa Europa», no era simplemente «amabilidad». Como el jurado internacional pudo escuchar en la defensa en Madrid: «El tipo de amabilidad del que estamos hablando no es para nada algo naif. En realidad es justo lo opuesto. Es un cambio radical. Lo llamamos ‘amabilidá’ y significa mucho más que cortesía y civismo. No es ninguna máscara. Esta ‘amabilidá’ nos conecta con el profundo humanismo en el que se fundaron el proyecto europeo y nuestras sociedades democráticas y nuestra respuesta radical e inesperada ante el repunte de la tensión social, de la indiferencia, de la soledad, del individualismo y de la hostilidad».

Maquetar todo ese texto también requirió muchas horas de debate para desesperación del equipo gráfico de Los Patos hasta lograr el consenso. Preparar la defensa y seleccionar a los que irían a Madrid a exponer el proyecto trajo los últimos refuerzos. La artista Mónica Cofiño, que ya estaba incorporada como comisaria de escénicas, se involucró más a partir de ese momento, dirigiendo al equipo para la puesta en escena y dirigiendo el vídeo que se llevó a Madrid. Ese vídeo abrió la puerta a nuevas voces y colores y por ahí han empezado a ocupar una posición más activa los artistas, el sector.

Después de una primera etapa marcada por el debate interno y la reflexión, a los nueve meses que le quedan ahora por delante a Oviedo y Asturias para defender sus opciones tiene que acompañarlos una dinámica nueva en la que será crucial la incorporación de todo el sector creativo, el tejido asociativo y el conjunto de la ciudadanía asturiana. La región tiene que movilizarse en lo que queda de año para convencer al jurado y para convencernos a nosotros mismos de que el proyecto es cierto y que la Capital de la Cultura de Europa en 2031 puede quedarse a este lado del Pajares para iluminar a todo el continente. Con amabilidá.

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