Cuqui Ormazábal, «una vida» en San Lázaro y alma del grupo «Trasgu»
La activista vecinal llegó al barrio cuando era «un barrizal» y fundó una formación de baile asturiano en 1983, «que sigue ampliando repertorio»

Cuqui Ormazábal. / Irma Collín / LNE
Con su pelo plateado y un sentido del humor de lo más irónico, que no pierde ni con los envites de la vida, que no han sido pocos, Cuqui Ormazábal es toda una institución en San Lázaro, donde lleva «una vida» tras llegar de Caborana y donde pone su alma, ganas y empeño en el grupo de baile tradicional Trasgu. «Llegué al barrio hace cincuenta años, en 1976, porque mi marido trabajaba en la Diputación, en el servicio de Aguas. Fíjate cómo estaría esta zona que yo cuando salía iba con madreñas o algo así y luego llevaba en una bolsa unos zapatos decentes para ir a Oviedo, porque esto era un barrizal; los poníamos a partir de la gasolinera».
En aquel San Lázaro setentero había más yerba que tená, o sea, estaba todo por hacer, y la asociación de vecinos nació por pura necesidad, con un marcado protagonismo femenino desde un principio. «Querían ponernos de centro de salud un barracón provisional y tuvimos que pelear a tope. Teresa Martín, la presidenta de la asociación en aquella época, era mucho más peleona que yo. Es una mujer que **ha hecho mucho por todo el barrio», afirma Cuqui Ormazábal, que, a punto de los 85 años, abre el baúl de la memoria.
«Yo la vi coger a un juez por el brazo. Un viernes fuimos al juzgado a comentar que había una vecina, de mucha edad, a la que el hijo dejaba sola y sin atender y el juez dijo: ‘tenéis razón, no os preocupéis, el lunes ya lo veo’. Tere le dio un meneo del brazo y le replicó: ‘Claro, usted va para su casa muy tranquilo, dejamos ahí a la señora sola, y si pasa algo, ¿qué? Tiene que hacer algo ahora mismo’. Y vaya si lo hizo, sobre la marcha. Tere era tremenda, puro nervio, impulsiva y muy buena, y sigue siendo muy buena, pero ahora está delicada de salud», añade Cuqui Ormazábal, que por aquel tiempo era secretaria de la asociación de vecinos.
Otra de las empresas en las que se involucró la asociación de San Lázaro-Otero fue la campaña para conseguir la instalación de una veintena de ascensores en torres donde todo eran escaleras, una batalla que merece capítulo propio, por las idas y vueltas que hubo que dar. «En aquellos primeros años se hicieron muchas cosas», resume Cuqui Ormazábal.
De los años ochenta arranca la otra iniciativa a la que la veterana activista ha dedicado tiempo, afición y, sobre todo, ganas de fomentar la cultura popular asturiana. «El grupo Trasgu se fundó el 2 de mayo de 1983. Al principio éramos doce personas, luego 18 y ahora no somos pocos, somos treinta: siete paisanos, que no está mal, y las demás, mujeres». El logo lo hizo su marido, ya fallecido, «que dibujaba muy bien, era delineante».
No acaba ahí la implicación de su familia en el grupo. La actual directora es su hija, Tote, «aunque a ella», recalca, «le gusta bastante más bailar que tener que mandar». La simbiosis entre la asociación de vecinos de San Lázaro-Otero y el grupo Trasgu es visible en el local del centro social, bien repleto de fotos, premios y recuerdos de los intercambios folclóricos con agrupaciones de otros territorios.
La formación tiene su base en San Lázaro, pero cuenta con miembros de otros lugares, y su objetivo, razón de ser, es mantener viva la tradición. «Estamos ampliando el repertorio, tenemos treinta y tantas piezas de toda Asturias, de la zona centro, de Aller, de Oviedo, de Llanes, de los vaqueiros. Nuestros trajes también son diferentes, para ser representativos de las distintas zonas de Asturias», argumenta Cuqui Ormazábal.
Trasgu cumplirá en mayo su 40ª ofrenda floral en Covadonga, otra cita imprescindible para un grupo que necesita savia nueva, como recalca su hija Tote: «El grupo lleva superando retos más de cuarenta años porque el folklore unas veces está de moda y otras no. Ahora queremos que se una más gente porque resulta muy difícil conciliar la vida profesional y familiar con el grupo, y aunque muchos lo logramos, a veces es difícil mantener la actividad. Antiguamente se bailaba en les fiestes por poco más que un bollu de chorizu, algo que, gracias a Dios, cambió con los años».
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