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Oviedo, pie de callle

Araceli González pide jóvenes para el colectivo que logró veintidós ascensores hace treinta años

«La independencia es vital en una asociación de vecinos, la nuestra siempre fue apolítica», afirman los responsables de la de San Lázaro-Otero, que "bregaron mucho" para lograr apoyos del Principado y el Ayuntamiento ante una reivindicación "vital" para cientos de familias

Araceli González, en la puerta del centro social de San Lázaro-Otero

Araceli González, en la puerta del centro social de San Lázaro-Otero

San Lázaro y Villafría

La asociación de vecinos de San Lázaro-Otero es una de las históricas de Oviedo, con trayectoria desde los años ochenta, cuando los vecinos tuvieron que empezar a movilizarse para denunciar carencias en un barrio donde charcos y barrizales formaban parte del paisaje que había dejado de ser rural para aspirar a urbano. El centro de salud obligó a pelear con los políticos que llegaban con promesas de cambio, pero el movimiento vecinal de esta zona del sureste ovetense escaló su particular Everest con la negociación a tres bandas para dotar de 22 ascensores a varios bloques en los que la media de edad ya oscilaba entonces entre los 50 y los 55 años, con lo que ello suponía a años vista, cuando hubiera que subir todas esas escaleras. El tiempo pasa, pero las reivindicaciones siguen y el movimiento vecinal lanza una alerta: «Hacen falta nuevos socios para tomar el relevo».

El siglo XXI se acercaba en el calendario cuando la asociación de vecinos que presidía Teresa Martín, y en la que Cuqui Ormazábal levantaba actas de las reuniones como secretaria, se empeñó en dotar de ascensores a bloques que carecían de ellos. Corría el 1995 cuando nombraron una comisión de inquilinos para iniciar unos trámites administrativos que llevarían años y donde se las verían con hasta tres gobiernos autonómicos. «Estos edificios se habían construido en la década de los setenta, en aquella época ya se construían con ascensores, pero en estos bloques de la calles Otero, Velazquita Giráldez y Villafría el constructor no lo había hecho», recuerda Cuqui Ormazábal.

Era el momento idóneo para recabar la financiación necesaria de una operación costosa, que los vecinos, en su mayoría gente trabajadora y viudas con pensiones bajas, difícilmente podrían afrontar en solitario: la obra para cada ascensor costaba 7,5 millones de pesetas (cantidad equivalente a 45.000 euros), así que el montante total para veintidós ascensores ascendía a unos 165 millones de pesetas , poco menos de un millón de euros.

España iba bien y la asociación de vecinos buscaba la implicación del Ayuntamiento de Oviedo, del Principado y hasta la de algunos vecinos reticentes. «Hubo que bregar mucho», recalca la secretaria de la asociación, «y era una obra muy necesaria, porque los vecinos íbamos para mayores y quién iba a poder subir cinco pisos», añade. «Imagina si hoy día tenemos que ponernos a subir todas escaleras», afirma la veterana dirigente vecinal. De entrada, ni los socialistas, ni los populares estaban por la labor de que las administraciones que gobernaban subvencionasen esa actuación . La asociación de vecinos puso sus cartas sobre la mesa: «22 portales, por diecinueve viviendas en cada uno y con una media de cuatro personas por cada familia salen 1.672 votos». Una cifra nada desdeñable cuando llegase la hora de las urnas.

Aunque los impuestos ligados al buen momento que vivía el sector de la construcción elevaban año tras año los ingresos de las arcas públicas, hubo pulsos y tensiones. «Había gente que con su sueldo o pensión no podía hacer frente a un desembolso tan importante, peleamos duro y se consiguió hasta que llegó Vicente Álvarez Areces al_Principado, intentaron pararlo, no querían poner ni un duro más», coinciden Araceli González, la vicepresidenta de la asociación que en los últimos tiempos ha tomado las riendas por cuestión de edad, y Cuqui Ormazábal. La segunda fase llegó a estar parada prácticamente un año. «Montamos una de mil demonios y le decíamos al Principado que si iban a ser capaces de dejar a unos vecinos sin ascensores cuando otros ya los tenían, al final entraron por el aro», abundan en la explicación. Aquel pulso también se libró con el debate, de por medio, de la ley de propiedad horizontal, que tenía su importancia para las mayorías necesarias sobre los acuerdos en las comunidades de propietarios. Al final hubo entendimiento y el Principado acabó completando una aportación, indispensable porque «hubo 72 personas que no pagaron un duro».

Reunón de vecinos de San Lázaro-Otero, en febrero de 1992.

Reunón de vecinos de San Lázaro-Otero, en febrero de 1992. / LNE

De aquella negociación, la asociación de vecinos aprendió «la importancia de la independencia cuando tienes que negociar con políticos y administraciones de distinto signo. Era una asociación apolítica, cada uno podía tener sus ideas pero, si llega el caso, me da igual reñir con el PP que con el PSOE o con Vox. Otras asociaciones estaban muy politizadas», coinciden las representantes vecinales. Otra lectura de aquel proceso fue la necesidad de una asociación que defienda las reivindicaciones vecinales. Araceli González recalca que la de San_Lázaro-Otero, con unos doscientos socios, «echa de menos a la gente joven, ahora no se implica y sigue habiendo mucho que reivindicar como los nuevos accesos de la ronda o la falta de seguridad y el aumento de pequeños delitos, que hay robos, pero los vecinos no denuncian y piden que la asociación dé la cara».

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