Negocios de siempre
La pastelería más antigua de Oviedo (va por la quinta generación) guarda el secreto de un sabor centenario que no se olvida
Camilo de Blas, la confitería que creó el "Carbayón" en 1924 para la primera Feria de Muestras de Gijón, apuesta por "el producto de siempre y la innovación en intolerancias y logística"

VÍDEO: Amor Domínguez/ FOTO: Irma Collín
Camilo de Blas cumple este año siglo y medio como marca que nació al otro lado del Pajares, en León, pero el fundador decidió abrir pastelería a su hijo en Oviedo en 1914, para ser hoy la más antigua de la ciudad, que permanece en su sede original de la calle Jovellanos, el obrador donde se creó el pastel ovetense más emblemático: el carbayón. Un sabor centenario que "no se olvida ni con el Alzhéimer", según desvela José de Blas, cuarta generación de un legado bien dulce que ya tiene prolongación en su hija Paloma.
El fundador de la saga era un emprendedor nato, pues ya se había trasladado de Aranda de Duero a León, donde "habría más vida o a lo mejor una novia. ¿Quién sabe? Hasta ahí no llego", bromea José de Blas, que iba para médico pero acabó haciendo una Torre Eiffel como artesano del chocolate y tomando el timón de Camilo de Blas en Oviedo. "Es curioso cómo la vida se encarga de manejar los hilos. Fui el último en nacer aquí, cuando la familiar vivía encima de la pastelería de Jovellanos, y he sido el continuador cuando no estaba previsto así, ya que iba a ser mi hermano, Camilo", relata José de Blas.

José de Blas, el artífice del carbayón, junto a uno de sus nietos ante varias tartas de Pascua, que observan al otro lado del ventanal, varias personas. / C. D. B.
Camilo de Blas debió convertirse en la principal confitería en su primera década de existencia en Oviedo. "En Asturias había mucha vida, era otro mundo, con actividad industrial y minera, por eso mi tatarabuelo decidió que un hijo abriera en Oviedo y al año siguiente, en 1915, otro hijo, en Gijón", comentan los de Blas, José y su hija, Paloma. "La pastelería estaba al lado de la estación del Vasco y el movimiento era tremendo. Imagino que en aquella época era la más grande o la de más volumen porque el Ayuntamiento le encargó a mi abuelo un pastel para representara a Oviedo en la primera Feria Internacional de Muestras que se iba a celebrar en Gijón en 1924, todo un acontecimiento", añade el nieto y tocayo del creador del pastel ovetense por excelencia. "Después de muchas pruebas, de aquella se reunían hasta en una rebotica cercana, se dio con un pastel que gustaba, pero no estaba acabado: faltaba el nombre. Entonces alguien dijo: ¿No vamos a Gijón? ¿Pues cómo nos conocen allí a los de Oviedo? ¡Carbayones, claro! Pues muy buena idea". Y así se bautizó al pastel de hojaldre, almendra Marcona y yema. A José de Blas le gusta sacar una lectura más "romántica" de ese nombre: "Hemos conseguido dar vida al árbol que cayo bajo el hacha fratricida de la Corporación en un dulce maravilloso".

El mostrador de Camilo de Blas, cuando abrió en Oviedo, en 1914. / C. D. B.
El carbayón se convirtió en santo y seña de Camilo de Blas, que desde sus orígenes también había vendido otros géneros, productos gourmet. "De hecho, en las cristaleras de la entrada se anunciaban vinos finos, confitería y comestibles y también mantequillas de La Lechera", apuntan Paloma y José de Blas. "Mi abuelo era sumiller, no con título como hoy en día, pero le llamaban para concursos de vino, tenía un paladar tremendo y muchos clientes venían para que les recomendara. Tú le ponías un vino y te sacaba no ya la zona, sino el pueblo. También éramos los clientes más antiguos de Vega Sicilia de toda España", añaden. Y vendían fiambre "como cabeza de jabalí, lengua escarlata, el huevo hilado que hacemos a mano, pero ahora ese sector ha perdido volumen con el cierre de las casas más antiguas que se dedicaban a esa especialidad".

Antogupo obrador de Camilo de Blas, en la calle Jovellanos. / C. D. B.
Más de un siglo de carbayones y Camilo de Blas ligados a Gijón da para unas cuantas anécdotas. "Después de volver a abrir en la calle Covadonga de Gijón vino una chica emocionada. Nos dijo que como se acordaba de cuando su padre traía pasteles los domingos de Camilo Blas para toda la familia, al ver la confitería abierta otra vez pensó ‘qué bien, tengo un recuerdo tan bonito de aquello, que voy a llevarle un pastel a mi padre, aunque ya no conoce a nadie’. Y me contó lo siguiente: ‘Cuando después de comer, le puse el pastel en la boca, le parecerá sorprendente, pero dijo Camilo de Blas en voz baja’ . Me sentí muy orgulloso, es el mayor piropo que me han dicho nunca, significa que mantenemos el sabor de siempre, que no se olvida ni con el Alzhéimer".

Stand de Camilo de Blas, en la Feria de Muestras de Gijón. / C. D. B.
Paloma de Blas desvela el secreto para llegar a la quinta generación, con ganas de ir a más, y eso que estudió Química y ya trabajaba en una empresa en Barcelona . "Ves el cariño que le ponen tus padres, has vivido el esfuerzo que han puesto las generaciones anteriores y te implicas para innovar en un negocio que, no lo olvidemos, trabaja con márgenes muy ajustados porque las materias primas son muy buenas, pero también muy caras". La innovación, recalca, está en "la logística, el control, y la trazabilidad" de una oferta a la que se ha incorporado con mucha fuerza "los pasteles para clientes con alergias e intolerancias. Mi padre empezó a hacer pasteles sin azúcar porque mi abuela era diabética y luego también empezamos a hacerlos sin gluten porque mi madre es celíaca". Y siempre un ingrediente imprescindible en la repostería de calidad, la almendra marcona, de la que Camilo de Blas consume tres toneladas al año, antes en el antiguo obrador de la calle Jovellanos, ahora en el del polígono de Silvota.
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