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"La Semana Santa cada vez cala más entre los jóvenes", afirman los especialistas reunidos en el Club

Oviedo cuenta con más de 5.000 cofrades, participantes activos en las procesiones que hunden sus raíces en el siglo XVI

De izquierda a derecha, Javier Neira, Lourdes Álvarez, Juan José Tuñón, Marino Pérez  y Javier González.

De izquierda a derecha, Javier Neira, Lourdes Álvarez, Juan José Tuñón, Marino Pérez y Javier González. / Fernando Rodríguez

maría josé iglesias

Oviedo

La Semana Santa continúa siendo un fenómeno vivo, en constante reinterpretación y cada vez atrae a más jóvenes. En Oviedo se congregan más de 5.000 cofrades que participan en las procesiones. Entre la fe y la tradición, entre lo íntimo y lo colectivo, las celebraciones siguen ocupando un lugar central en la vida cultural. Así lo explicaron ayer en el Club Juan José Tuñón, canónigo archivero de la Catedral de Oviedo y párroco de San Francisco de Asís; Lourdes Álvarez Amandi, doctoranda en Historia del Arte; Javier González Larrea, doctorando en Historia, y Marino Pérez, catedrático de Psicología de la Universidad de Oviedo, y el periodista Javier Neira ,q ue moderó el encuentro.

La Semana Santa ha experimentado en los últimos años un notable resurgir en Oviedo. Tras periodos de menor participación, la devoción popular ha vuelto a ocupar un lugar central en la vida cultural y religiosa. Las procesiones se llenan de fieles, cofradías y visitantes que participan con emoción y respeto, tal como resaltaron los participantes, en el acto, celebrado con motivo de la conmemoración del XXV aniversario de la refundación de la Real Cofradía del Silencio y la Santa Cruz, de Oviedo.

Certezas en un contexto de incertidumbre

Juan José Tuñón destacó la vigencia de la Semana Santa como expresión de una religiosidad que hunde sus raíces en el Barroco. Recordó que estas celebraciones reflejan una tradición en la que España se concebía como reserva espiritual, y apuntó que, tras el Concilio Vaticano II, se intentó orientar la vivencia religiosa hacia una mayor interioridad. Defendió que la fe aporta certezas en un contexto social marcado por la incertidumbre.

Lourdes Álvarez Amandi incidió en el carácter dual de la Semana Santa, donde lo religioso y lo folclórico conviven de forma inseparable. Lejos de restar valor, este componente popular contribuye —según explicó— a que las procesiones actúen como un espejo de la sociedad española, con sus matices territoriales entre el norte y el sur. Javier González Larrea puso el acento en la dimensión visual de la Semana Santa, destacando cómo las procesiones han preservado la cultura de la imagen en un contexto donde, tras el Concilio Vaticano II, esta había perdido presencia en otros ámbitos del culto. Subrayó también la importancia de la participación en cofradías como espacio de fraternidad, incluso en una sociedad cada vez más secularizada. "El estado puede ser laico, pero las sociedades laicas no existen", señaló. Marino Pérez se definió como no creyente pero reconoció el papel estructurante de la religión en la vida social. A su juicio, el aparente laicismo contemporáneo no ha eliminado la necesidad de sentido, sino que la ha desplazado hacia otras formas. En una sociedad del bienestar que, paradójicamente, genera malestar, la religión —o sus equivalentes simbólicos— sigue proporcionando marcos de relación y significado. Pérez advirtió, además, de la transformación de la experiencia tradicional en algo cada vez más orientado a la exhibición, en una transición "del folclore a lo instagrameable".

Desde la mirada de la fe, "la Semana Santa no sólo debe ser una cuestión de unos días, y su mensaje debe prolongarse el resto del año", señaló Juan José Tuñón, que resaltó la dimensión espiritual de las celebraciones.

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