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Adiós a Bernardo Gutiérrez, una "leyenda" del comercio de Oviedo: "Era un vendedor único, humano y de gran intuición"

El fundador de la emblemática boutique con su nombre en Longoria Carbajal, deja huella como «vendedor único, humano y de gran intuición»

Bernardo Gutiérrez, en su tienda en una foto de archivo.

Bernardo Gutiérrez, en su tienda en una foto de archivo. / PABLO SOLARES

Lucas Blanco

Lucas Blanco

Hay una forma de entender Oviedo que se mide en la distancia corta de un mostrador. Una ciudad que no se explica sin esos templos del buen gusto donde el cliente entra buscando una americana y sale con una confidencia, un abrazo y la autoestima renovada. En ese ecosistema de elegancia, Bernardo Gutiérrez Rodríguez era, más que un tendero, «una leyenda de la supervivencia y el ingenio». El histórico comerciante, alma de la boutique que lleva su nombre en Longoria Carbajal, falleció en la madrugada de este viernes, a los 78 años de edad, tras una larga batalla contra el párkinson y el deterioro cognitivo. Se fue como a las tres de la mañana, en silencio, dejando a la capital asturiana huérfana de uno de sus últimos grandes genios del marketing de guerrilla y el trato humano.

La noticia del fallecimiento de Bernardo causó una honda consternación. El alcalde de Oviedo, Alfredo Canteli, recordaba emocionado la figura de quien fue mucho más que un vecino de local comercial: «Fue un gran empresario, una persona entrañable. Yo lo quise mucho, fue muy amigo y deja unos hijos maravillosos que van a seguir trabajando por Oviedo», explicó el regidor, añadiendo que «fue un emprendedor de siempre».

Natural de Trevías (Valdés), donde vino al mundo en 1947 en el seno del negocio familiar Casa Barres, su destino parecía sellado por la tiza y el encerado de la escuela rural. Fue el pequeño de cinco hermanos, el «mimoso» de la casa, y cumplió con el mandato familiar de estudiar Magisterio para asegurar el porvenir bajo el paraguas del Estado. Pero el destino le cambió el patrón de vida de forma trágica y repentina. Tenía solo 23 años cuando su cuñado José Luis, que trabajaba como viajante en la confección industrial, falleció de un infarto. Bernardo, con la lealtad que siempre le caracterizó, dejó el sueldo de maestro para ayudar a su hermana viuda y a sus tres sobrinos. Cambió las aulas por los muestrarios y las 7.000 pesetas de la enseñanza por las 103.000 que prometía la carretera. Aquel sacrificio fue el primer paso de su verdadera vocación.

Empezó a recorrer el norte de España con las muestras de Confecciones Porto. Aquellas jornadas de coche, asfalto y hotel fueron su verdadera universidad. Aprendió a leer a las personas antes que a las etiquetas. Con un olfato inmobiliario que él mismo calificaba de «brujuleo», intuyó que el futuro no estaba en las maletas, sino en un local propio donde asentar sus reales. En noviembre de 1984, desafiando a las crisis que siempre parecen acechar a esta región, abrió las puertas de «Bernardo». Aquel primer día, con la ayuda de su inseparable mujer Mercedes Rodríguez y un solo empleado, hizo una caja de cien mil pesetas. Le vendió pantalones hasta al que le había puesto el parqué. Esa era su magia comercial.

Bernardo Gutiérrez poseía esa cualidad innata de la que habla hoy su hijo Pelayo con orgullo y emoción contenida: «Era una persona supercariñosa, bondadosa, generosa, ingeniosa y muy humana. Dejaba huella en la gente, es algo que se tiene innato, no se trabaja, no hay falsedad».

Su trayectoria fue la de un «trabajador incansable que tuvo una visión adelantada», pero su vida íntima estuvo marcada por la entrega total a los suyos y la sombra prematura de la ausencia. En 1988, la muerte de su esposa Mercedes le dejó viudo con dos hijos jóvenes, Pelayo y Bernardo. La tienda se convirtió entonces en el refugio, el eje y el verdadero hogar. «Nuestra vida fue la tienda», confiesan sus hijos, que crecieron entre cajas de cartón, noches de Reyes envolviendo paquetes y fines de semana de almacén. Bernardo era un jefe paternalista que logró algo inaudito en el comercio moderno: mantener a su equipo de confianza (Navazas, Ana, Faustino, María Ángeles) durante décadas. «Es la suerte de encontrar gente buena», solía resumir con humildad.

En los últimos años, el brillo pícaro de su mirada se fue atenuando por la enfermedad cruel. El párkinson fue ganando terreno, pero Bernardo mantuvo su voluntad de hierro intacta. «Hasta que el cuerpo se lo permitió, lo único que quería era ir a la tienda, era su epicentro», relatan los suyos. Allí, en Longoria Carbajal, bajo la mirada orgullosa de sus cuatro nietos —Elena, Pelayo, Paula y Jaime—, se forjó una estirpe que hoy continúa su legado en establecimientos como Viena, Praga y Borsalino.

Pelayo define a su padre con la precisión de quien lo ha visto todo desde el otro lado del mostrador: «Era muy humano». Esa dualidad, la del hombre tierno que sabía ser exigente y «cañero», es la que hoy lamenta profundamente la ciudad de Oviedo. Su capilla ardiente, instalada en la sala 1 del Tanatorio Ciudad de Oviedo es un desfile constante de recuerdos, anécdotas y agradecimientos de quienes alguna vez pasaron por su boutique buscando un traje y salieron con una lección de vida inolvidable.

Funeral

Este sábado, a las doce del mediodía, la basílica de San Juan el Real acogerá el funeral de cuerpo presente. Después, Bernardo regresará a su Trevías natal para descansar definitivamente en el cementerio parroquial. Se va un hombre que supo vestir por fuera a los ovetenses, pero que sobre todo supo entenderlos por dentro. Un maestro que nunca dejó de serlo, aunque cambiara los libros por las perchas, enseñándonos que el mejor traje que uno puede llevar puesto es el de la autenticidad radical. Adiós a Bernardo, un comerciante único elevado a leyenda. .

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