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Una fiesta musical

El colosal concierto en el auditorio Príncipe Felipe para clausurar la temporada de la banda municipal «Ciudad de Oviedo»

El concierto de la Banda de Música.

El concierto de la Banda de Música.

Jonathan Mallada Álvarez

Jonathan Mallada Álvarez

La Banda de Música «Ciudad de Oviedo» se dio el pasado domingo un festín para cerrar su ciclo invernal gracias a un programa donde lo místico y lo espiritual se daban la mano a través de la figura de Azael Tormo y del variado y rico tejido musical asturiano que propició una segunda mitad de programa fastuosa con casi 200 músicos sobre el escenario. Con estos mimbres no es de extrañar la cola formada minutos antes de la apertura de las puertas de un Auditorio que casi se quedó pequeño para albergar al público, más numeroso que en otras ocasiones.

Las dos piezas de Azael Tormo comparten algunos rasgos compositivos que buscan conjugar cierto misticismo arcaico con un aire trascendental característico de las temáticas mitológicas que evoca. Así se pudo demostrar en «Elantris, la ciudad de los dioses», obra que requiere de una gran plantilla y una amplia sección de percusión para extraer todas las posibilidades dramáticas y expresivas que encierra, por momentos, la partitura. Los graves de la formación ovetense lucieron compactos y aportaron la profundidad necesaria a la ejecución, con algunos pasajes de gran cuidado interpretativo –como la marcha que se inserta en los pasajes centrales–, aportando cierto relieve gracias al manejo de las texturas y a la aplicación de algunas dinámicas que revistieron de mayor interés la interpretación.

La segunda obra del programa, también del valenciano Azael Tormo, era un estreno absoluto dedicado precisamente a la banda ovetense y a su director, David Colado. «Astur, el espíritu de las montañas» es un poema sinfónico inspirado en la mitología asturiana, que revela el oficio compositivo de Tormo a la hora de desdibujar armonía y melodías para sugerir la nebulosa atmósfera del primer movimiento. También se recurre a los metales y la percusión en algunos fragmentos trepidantes que desembocan, abruptamente, en unas melodías repletas de lirismo muy bien delineadas por la concertino Erica Carretero. No obstante, subyace ese poso arcaizante que se adivina en la utilización de cuernos, en algunos giros melódicos o incluso en una pequeña entonación de los músicos de la banda que configura un ambiente primario y ritual muy efectista. La banda lució un color muy atractivo y sugerente, con unas flautas exquisitas, unos trombones muy poderosos y las diferentes secciones bien cohesionadas y certeras en cada ataque.

Hasta siete agrupaciones corales se sumaron a la fiesta musical para clausurar los conciertos de invierno mediante la «Misa Góspel» de Jacob de Haan, una obra repleta de ritmo que gustó especialmente al público. Las sopranos y las contraltos destacaron especialmente en las seis partes de la misa («Kyrie», «Gloria», «Credo», «Sanctus», «Benedictus» y «Agnus Dei»), ofreciendo unas voces equilibradas, bien timbradas y empastadas adecuadamente. David Colado manejó ambas formaciones, la banda y el coro, con gran facilidad, a través de unas indicaciones precisas e intuitivas, resultando una ejecución muy esmerada por parte de todos, con algunos fragmentos sobresalientes, como el «Sanctus» que los músicos bisaron para culminar la velada.

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