Oviedo salda su deuda con los once sabíos que pusieron al día el callejero
«Solucionamos un olvido difícil de entender», dice Canteli tras entregar la medalla de bronce concedida en 2008 a la comisión de la Memoria Histórica

Por la izquierda, José Girón Garrote, Javier Fernández Conde, Carmen Ruiz-Tilve, Alfredo Canteli, Gustavo Bueno Sánchez, Pilar Ávila, Carmen Campos, Josefina Martínez, Benjamín Rivaya, Susana Pérez-Alonso y José Antonio Caicoya, ayer, en el salón de plenos. / Guillermo García
El salón de plenos municipal tenía este martes ese aire de las ocasiones que llegan tarde, pero llegan. Luz de mediodía colándose por los ventanales, sillas ocupadas con discreción institucional y, en el ambiente, una mezcla de deuda y alivio. Dieciocho años después, la ciudad cerraba un círculo que llevaba demasiado tiempo abierto: la entrega de la Medalla de la Ciudad, en su categoría de bronce, a la Comisión de la Memoria Histórica constituida en 2007.
La escena tuvo algo de inventario moral. El secretario municipal, Jesús Fernández, leyó el acuerdo plenario de 2008 con la cadencia de los textos que esperan su momento. Once nombres, once perfiles, once miradas sobre una misma tarea: aplicar la ley de Memoria Histórica con «ánimo de concordia, rigor histórico y datos objetivos». Ahí estaban el filósofo y militante comunista José María Laso Prieto; la escritora Susana Pérez-Alonso; el medievalista Francisco Javier Fernández Conde; el catedrático de Historia José Girón Garrote; el notario José Antonio Caicoya; el periodista Luis José Ávila; el erudito local Emilio Campos; la cronista oficial de la ciudad, Carmen Ruiz-Tilve; el filósofo Gustavo Bueno; la catedrática Josefina Martínez y el periodista Esteban Greciet.
Fue después cuando el peso de las ausencias: Gustavo Bueno, Luis José Ávila, Emilio Campos, Laso Prieto y Esteban Greciet ya han fallecido. Las medallas de los tres primeros fueron recogidas por sus hijos Gustavo, Pilar y Carmen, respectivamente, el premio de Laso Prieto lo recogió el catedrático Benjamín Rivaya y el caso de Esteban Greciet fue el más singular, pues en 2008 decidió renunciar a la medalla, por lo que el Ayuntamiento decidió cumplir con su voluntad, manteniéndola custodiada en el Archivo Municipal.
El alcalde, Alfredo Canteli, tomó la palabra con un tono reparador. «Hoy estamos para solucionar un olvido o un retraso que no logro entender», dijo, antes de pedir disculpas «a nombre del Ayuntamiento por esta demora». Y añadió, mirando de reojo la lista de nombres incompleta: «Es una pena que personas como ellos ya no puedan estar». Asumió, además, la responsabilidad institucional: «Cerramos un ciclo que había que haber cerrado mucho antes».
Aquella comisión no fue un grupo al uso. Impulsó cambios de calles, retiró símbolos franquistas y dejó otros asuntos en ese territorio incierto donde la historia, la política y la ciudad se cruzan. «Éramos personas muy distintas, que nos conocíamos pero nada más, y funcionó muy bien; trabajamos muchísimo», recordaba Ruiz-Tilve, con la serenidad de quien resume años en una frase. «Fue complicado, pero se hizo todo con mucho consenso. Se concedió cediendo mucho todos siempre. Eran 18 años esperando, pero estuvo bien». En su voz había más constatación que nostalgia.
Pensamientos distintos
Otro homenajeado, José Antonio Caicoya, afinó sus recuerdos. «Fue una comisión extraordinariamente positiva. No coincidíamos en ideología prácticamente en nada: once miembros, once pensamientos distintos. Y, sin embargo, conseguimos acuerdos». No esquivó las aristas: «Hubo discusiones serias también. Llegó hasta alguna palabra fuerte. Pero siempre dentro de una educación exquisita». Y rememoró una máxima clara: «Debíamos ceñirnos a la ley».
En nombre de todos habló quien había tejido la trastienda de aquel trabajo, la secretaria de la comisión, Susana Pérez-Alonso. Subió al atril con un discurso que evitó la solemnidad impostada y buscó la verdad cercana. «Pensé que había sido un error que me pidieran formar parte», confesó, arrancando una sonrisa cómplice. «Pero me encontré entre iguales… me sentí, francamente, muy a gusto».
Consensos
Su intervención fue, quizá, el centro emocional del acto. Habló de «estudiosos, investigadores, revoltosos», de debates intensos y afectos construidos en la discrepancia. «La labor que hizo la Comisión fue absolutamente memorable, casi ninguno pensábamos igual y ahí estuvo la grandeza de llegar a consensos», afirmó en una intervención en la que también se dirigió a su hija Jimena. «Que tu generación no se deje arrastrar por lo subjetivo», dijo, en una frase que trascendía el acto y se proyectaba hacia fuera. No era solo una medalla; era una forma de entender la convivencia.
Y así, sin estridencias, Oviedo saldó una deuda consigo misma. Con retraso, sí, pero con la dignidad de quien sabe rectificar. Al salir, la ciudad seguía ahí, con sus calles —las que cambiaron y las que no— recordando que la memoria no es solo pasado, sino una forma de caminar.
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