Hagamos una nueva casa para todos, por favor
El potencial de la candidatura a la capitalidad cultural y su «amabilidá»
Cuentan que una de las integrantes el equipo que está armando la candidatura de Oviedo a la capitalidad cultural europea de 2031 aterrizó en Asturias y, entre lo que más le llamó la atención, fue Salvador Ondó. Descubrió que la gran referencia del escanciado de sidra es un guineano.
A los ojos de esa experta en gestión cultural no pasó desapercibida la normalidad con que la sociedad asturiana había asumido el origen africano de una figura arquetípica en el «casting» necesario para representar la Asturias más tradicional. Era chocante. Como cuando el director de cine Juanma Bajo Ulloa tiró de ese mismo contraste para sacar un lehendakari negro en su película «Airbag».
Pero el caso de Ondó va más allá del gag. El éxito del campeón escanciador –que además canta tonada– lo dice todo sobre su voluntad de integración en Asturias, donde desempeña el muy simbólico papel de druida de la tribu, en tanto que administrador de la «poción mágica» en su más exacto punto de carbónico. Pero también habla muy bien de la tierra que acoge a Ondó como uno más entre los que aquí ya enraizaron hace siglos. Y eso no es nada desdeñable en este tiempo impregnado por el insidioso discurso que dibuja al emigrante como la amenaza existencial que va a reemplazar al culito blanco.
El «indicador Ondó» nos dice que Asturias es lugar abonado para sembrar la empatía, para que prenda toda ella y haga práu suficiente con destino al pasto comunal. El indicador dice que esa voluntad de integración nos permitiría alumbrar la saludable némesis de la Reconquista del imaginario ultra, que nos sueña a los españoles bajando de Covadonga a Granada escorriendo moros al grito de «Santiago (Abascal) y cierra España». Desde aquí, por el contrario, desde la promoción de la cultura, se podría abrir Asturias y empezar a atajar la cabalgada de la cerrazón. Limpieza de mente en vez de limpieza de sangre.
Oviedo ya pasó el primer corte en su camino hacia la capitalidad europea de la cultura. La candidatura ovetense se va a fundamentar en un concepto de destilado local: la «Amabilidá». Esto vendría a ser una vocación asturiana por ejercer la ciudadanía templando gaitas, con mesura y consenso. La amabilidá que Oviedo quiere proyectar a Europa es una forma de vivir que comparte el vasu, escancie quien lo escancie, beba quien lo beba. La «amabilidá» es, si hiciésemos un canciu de chigre con ella, un «axuntábense».
En 2027 se cumplirán dos décadas exactas desde que se presentó el iPhone. El «teléfono inteligente» desató una carrera tecnológica por implantar un dispositivo de control y manipulación en cada ser humano. Un crotal en cada oreja, un tumor digital en cada cerebro. Los móviles y las redes sociales son el hardware y el software de un nuevo capitalismo de vigilancia que vive de succionar todo el tiempo de atención posible a los presuntos usuarios, convertidos en galeotes digitales a tiempo completo en su papel de productores de océanos de datos utilizados para conocernos mejor que a nosotros mismos y, en definitiva, multiplicar nuestro consumo. Vivimos ya en una macrogranja planetaria extractora de información personal. Somos reses abocadas a nuestros móviles.
La gasolina del odio
Las tecnológicas globales saben que la mejor manera de captar la atención del ser humano es regar todos los contenidos que cruzan la pantalla con la gasolina del odio y la polémica, sin cuidado alguno por la verdad. Por eso, entre otros motivos, estamos olvidando que el entendimiento entre congéneres era el destino final de la comunicación humana. La evolución inventó el intercambio de palabras e ideas para cooperar y embridar este mundo tan feroz con la especie humana, no para vivir vaciándonos en un scroll infinito y a la greña.
Antes del estallido, este desorden internacional con cruce de misiles y drones, ya se desató un monumental e íntimo desorden comunicacional construido zasca a zasca en las redes sociales. Por eso, que desde una región periférica de Europa se proponga reivindicar la amabilidad, el acuerdo, las buenas maneras y, en definitiva, los usos y costumbres de la civilización, no debería ser algo desdeñable. Si de aquí a 2031 todavía existe Europa como proyecto de futuro, habría que dar una oportunidad a una puesta en escena, con proyección a todo el continente, de esos sentimientos, pensamientos y actitudes que nos alejan del ejercicio implacable de la ley del más fuerte. Del engorile de trumpistas y voxeadores.
Oviedo todavía tiene mucho camino por delante para hacerse con la capitalidad. Pero ya se han producido efectos muy interesantes. El aroma de la «amabilidá» parece que está operando en este arrugado territorio propicio para el localismo porque nació fragmentado en mil valles tabicados por montañas. Asturias se dice en plural porque son muchas Asturias las que están en ésta. Hemos disfrutado muy poco de los beneficios del ir todos a una. La última vez que todos los ayuntamientos asturianos se pusieron de acuerdo en algo fue en la creación del consorcio para la gestión de sus basuras. Fue en los legendarios tiempos del big bang autonómico, cuando Pedro de Silva hacía de presidente-vigía del horizonte regional, sin apegarse tanto a la inmadura celebración de lo inmediato. La colaboración que el gobierno regional (PSOE-IU) y el Ayuntamiento de Oviedo (PP) están demostrando en el proyecto de la capitalidad ovetense, que también respaldan otros muchos concejos e instituciones, es un indicio de que las cosas se pueden hacer de otra manera, justo en la dirección contraria de los fieros tiempos que corren.
Recuperar la convivencia
Lo mismo que el caso de Ondó habla del potencial que Oviedo, y Asturias entera, tienen para convertirse en un experimento piloto de recuperación de la convivencia, en el seno mismo de la candidatura a la capitalidad hay otra muestra de que otro mundo es posible. Y perdón por la frase perroflautística. El director de la candidatura es el ovetense Rodolfo Sánchez y en ella se ha integrado el gijonés Jorge Fernández León. Hace tiempo, ambos, como asesores de sus respectivos líderes políticos, fueron jefes de los servicios de contrainteligencia y artillería política cuando Gabino de Lorenzo (PP) era alcalde de Oviedo y Vicente Álvarez Areces (PSOE) presidía el gobierno del Principado. Hoy, en cambio, han visto que un futuro mejor pasa por la cultura y, en concreto, por la cultura de la amabilidá. Los dos hoy van de la mano. Ven que Asturias puede ser un refugio climático. O sea, un paraíso con buen clima social.
Válganos ese ejemplo como señal de que, gracias a la amabilidad, quizá podamos tomar otro rumbo. Y de que este camino, además, pasa por la cultura, algo tan necesario para hacer aflorar una Asturias desbordante y exportadora de creadores en todos los campos; talentos que, no obstante, siguen viviendo ignorados bajo la capa de esa enfermedad tan asturiana, cumbre del nihilismo, que consiste en haberse inventado que una vez, cuando el abuelo fue picador y quemó su vida arrancando negro carbón, aquí hubo una Edad de Oro y esto fue la tierra de Jauja. Hablo de esa penosa silicosis mental que proclama que, tras la reconversión, nos cayó encima la «Edad de Yelo», la edad del «ye lo que hay».
Ojalá llegue pronto el deshielo y, después de picar la crujiente capa de cachopo a granel que ahora recubre nuestros únicos planes de futuro, encontremos esa Asturias que lleva años naciendo de las cenizas del carbón y el acero. Las palabras, las ideas, siempre han sido la herramienta de transformación social más potente de la historia. Para bien y para mal. Démonos una oportunidad para todo lo bueno que puede traernos la última palabra que hemos picado aquí. Digamos «Amabilidá». Por favor. n
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