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Sanz Montes alerta sobre la "polarización" y las "dictaduras liberticidas" ante el clero asturiano en la Catedral de Oviedo

El Arzobispo de Oviedo arremete contra la "muerte barata" en relación a la eutanasia en una Catedral con más de 200 sacerdotes de la diócesis que participaron en la misa Crismal

El Arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes, durante la misa Crismal.

El Arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes, durante la misa Crismal. / Juan Plaza

Lucas Blanco

Lucas Blanco

La Catedral de San Salvador no solo olió este martes a incienso. Olió, sobre todo, a compromiso renovado y a examen de conciencia. En el corazón de la Semana Santa, más de 200 sacerdotes de toda la diócesis se dieron cita en la tradicional Misa Crismal para reafirmar sus promesas ante un Jesús Sanz Montes que, fiel a su estilo directo y sin ambages, aprovechó la cátedra para dibujar un fresco sombrío de la sociedad actual, marcado por la «polarización», el «hartazgo» de un bienestar que no llena y la «mentira» como herramienta de gobernanza.

La ceremonia, de una liturgia solemne y pausada, tuvo uno de sus momentos más simbólicos en la bendición de los santos óleos. De la mano del Arzobispo salieron las sustancias que ungirán a los nuevos cristianos, a los enfermos y a los futuros sacerdotes. Pero antes del rito, Sanz Montes desgranó una homilía de calado, donde la actualidad se coló entre las naves góticas.

El dardo a la eutanasia y el caso de Noelia

Uno de los momentos de mayor tensión dialéctica llegó cuando el prelado se refirió al óleo de los enfermos. Sanz Montes lamentó que, en lugar de cuidados paliativos ofrecidos con «amor y esperanza», la sociedad actual proponga soluciones que calificó de «muerte barata». Fue una alusión velada pero nítida a la reciente y polémica aplicación de la eutanasia en el caso de Noelia, la joven de 25 años catalana cuya muerte asistida tras años de litigio con su padre ha reabierto el debate social. Para el Arzobispo, inyectar una «muerte letal» es la respuesta de "un mundo que ha perdido el norte en el cuidado de la vida frágil".

Sacerdotes asistentes a la misa Crismal.

Sacerdotes asistentes a la misa Crismal. / Juan Plaza

No se quedó ahí. El Arzobispo extendió su mirada a la «incertidumbre planetaria de alto calibre» provocada por las guerras —con el eco de los tambores de conflicto en Oriente Medio, como la guerra de Irán, de fondo— y denunció lo que llamó la «tentación dictatorial de algunos mandamases libertarios que terminan siendo liberticidas». Una crítica a la polarización del discurso público que, a su juicio, busca «reducir la complejidad de la persona a ideologías parciales».

Protagonismo maliayo

La celebración contó también con rostros que miran al futuro de la Iglesia asturiana. La liturgia de la palabra tuvo como protagonista al diácono Edgar Perales, que se encargó de una de las lecturas de los evangelios. Peruano de origen, vinculado estrechamente a la parroquia de Villaviciosa y amigo personal de León XIV durante la etapa de este en el país sudamericano, Perales representó esa savia nueva a la que Sanz Montes pidió no convertirse en «activistas sociales ni políticos», sino en «padres espirituales» que transparenten el rostro de Dios.

La crisis del bienestar

Sanz Montes, citando tanto a Benedicto XVI como a Francisco y al Papa León, analizó la «secularización avanzada» de Occidente. «La absolutización del bienestar no ha traído la felicidad esperada», sentenció ante una bancada de sacerdotes que escuchaban en silencio sepulcral. El Arzobispo instó a sus curas a no ser «bedeles de museos obsoletos» ni «terapeutas de psicología impostada», sino pastores que bajen al «hospital de campaña» para curar las heridas de un pueblo que, a menudo, se siente «aburrido de su propia historia».

Tras la homilía, el presbiterio se convirtió en un mar de albas blancas cuando los más de 200 sacerdotes respondieron al unísono: «Sí, quiero». Fue el cierre de una jornada donde la Iglesia de Oviedo sacó músculo y doctrina, preparándose para los días grandes de la Pasión con el mensaje de que, frente a la «mentira» y el «vacío», aún queda el bálsamo de la fe.

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