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"La Pasión" flamenca de Félix Grande triunfa en el Campoamor

El público premia con casi diez minutos de ovación el buen hacer de los protagonistas del espectáculo, en especial a los bailaores Daniel Caballero e Illeana Gómez

La representación del musical flamenco «La Pasión» en el teatro Campoamor de Oviedo.  | FERNANDO RODRÍGUEZ

La representación del musical flamenco «La Pasión» en el teatro Campoamor de Oviedo. | FERNANDO RODRÍGUEZ

Fernando Romero

Fernando Romero

Oviedo

El musical flamenco "La Pasión" arrebató al público que ayer, en su estreno en los escenarios, llenó el teatro Campoamor de Oviedo y que le dedicó una larga ovación final, de casi diez minutos. Así concluyó una hora y media de espectáculo, intenso, rítmico y profundamente respetuoso con el espíritu de la Semana Santa.

La obra, incluida en "Off Danza" –la programación paralela al Festival de Danza Oviedo 2026, organizado por la Fundación Municipal de Cultura– fue escrita en 2010 por el poeta y flamencólogo Félix Grande y, ayer, en su presentación, estuvo dirigida por Emilio Ruiz Barrachina, entusiasmó a los espectadores con su reinterpretación flamenca de los últimos momentos de la vida de Jesús.

El cantaor, Paco del Pozo, también director musical del montaje, arrancó con un papel discreto, de acompañamiento del baile, y fue adquiriendo protagonismo con palos flamencos de carácter solemne y recogido, especialmente vinculados al imaginario sonoro de la Semana Santa. El resultado fue una propuesta musicalmente muy sólida.

El espectáculo fue, ante todo, una gran exhibición de baile. La pareja de bailaores –Daniel Caballero e Illeana Gómez– acaparó la mayor parte de los aplausos con una coreografía de gran fuerza expresiva, con el foco puesto en María de Magdala, vestida de rojo e interpretada por Ileana Gómez. En algunos momentos, el espectáculo parecía evocar la atmósfera de la película "La última tentación de Cristo", de Martin Scorsese. El bailaor protagonista asumió el papel de Jesús de Nazaret y el cantaor interpretó, en un momento clave de la representación, al traidor Judas.

La escenografía fue deliberadamente austera: focos, palabra, música y movimiento bastaron para construir una narrativa clara y envolvente sin imágenes explícitas de la Semana Santa.

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