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Con vistas al Naranco

Azulinos en Alto Narcea

Antonio Masip

Antonio Masip

«Me entusiasman tus ojos.//Y ella dijo://-¿Te gustan solos o con rimel?//-Grandes,//respondí sin dudar.//Y también sin dudar//me los dejó en un plato y se fue a tientas». Ángel González, «Eso era amor»

No sé si fue tras leerlo en genial autor galleguista sobre magos y meigas. Coincidió, en cualquier caso, con la última de las proclamas canónicas a las que, siguiendo la legislación canónica de obligado cumplimiento civil de entonces, nos sometimos, sin rechistar, Eloína y yo para matrimoniar. Tras escuchar el tercer y definitivo trámite en la parroquial de Cibuyo, pueblo de mi amada, una vecina, una vieya, de rasgos característicos del Alto Narcea, nos vio salir de casa de la que iba a ser mi familia, abordándonos en sonrisa abierta, una pizca pícara:

–Acuérdate Ina que guardo ojo de cristal azulino para que si tienes, que tendréis, un hijo salga con güeyos azules como los de tus antepasados.

Mi nueva familia hubo de aclararme la intrincada clave. Resultaba que aquella paisana, más o menos el personaje de la Xon del gran escritor, triste recientemente desaparecido, Xuan Bello, conservaba, en estuche nacarado, el cristal coloreado que un pariente tuerto había encargado a una óptica de Duseldorf, y lo cedía por módico precio, «menos que el estipendio de un bautismo o funeral» para que las embarazadas refregaran varias veces la entrepierna.

–Si el niño/a no sale con los ojos azules te devuelve el dinero pero puedes fijarte y fiarte, aquí todos los nenos son de vista azul que Alejandro Casona, también de la vecindad, atribuía a tanto ver un mar que está al valdesano norte costero, salvando entrometido Tineo. Juan Luis Vigil, tu gran amigo, atribuye el azul ocular a vikingos remotos, tal dijo un tal Mendel.

De mi cosecha afrancesada irredenta recordaba de Victor Hugo : «L’art c’est l’azur». Picasso y Matisse tuvieron su época azul azulísima, tal el patricio asturromano de Salime.

A la entrada, o salida, del pueblo cangués de mi adopción hay vetusto caserón donde habita, o habitaba, una bruja. Y a mí que las leyendas de bruxas me piran, no me hacía gracia que siguiendo a Cunqueiro y/o a Bello hubiéramos de practicar nocturnas abluciones de entrepierna lo que daba cierto repelús, en orilla plena de mosquitos y plagas fluviales. Por fin, demasiado urbanitas incrédulos para jugar con la criatura non nata, no cerramos el alquiler saliendo nuestro primogénito de ojos verdes, pese a los genes nórdicos en que insistía Juan Luis y a que durante el embarazo, con gran escándalo de ciertas bañistas, Eloína se adentraba los días del último mes, un agosto espléndido, en el mar azul de Salinas, equivalente a la bravura del azulino, término tan caro a Borges, casi verdoso, Cantábrico, añorado por Casona en su exilio rioplatense. Nuestro primogénito tiene hermosos ojos verdes más quizá, puestos a excentricidades, debidos a la alta vegetación sin siega del huerto de sus güelos.

Eso sí, azules fueron los ojos de la segunda si bien nunca me atreví a preguntar a Eloína. y ya no cabe hacerlo, si había comprado el cristalino alemán llevándolo a la Maternidad de la ovetense Residencia Sanitaria y practicado los rituales a escondidas de enfermeras y matronas.

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