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Entrevista | Cristina Yebra Alcaldesa de Guillén Lafuerza y La Monxina

«El cambio de Guillén Lafuerza ya está a la vista y cuando acabe la obra se verá mejor»

"Me costó aceptar esta alcaldía porque me iba a comer tiempo, pero me pudieron las ganas de hacer cosas por el barrio"

Cristina Yebra, ante las fachadas recién rehabilitadas de la calle Los Rosales, en Guillén Lafuerza.

Cristina Yebra, ante las fachadas recién rehabilitadas de la calle Los Rosales, en Guillén Lafuerza.

Guillén Lafuerza

De la rotonda de Urgencias del HUCA hasta los cuarteles de la Policía Local de Oviedo y la Guardia Civil, en el Rubín, se extiende el territorio de la alcaldía de barrio de Guillén Lafuerza, que hasta hace cien años se conocía con la descriptiva denominación de Ventanielles Alto. Cristina Yebra (Taboada, Lugo, 1972) fijó su residencia en Oviedo hace tres lustro, aunque desde mucho antes ya venía de vacaciones a casa de sus abuelos, enfrente del Palacio de los Deportes en la Tenderina. La inquietud por el asociacionismo vecinal ya le venía de serie. «Esto tienes que llevarlo en la sangre para que te guste», asegura.

¿De cuándo arranca su vinculación con esta zona del noreste de Oviedo?

Hace unos quince años vine a vivir aquí, un vecino me dijo un día si lo acompañaba a una reunión de la asociación de vecinos para escuchar, pero fue un poco encerrona. Sabían que era resolutiva, porque era presidenta de la comunidad de vecina, y me acabaron diciendo que si no entraba gente nueva como yo, la asociación se iría a pique.

¿Fue fácil de convencer?

Me apunté a la asociación de vecinos de Guillén Lafuerza y luego ya vino todo rodado. Empecé organizar un montón de actividades y cosas porque yo llegaba de Galicia y había estado en una asociación cultural d mi pueblo, Taboada, donde fui vocal y vicepresidenta. No todo el mundo vale para esta labor, tienes que llevarlo en la sangre para que te guste porque eso de trabajar gratis para el prójimo nunca estuvo de moda. Comenzamos a organizar un montón de actividades por Navidad que antes no se hacían como, por ejemplo, el concurso de iluminación de casas, y, la verdad, tuvieron muy buena acogida.

Hubo un momento que dijo basta. ¿Por qué?

La gente estaba muy contenta, todo lo que poníamos en marcha tenía mucha aceptación, pero cuando ya llevaba ocho años llegó un momento en el que el volumen de lo que organizábamos me amarraba mucho. Muchas actividades eran en fin de semana o festivos y no me podía ir a ningún lado. Era el momento de dejar a un lado las asociaciones y centrarme en una vida más tranquila.

¿Cómo surgió la propuesta de la alcaldía de barrio?

No pasarían ni dos semanas de dejar la asociación y, coincidencias de la vida, me llamaron del Ayuntamiento para decirme que el Alcalde quería que fuera alcaldesa de barrio. Al principio no quise, pero me dijeron que no estaba obligada a nada y que podía hacer una labor similar a la de la asociación, pero más relajada, sin tanta atadura.

¿Por qué aceptó?

Me costó porque me iba a comer tiempo y, que quede claro, ningún alcalde de barrio cobra nada. Pero me pudieron las ganas de hacer cosas por el barrio y trasladar las peticiones de los vecinos de una manera rápida y saber a qué puerta picar. Cuando estaba en la asociación de vecinos yo era amiga de todos los grupos políticos porque lo importante es mejorar el barrio y ayudar a los vecinos.

¿Ha cambiado mucho el barrio en estos años?

Se han hecho mejoras, hay que tener en cuenta que este barrio es de los años cincuenta y que las casas las construyeron los que iban a ser sus propietarios. Se trata de gente vulnerable y bastante mayor, con pensiones bajas. Cuando yo estaba en la asociación de vecinos intentamos buscar alguna subvención, acogiéndonos a esa situación de vulnerabilidad de muchos de los propietarios, para hacer algo mejora de fachadas, y se dio una maravillosa casualidad.

¿Cuál?

El entonces concejal de Economía, Javier Cuesta, me comentó que estaba precisamente con una solicitud de fondos europeos para la zona de Rubín, donde el cuarteles de la Policía Local y yo le planteé que incluyera también los edificios de Guillén Lafuerza, que buena falta les hacía. Recuerdo que me dijo que algo así tenía que pasar hasta por Ángela Merkel. Al final conseguimos la ayuda para actuar en veinte portales y el barrio está cambiando mucho. Pero hubo que bregar en muchas reuniones y estuve en todas. A la vista está el cambio, no es solo pintura, los trabajos de aislamiento de los edificios también son muy importantes y cuando esté acabada la obra en su totalidad se verá mejor.

¿Qué es lo mejor de este barrio?

Guillén Lafuerza es un barrio muy típico, en el que todos nos conocemos. Se puede decir que en ese aspecto es como un pueblito. Aunque ahora notamos que la gente mayor va falleciendo y a esas casas pues empieza a venir gente de fuera. Y quede claro que no es que no queramos gente de fuera porque, además, aquí no hay ningún problema en cuanto a seguridad o a convivencia. Lo único, que antes nos conocíamos todos y ahora pues no conocemos a la mitad. Ha venido mucha gente de alquiler y también inmigrantes, pero como en otros barrios de Oviedo. Y los vecinos de siempre los acogen rápido. Aquí como vengas al bar unos cuantos días, rápidamente te empiezan a coger confianza, es como si fuera el centro social de toda esta zona. Es un bar que está muy bien, organiza actividades para incentivar a la gente a que venga. Los dueños son de Guillén Lafuerza de siempre y eso se nota.

¿Después de la rehabilitación integral qué proyectos hay en perspectiva?

Los vecinos se quejan de los baches en estas calles, son algo evidente, pero ahora con esta obra entran y salen camiones todos los días y es lógico esperar a que se termine para asfaltarlo todo. Hay que tener paciencia, seguro que se hará.

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