La labor impagable de los voluntarios del Teléfono de la Esperanza de Oviedo: "Voy a suicidarme, pero antes quería escuchar la voz de una persona"
La ONG atiende 9.000 llamadas al año al teléfono 985 22 55 40 y el perfil más común es el de una mujer de entre 30 y 50 años: "A la gran mayoría de la gente le vale sólo con que los escuchen por eso necesitamos más gente para que colabore con nosotros"
Son las ocho de la tarde. Suena el teléfono y, al otro lado de la línea, la voz de una joven rompe el silencio con una frase pone los pelos de punta: "Voy a suicidarme, pero antes quería escuchar la voz de una persona". Después, un clic. Y otra vez, silencio. La llamada la atiende Camino Álvarez, vicepresidenta del Teléfono de la Esperanza de Oviedo. Álvarez se queda con el auricular en la mano y un nudo en la garganta. Enfermera de profesión, activa el protocolo y llama al 112 —algo que solo ocurre en casos extremos; el resto de llamadas al Teléfono de la Esperanza son totalmente anónimas—, pero poco se pudo hacer. Horas después, ya en su turno en el centro sanitario, entró una joven fallecida tras precipitarse por una ventana.
Historias como esa existen. Pero son la excepción. En el otro lado de la balanza están las miles de llamadas que cada año encuentran un resquicio de luz antes de caer en el abismo. Solo el año pasado, el Teléfono de la Esperanza de Asturias atendió cerca de 9.000 llamadas en el 985 22 55 40, una cifra que crece en torno a un 10 por ciento anual. De ellas, apenas cinco fueron intentos de suicidio en curso. En la mayoría de los casos, gracias a la intervención de los voluntarios, esas situaciones lograron reconducirse, encontrar otro camino, ganar tiempo para hacer frente a ese mal trago que ahoga a quienes buscan ayuda.
Detrás de ese hilo invisible que conecta a quien sufre con quien escucha, solo en Oviedo, hay ochenta voluntarios que están detrás del teléfono las 24 horas del día, los 365 días del año. No cobran nada. No buscan reconocimiento. Están ahí porque creen en algo tan simple, y a la vez tan complejo, como escuchar a quienes sufren. "Escuchar no es fácil; la mayoría de la gente está esperando a que el otro termine para poder hablar", explica Ladis García, que es la presidenta de la ONG en Oviedo. En el Teléfono de la Esperanza se ofrece justo lo contrario: la escucha sin juicio.
El Teléfono de la Esperanza es una ONG sin ánimo de lucro que lleva 54 años funcionando en España —50 de ellos en el Principado— desde que el sacerdote Serafín Madrid la impulsara en Sevilla. Asturias fue la tercera comunidad en sumarse a una red que hoy cuenta con 29 sedes interconectadas: si en Oviedo no hay una línea libre, la llamada la atenderá otra ciudad. "Siempre hay alguien al otro lado del teléfono", señala Alicia Nizovskikh, otra de las voluntarias.
En la sede ovetense, ubicada en el barrio de Pumarín, en un local municipal de 450 metros cuadrados cedido por el Ayuntamiento hace 18 años, se respira calma. Hay salas para talleres, espacios de atención telefónica, despachos para terapia individual, salón de actos, biblioteca e incluso una zona para quienes hacen guardia nocturna. Es un lugar preparado para acoger y combatir el dolor sin ruido. Para ser voluntario no basta con querer ayudar. Se exige empatía y equilibrio emocional, una entrevista personal y un año de formación en técnicas de escucha y conocimientos psicológicos. No todos los que se postulan lo consiguen, no obstante, se necesita cada vez más gente. "Animamos a psicólogos, psiquiatras y tambien a cualquier tipo de persona a que colabore con nosotros porque todo apoyo es poco", dice Ladis García.
Una vez al teléfono, hay normas claras: no juzgar, no dar consejos, no tratar a quien llama como una víctima. El objetivo es otro: que la persona se sienta escuchada, comprendida, acompañada. "Abrirles el mapa", dicen los voluntarios, y mostrar, con cuidado y mimo, que hay más caminos posibles. "A mucha gente, con una sola llamada, le vale", dice Javier Alonso, un autónomo que compatibiliza su trabajo con la ayuda en el Teléfono de la Esperanza.
Llamadas que lo cambian todo
La mayoría de las llamadas no tienen que ver con el suicidio. Son voces que repiten frases como "no puedo más" o "la vida me ha sobrepasado". Detrás hay soledad, problemas de pareja, conflictos laborales, duelos, enfermedades, ansiedad o pánico. El perfil más habitual es el de una mujer de entre 30 y 50 años, aunque cada vez llaman más jóvenes. "Se habla mucho de los mayores, pero hay chavales que no encuentran trabajo, no pueden emanciparse y se sienten profundamente solos", apunta Fernando Díaz, otro de los voluntarios.
En estos cincuenta años de recorrido, los motivos que llevan a las personas a marcar el 985 22 55 40 han cambiado. Hoy en día destacan la soledad no deseada y la ansiedad. "La mayoría de las personas, al menos ocho de cada diez, en algún momento de su vida, han pensado en quitársela", señalan desde la organización, conscientes de que el problema sigue rodeado de estigma. En Asturias, según los últimos datos oficiales, 119 personas se suicidaron en 2024: 90 hombres y 29 mujeres. Ellos lo hacen más, en parte porque piden menos ayuda. Ellas llaman más al Teléfono de la Esperanza, por ejemplo.
A veces, una llamada lo cambia todo. Como la de aquella joven que telefoneó desde Urgencias tras años de maltrato por parte de su padre. Gracias a la intervención de una voluntaria, Natalia Llera, se activó el protocolo y pudo salir de esa situación. O el caso de un chico que pensaba saltar desde un puente tras una ruptura sentimental: mientras hablaba, el voluntario logró ubicar el lugar y avisar a emergencias. La policía llegó a tiempo. Meses después, volvió a llamar para dar las gracias porque le habían salvado la vida.
También les dio las gracias a los voluntarios del Teléfono de la Esperanza de Oviedo una mujer que había ingerido un centenar de pastillas. En su momento se enfadó: sentía que le habían arrebatado su decisión. Con el tiempo, entendió que le habían salvado la vida. Son historias que no siempre se cuentan, pero que sostienen el sentido de un trabajo silencioso. Porque, aunque el anonimato es la norma, cuando hay una vida en juego deja de ser una opción. Es una obligación.
Talleres y atención personalizada
El Teléfono de la Esperanza no se limita a atender llamadas. Ofrece talleres terapéuticos gratuitos sobre duelo, ansiedad o crecimiento personal, con unos 500 asistentes el pasado año; atención psicológica individualizada —75 personas atendidas—; charlas de concienciación para niños y adolescentes en centros educativos y un gabinete jurídico de asesoramiento. Todo enfocado a lo mismo: cuidar la salud emocional antes de que sea demasiado tarde.
Detrás de cada suicidio, recuerdan, quedan al menos siete personas heridas, en su mayoría familiares. Por eso insisten en hablar del tema sin eufemismos, sin mirar hacia otro lado. Y también en algo esencial: a cualquiera puede pasarle. Tener un mal momento. Creer que ha tocado fondo. A veces, en ese instante, lo único que hace falta es que alguien descuelgue el teléfono al otro lado y diga, sin juzgar, sin prisas: aquí estoy.
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