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Adiós a un artista que dejó huella en la capital

Fallece a los 81 años Mauro Álvarez, autor del rostro eterno de La Regenta en Oviedo

«Era un genio hijo del renacimiento», dice el hijo del escultor de la Ana Ozores de la plaza de la Catedral, «La Torera» del Campo o «El Violinista» de La Gesta

Mauro Álvarez, junto a la escultura de "La Regenta", en diciembre de 2022.

Mauro Álvarez, junto a la escultura de "La Regenta", en diciembre de 2022. / LUISMA MURIAS

Lucas Blanco

Lucas Blanco

Oviedo se queda más huérfana de bronce y de alma. Mauro Álvarez Fernández, el escultor que logró lo que parecía imposible, darle rostro, cuerpo y un lugar eterno a la Ana Ozores de Clarín en 1997, falleció este miércoles a los 81 años en la ciudad que tanto amó y transformó. Con su partida, el paisaje urbano de la capital asturiana pierde a su modelador más fiel, un artista de raza que entendió como pocos que las estatuas, una vez instaladas, dejan de pertenecer al autor para fundirse con el latido de los transeúntes.

Su hijo Mauro, que heredó la pasión por el arte, señaló ayer que recordará a su progenitor como «un genio» y «un hijo del Renacimiento». No le faltaba razón, pues fue un creador incansable en su taller. Nacido en Oviedo en 1945, el artista fue conocido también bajo el seudónimo de «Boliau», título que remite a su abuelo materno y maestro, José Menéndez Pintado. Desde niño, Álvarez demostró una habilidad fuera de lo común, moldeando sus juguetes con arcilla antes de convertirse en alumno aventajado y becario de la Escuela de Artes y Oficios. Allí cosechó hasta siete primeros premios en el Certamen Provincial de Arte, obteniendo finalmente el título de Maestro Vaciador. Su formación se completó con experiencias diversas, desde su paso por Porcelanas Guisasola, donde ejecutó piezas de arte funerario y animalístico, hasta su labor en la empresa Internacional de Reproducciones Artísticas, donde asimiló estilos que iban del románico al arte persa o africano.

Fue en 1972 cuando decidió volar solo montando su propio taller. En aquella época de plenitud, sus bustos de personalidades asturianas ya revelaban una armonía y un ritmo anatómico propios de quien domina los escorzos más difíciles. Esa maestría técnica le permitiría, años después, crear su propia fundición de bronce en los años ochenta. Seguidor de referentes como Francisco Toledo o Paulino Vicente, Mauro mantenía viva la llama creativa con una humildad desarmante. En diciembre de 2022, cuando este diario le reunió con «La Regenta» por sus bodas de plata, el escultor recordaba el encargo del entonces alcalde Gabino de Lorenzo como algo inesperado. «No le conocía de nada, pero le gustaba cómo trabajaba», rememoraba con entusiasmo. Hoy, esa figura de bronce es mucho más que una estatua; es el símbolo de un Oviedo literario que ha seducido a cineastas como Woody Allen.

El catálogo público de su obra es extenso y forma parte del ADN carbayón. Poco después de Ana Ozores, llegó «El Violinista» ante el Auditorio, y más tarde, esa espera eterna de «La torera» en el parque. Incluso fuera de la capital, su huella es indeleble, desde el altar mayor de Cullera hasta monumentos en Málaga o Navarra. Pero su faceta más íntima quedará siempre en aquel taller donde la música y el olor al barro lo eran todo. Su labor como restaurador en el Bellas Artes también da buena cuenta de ese respeto profundo hacia el pasado artístico.

Mauro Álvarez deja un vacío inmenso en su familia, encabezada por su esposa, Clementina González. Pero sobre todo, deja una ciudad que lo sentirá presente en cada esquina donde una figura parezca cobrar aliento. Este viernes, a las cinco de la tarde, el Tanatorio Los Arenales acogerá la celebración de la Palabra en su honor. Será el momento de despedir a un maestro que supo atrapar el tiempo en el metal, haciendo que Oviedo, gracias a sus manos, fuera para siempre un escenario predilecto para el arte al aire libre.

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