Serge Ioan Celebidachi: "Mi padre lo sacrificó todo por su gran amor, la música, por eso era tan exigente"
El hijo del genial director rumano ha retratado la vida de su progenitor en la película "La corbata amarilla"; el domingo la presenta en Oviedo

Cartel de la película "La corbata amarilla". / LNE

El director de orquesta rumano Sergiu Celibidache (1912-1996) fue considerado en vida un maestro genial, con una visión muy personal y temperamental de la música clásica, como prueban, entre otras cuestiones, su persistente negativa a que se editara cualquier grabación de sus sesiones por su rechazo al registro musical frente a la música en vivo. Por eso llama la atención que su hijo, Serge Ioan Celebidachi, haya ahora "capturado" la esencia de su padre en una película, "La corbata amarilla" ("Cravata Galbena"), que este domingo se podrá ver en el teatro Filarmónica a las 19 horas dentro del ciclo Radar, y en el que el propio director charlará con el público. Desde Rumanía, al teléfono, el hijo de Celibidache se sacude esa aparente contradicción entre su película y los deseos de su padre: "Son dos disciplinas diferentes", matiza. "Por una parte está la música en directo, los conciertos; a lo que mi padre se oponía era a la mecanización de una grabación. Pero, por otra parte, está el cine, una forma de expresión donde hay banda sonora, y donde lo que yo pretendo es que haya un sonido ligado a una imagen. El resultado final son formas de expresión artísticas diferentes, aunque es cierto que resulta paradójico que utilicemos grabaciones e imitaciones de otras grabaciones, pero tenerlas como referencias es una oportunidad e, incluso contra su idea, son documentos sonoros que tienen un valor".
Hay otra duda más trascendental en lo que supone el intento de aprehender el espíritu de un hombre en una ficción cinematográfica, con un reparto en el que destaca la presencia de John Malkovich, pero Serge Ioan Celebidachi insiste en que aquí no ha intentado traicionar ningún espíritu. "Esto no es una copia digital, es un intento de aproximarse a una forma de abordar la música, y eso no reemplazará jamás el concierto". En las primeras giras de exhibición del filme por Rumanía, que este domingo en Oviedo tendrá su segundo pase en España, el director recibió el agradecimiento de muchos espectadores que "se sintieron vivos" después de la proyección. "Todos los sentidos se han revivido, me siento más joven… Me decían esas cosas porque la película juega con los sentidos, uno se ríe, llora, se ocupa de las sensaciones humanas".
Cuestión aparte, que "La corbata amarilla" también aborda, es cómo vivía su padre la música. "La música para mi padre", resume, "no podía ser más que música vivida. Era tiempo presente, una relación entre el presente y el sonido". Esa idea, cuenta, acostumbraba a repetírsela a las orquestas y a los intérpretes. "Les decía: “Vosotros creéis que conocéis la Sinfonía n.º 4 de Bruckner, pero todavía no la habéis escuchado, así que no la conocéis. Hay que escuchar la interpretación de hoy, no la de ayer, para ver cómo reaccionáis a ella”. Se trataba de animar al músico para que no hiciera música de forma mecánica, que no fuera un CD, sino para escuchar el sonido, y darse cuenta de que quizá el violinista está hoy un poco cansado y suena un poco más lento y la respuesta de la flauta entra más tarde… Todo eso provoca una simbiosis que hace que una obra dure un día una hora y 45 minutos y otro una hora y 44 minutos. Quizá la acústica era distinta y el sonido viajaba de otra forma en la sala, quizá ese día había llovido y los cabellos mojados del público condicionaban el espacio resonante. Cada día la realidad es distinta".
Toda esa concepción se tradujo en una concepción muy particular de los "tempi". ¿Era lento cuando dirigía Celibidache? "Más que lento, estaba atento a la escucha, y por eso cuando era muy rápido decía que no entendíamos nada. Si tú hablas muy rápido, no puedo escucharte y el resultado son monólogos, pero un concierto son miles de diálogos que se expanden y se resuelven", analiza el director de "La corbata amarilla".
El filme, explica, lo llevaba en la cabeza desde que era muy pequeño, desde que, con ocho años, su padre, a la hora de acostarle, le hablaba de su infancia en Rumanía, del enfrentamiento con su padre. El pequeño Celibidache era muy bueno en política, en matemáticas, en física, y en su casa soñaban con un futuro en el que podría llegar a ser presidente del Gobierno. El afán por la música truncó las expectativas paternas y provocó una ruptura irrevocable, agravada con su llegada a la Alemania nazi y la imposibilidad de regresar a casa. "Nunca tuvo la ocasión de volver a encontrarse con sus padres", relata ahora su hijo. "Siguió su aspiración, su destino, lo que tenía en el corazón, pero ¿a qué precio? Pagó la mayor factura que uno puede pagar, lo sacrificó todo por su primer amor, que era la música, y por eso tenía esa exigencia con los otros, era alérgico a los artistas que no hacían música con esa implicación".
Serge Celibidache empezó a darse cuenta muy pronto de que esas historias de su padre merecerían ser contadas, y con doce años empezó a escribirlas. La gran novela de su padre se convirtió en un documental, "El jardín de Celibidache" (1996), y cuando se presentó en un estudio americano con la propuesta le dijeron que sí a la historia, pero querían ficción. El guion no encontró acomodo en Hollywood, pero sí en Rumanía, donde poco a poco, y gracias al trabajo en la producción ejecutiva de su mujer, Adela Vrinceanu, empezó a captar apoyos hasta que tenía "a todo el país detrás del proyecto".
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