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Mauro Álvarez, el padre de "La Regenta" de Oviedo que a los cinco años ya asombró a su familia al retratar a su gato con barro de una tejera

El autor de la escultura de Ana Ozores fallecido esta semana, deja un enorme legado artístico «hiperrealista» con estatuas públicas en Oviedo, Avilés, Lastres, Navarra o Málaga

Mauro Álvarez sonriendo a la escultura de «La Regenta» con la Catedral de Oviedo detrás en 2022.

Mauro Álvarez sonriendo a la escultura de «La Regenta» con la Catedral de Oviedo detrás en 2022. / LUISMA MURIAS

Lucas Blanco

Lucas Blanco

Oviedo amanece desde el miércoles con un silencio distinto, un silencio de metal frío que solo conocen quienes han aprendido a hablar a través del bronce. Mauro Álvarez, el hombre que fue capaz de atrapar el espíritu de Ana Ozores y eternizarlo ante la silueta la Catedral, se marchó dejando un vacío difícil de llenar. Con él se va el último de los renacentisas ovetenses, un artista de manos prodigiosas que, como los viejos maestros, entendía que la gloria no reside en la firma, sino en que el paseante acaricie el pliegue de una falda de estatua creyendo que es seda.

La trayectoria de Mauro fue un círculo perfecto que se cerró con la misma ternura con la que comenzó. A los cinco años asombró a su familia modelando un gato de la casa con el barro de una tejera cercana. En 2022, cuando el deterioro cognitivo le acechaba, sus manos se detuvieron ante el retrato de su perro «Freud». Fue su última pieza, un testamento inacabado que hoy descansa en el taller del número 19 de la calle Magdalena, tapado con plásticos, como si esperase el regreso de un maestro al que la bruma del deterioro cognitivo le arrebató el recuerdo del oficio, pero nunca la bondad del trazo.

Hijo de una estirpe que sabía lo que era picar la piedra —su abuelo fue cantero en Covadonga—, Mauro fue siempre un obrero del arte. Su hijo, también Mauro y también artista, lo recuerda como un «genio humilde» que regalaba su conocimiento como quien da los buenos días. No era un escultor de poses ni de cenáculos; era el hombre que pasaba dieciocho horas entre el frío de una antigua cuadra reconvertida en taller en Cerdeño, fumando Ducados y charlando con los pájaros. Allí, a la luz de las estrellas, nació «La Regenta» en 1997. Aquella Ana Ozores de bronce, que hoy es el icono absoluto del Oviedo literario, fue forjada entre tiritonas y madrugadas, buscando el ángulo exacto para que la torre de la basílica fuera su eterno marco fotográfico.

Mauro Álvarez, en su taller del número 19 de la calle Magdalena.

Mauro Álvarez, en su taller del número 19 de la calle Magdalena. / Carlos Alonso

Pero reducir a Mauro Álvarez a la plaza de la Catedral sería una injusticia de dimensiones monumentales. Su «realismo amable», como lo define su heredero biológico y artístico, salpicó la geografía asturiana y nacional con una maestría técnica que desafiaba a la lógica. Ahí queda «El Violinista» de la Gesta, afinando el alma frente al Auditorio, o «La Torera», esa fotógrafa del Campo San Francisco que ya es más vecina que monumento. Su viuda, la ceramista Clementina González, recuerda cómo un ingeniero se negaba a creer que la réplica de la «campanona» de Covadonga de 40 centímetros creada por Álvarez hubiera sido hecha a mano. «Tengo varita mágica», bromeaba él, ocultando tras la ironía las horas de «maestro vaciador» y el dominio absoluto de la cera perdida.

IMAGEN DE LA ESCULTURA " LA TORERA ", DEL ARTISTA LOCAL MAURO ALVAREZ, QUE EL AYUNTAMIENTO HA INSTALADO EN EL CAMPO SAN FRANCISCO

IMAGEN DE LA ESCULTURA " LA TORERA ", DEL ARTISTA LOCAL MAURO ALVAREZ, QUE EL AYUNTAMIENTO HA INSTALADO EN EL CAMPO SAN FRANCISCO / NACHO OREJAS

Su legado póstumo se extiende silencioso más allá del Negrón. Pocos saben que en Coín (Málaga) sus manos dieron forma a unos «Jugadores de baloncesto», o que en Tudela (Navarra) otro violinista, esta vez acompañado de niños, sigue la estela de su pasión por la música y la gaita. Fue un artista capaz de saltar del retrato psicológico de Paulino Vicente en el Bellas Artes al relieve devocional de San Martín en Ribadesella, siempre con esa humildad de quien se siente el arte más como una vocación que como una carrera para ganarse la vida o el prestigio «Era la persona más humilde que conocí», apunta la mujer de un hombre que también sacó tiempo para realizar una escultura de la mujer y los hijos que le encargó el empresario ovetense Luis Norniella y está instalada en un parque de Lastres.

El 2020 y el zarpazo que supuso la cuarentena del covid para su deterioro cognitivo marcaron el inicio del «cerrojazo» definitivo. Mauro se fue retirando hacia adentro, dejando atrás las cabalgatas de la zona rural ovetense en las que hacía de Rey Mago y las noches de gaita que hacían callar a las vacas en su taller de Cerdeño. Se ha ido el artista, pero queda el hombre que convirtió a Oviedo en un museo vivo. Ahora que el barro se ha secado por última vez, queda el consuelo de saber que, mientras alguien se haga una foto con la Ana Ozores de bronce, Mauro seguirá allí, vigilando desde su propia obra.

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