Diario Roma, 15.000 noches de rock en la Mon: el templo de la noche en Oviedo cumple 40 años
Luis Salgado rememora los inicios y la evolución del mítico pub: "En aquel Antiguo había mucho lío, los yonkis y nosotros estábamos en el mismo equilibrio ecológico"

J. A.

Si hoy es jueves y es la una de la tarde, esto no puede ser Luis Salgado en el Diario Roma. Pero ahora mismo la perrina del dueño de uno de los pubs de rock con más solera del país se pasea algo nerviosa por el suelo ajedrezado de terrazo que Chus Quirós buscó para este local que luego acabarían cogiendo dos chavales de Moreda. De aquel traspaso se cumplen ahora cuarenta años, y ese aniversario (echar la vista atrás, hablar de este recorrido) es el único motivo por el que el dueño del Diario, que desde hace treinta solo trabaja en su local los fines de semana, abre la puerta a deshoras al periodista.
El bar está vacío y las luces un poco más bajas de lo habitual, pero por lo demás la liturgia no cambia: Salgado ha puesto un par de cervezas y ha pinchado una versión del "Season of the Witch" de Donovan que recuerda a la de Brian Auger pero no. "Esta es de Al Kooper, es la mejor".
El Diario, cuesta hacerse a la idea, no fue siempre rock. Ni siquiera fue siempre el Diario. A principios de los años ochenta, Luis Salgado era un joven allerano (Moreda, 1957) hijo de minero al que la prejubilación del padre había llevado a Avilés en los años de adolescencia. Era la primera crisis del petróleo, treinta mil despidos en la industria local, y Salgado se escapaba en verano a hacer la vendimia en Francia con su amigo de la infancia Luis Manjarrés. Trataban de ahorrar para invertir en un bar pero empezaron en el negocio poco a poco. En 1983 Fernando el del Paraguas estaba cansado de la noche, se cogió un año sabático y les dejó el local. "Nos gustó mucho, te tiene que gustar para dedicarte a esto. La noche tiene muchas trampas y hay que saber evitarlas, y, evidentemente, puedes tener éxito o no. Y nosotros lo tuvimos".
Salgado no idealiza el Oviedo antiguo de aquellos años. "Como todas las épocas pasadas, se magnifica, pero fue una época muy convulsa y esta zona era difícil. Había mucha droga y delincuencia. Mucha gente no bajaba aquí por eso. Se quedaban en Buenavista. Había mucho lío y aprendimos a trabajar con todo aquello. Al final, los yonquis y nosotros estábamos todos en el mismo equilibrio ecológico. La mayoría de ellos, pobres, ya murieron".
Los Luises siguieron lidiando muy cerca del Paraguas los dos años siguientes, en el Mon 22, un local delante de Casa Fina que cerraba una hora más tarde que el resto, a las cuatro de la mañana. Eso era entonces un after. Además de la droga, el Antiguo tenía entonces una actividad universitaria frenética. "Estaba la facultad de Filosofía y Letras en Feijoo y en cada casa del Antiguo habría entre diez y quince estudiantes. Los pisos estaban a tope y se salía todos los días, no es como ahora que se quedan en casa viendo Netflix".
A esa comunidad quisieron dirigirse cuando abrieron su propio local. Encontraron lo que necesitaban en la misma calle, un poco más abajo. El Biba era un pub de mucho prestigio que se había inaugurado por todo lo alto, campaña de flyers en el aeropuerto y lujoso diseño y decoración de Chus Quirós. El diseñador mierense había recreado el mundo del Hollywood clásico con una decoración de fantasía: un King Kong de siete metros, una escalera convertida en el zapato de tacón de Rita Hayworth en "Gilda" y sillas de mimbre modelo "Emmanuelle". Una mala época había acabado con todo aquel glamour cuando Salgado y Manjarrés cogieron el traspaso: "Todo eso muy glamuroso cuando está golden, pero cuando está ajado se convierte en un quiero y no puedo". Los nuevos dueños pusieron un nuevo rumbo, aunque el Diario es hoy un palimpsesto donde el damero del suelo, los maniquís de la pared y el diseño del local hablan aún de aquella evocación de los años dorados del cine y del genio de Chus Quirós.
El vínculo con la comunidad universitaria les sugirió la idea de empapelar las paredes con cabeceras de periódicos internacionales, y eso les encaminó a un nombre que hoy parece una genialidad: Diario Roma. En su inauguración, "con mucha ilusión y mucho miedo", ya estaba un mural de Toño Morís, que luego cambiaría por el actual. Favila pintó el de los músicos de jazz del fondo, que tapa una pequeña terraza ajardinada que fracasó al poco de abrir. Aquel día que echó a andar el Diario sonó Juan Luis Guerra y todavía durante mucho tiempo fue un bar dedicado a la salsa, a menos que Manjarrés se pusiera a poner a Coltrane a las doce de la noche. El amor supremo al jazz del socio de Salgado, el mismo tipo que trajo a Gillespie y a Miles al mítico festival de jazz de Oviedo, obligó a romper la sociedad de forma amistosa. Manjarrés se dedicó plenamente al management y Salgado pudo hacer con el Diario lo que a él le gustaba, el rock.
Esa segunda etapa coincidió con las peatonalizaciones, que ayudaron a que el resto de Oviedo bajara al Antiguo, y el local se hizo con un prestigio que llega hasta ahora. "Seguimos haciendo lo mismo de toda la vida, un bar de copas con buena música. Tenemos como eje principal el rock clásico y lo que va saliendo, siempre que sean cosas buenas y digeribles. Aquí vienen rockers, heavys, y chicas que quieren bailar. Es muy difícil pinchar en el Diario porque hay muchas tribus. En una noche me da tiempo a poner 90 canciones de las 300 que me piden. Yo intento atender todas las peticiones, pero, claro, si estoy con 'Pantera' y me piden a Fito no puede ser".
Salgado considera que ha tenido suerte. Su fórmula funcionó y agradece a todos los que han pasado por la barra a trabajar, algunos ilustres del Diario como Pepe Colubi, Borja Garcia, Bull… Son demasiados para citarlos a todos y dejarse a alguien en el tintero, como la clientela, entre la que ha contado a lo mejor del rock de aquí y de allí, desde Jorge Martínez a los "Napalm Death".
Cuarenta años después, 15.000 noches en el redondeo del jefe, Salgado está satisfecho: "Cuando abrimos, ni de lejos esperaba que iba a dedicarme toda la vida a esto. Me gusta la gente, me gusta tomar una copa y me gusta la música. Trabajar en lo que te gusta es una de las mejores cosas que hay en la vida. No tener jefes también es un gran placer".
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