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Oviedo, una ciudad que crece en verde: roza ya los 3 millones de metros cuadrados de parques y bosques

El nuevo Plan General obligará a incrementar las zonas de esparcimiento en un momento en el que la capital asturiana ya supera las recomendaciones de la OMS

Oviedo, una ciudad que crece en verde: roza ya los 3 millones de metros cuadrados de parques y bosques

A.D.

Oviedo es una ciudad que se mide en verde. No es solo una cuestión estética o de orgullo local; son las cifras las que dictan la magnitud de una infraestructura natural que hoy se presenta más ambiciosa que nunca. La capital del Principado gestiona una superficie de 2,78 millones de metros cuadrados de zonas verdes, una extensión que para el ojo humano es difícil de abarcar, pero que los técnicos municipales traducen en una comparativa imbatible: 400 campos de fútbol como el Carlos Tartiere. El número no tiene límite. El nuevo Plan General de Ordenación –en fase de contratación– obligará a que todas las nuevas urbanizaciones tengan zonas de esparcimiento para sus vecinos. Entre los barrios que crecen, Las Campas, La Corredoria y Montecerrao.

Oviedo mira el ejemplo de Vitoria. La La ciudad vasca puso en marcha a finales del pasado siglo una estrategia para enlazar los parques periurbanos que tienen un alto valor ecológico y paisajístico creando un anillo verde que también se diseñará con el Plan General uniendo los grandes parques y favorezca la transición entre la trama urbana y el entorno rural. Todo mientras Oviedo ya supera las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud de que una ciudad como la carbayona debe de tener 10 metros cuadrados de zonas verdes por habitante. La cifra ya va por los 12,2 metros cuadrados y creciendo.

Para que este inmenso tapiz no pierda su esplendor, el Ayuntamiento ha blindado un contrato de mantenimiento de 24 millones de euros por cuatro años. Son seis millones anuales destinados a que un ejército de operarios mantenga en «estado de revista» desde los jardines más céntricos hasta las praderías periurbanas. Un despliegue que incluye siegas, podas, cuidados de parterres y la gestión de un arbolado que es, en sí mismo, un patrimonio histórico. La estrategia es clara: elevar la calidad del servicio mediante tecnología y ahorro hídrico.

El Campo

Cualquier desglose de la riqueza natural ovetense debe nacer obligatoriamente en el Campo San Francisco. Conocido popularmente como «El Campo», este jardín de 90.000 metros cuadrados (con 55.000 metros de zona verde pura) es el kilómetro cero del bienestar local. Su historia se remonta a 1534, cuando se unificaron las huertas del antiguo convento de San Francisco –se ubicada donde ahora está la Junta General del Principado– para el uso público, y hoy es considerado el verdadero Jardín Botánico de la ciudad.

Bajo la sombra de sus 951 ejemplares de árboles, algunos de los cuales superan los 300 años y los 40 metros de altura, conviven especies que parecen traídas de un catálogo de expediciones: robles, castaños de indias, cedros, magnolios y tilos. Es el refugio de los pavos reales que se crían en libertad y el escenario de los paseos de generaciones de ovetenses que encuentran en el estanque de los patos un remanso de paz frente al bullicio de la calle Uría, la principal arteras de Oviedo.

Si descendemos a la escala de los grandes parques, el título de «gigante» se lo lleva el Parque Purificación Tomás. Situado en la finca Monte Alto, bajo la mirada del Naranco, sus 213.667 metros cuadrados lo convierten en el más extenso. Es un espacio de raíces sociales —homenaje a la histórica concejala socialista— y de pasado remoto, pues se asienta sobre un antiguo castro prerromano. Con su vivero de 200.000 plantas y sus instalaciones de Disc-Golf, es el pulmón que conecta los barrios de La Florida y Vallobín con la naturaleza más salvaje. En el extremo sur, el Parque de Invierno (171.368 metros cuadrados) ejerce de contrapunto perfecto. Es el balcón hacia la Sierra del Aramo y el punto de partida de la ruta de Fuso de la Reina. Su reciente ampliación, que integró los terrenos del antiguo ferrocarril Vasco-Asturiano, ha sumado 40.224 metros cuadrados más, creando una zona de descanso boscosa y rescatando el túnel ferroviario para el deporte. Es aquí donde la «Vaca Biológica» de Cuco Suárez vigila a los jóvenes que utilizan el rocódromo y el skatepark, en una mezcla de vanguardia artística y esparcimiento.

Barrios verdes

El despliegue verde no olvida los núcleos residenciales. El Parque del Oeste, con sus 82.032 metros cuadrados, es el orgullo de los vecinos de La Argañosa y Olivares. Sus sauces llorones y su fuente escalonada —pieza que el Ayuntamiento busca revitalizar— son el escenario del Martes de Campo.

Pero si hay un espacio con alma, ese es El Campillín. Aunque de menor tamaño, su importancia estratégica es vital como puerta de entrada al casco histórico. Es el parque de los mercadillos y los encuentros fortuitos, un jardín que ha sabido resistir el paso del tiempo manteniendo su esencia de plaza pública arbolada. A él se suman joyas como La Rodriga, un jardín escondido de trazado romántico, o el parque de Santullano, que actúa como barrera natural frente a la entrada de la autopista, dignificando el entorno de la joya del Prerrománico.

Naranco y deporte

Para el ovetense deportista, el nombre sagrado es la Pista Finlandesa. Incluida en el gran contrato de mantenimiento, este trazado de cinco kilómetros que serpentea por la ladera del Naranco conforma junto al Purificación Tomás un eje de 400.000 metros cuadrados de esparcimiento. Es el gimnasio natural de la ciudad, donde los corredores comparten camino con caminantes que buscan las mejores vistas de la capital.

Y presidiendo todo, el Monte Naranco. El «centinela» de Oviedo no es solo un destino turístico por Santa María del Naranco y San Miguel de Lillo; es una sierra de 6 kilómetros con bosques de castaños, robles y acebos. Sus senderos ocultan trincheras de la Guerra Civil y búnkeres en el Pico Paisano, recordatorios de que la naturaleza en Oviedo siempre ha estado ligada a la historia.

La joya del Fulminato

Sin embargo, la noticia que hoy marca la agenda es la inminente reapertura del bosque del Fulminato. Este espacio de 81.000 metros cuadrados en La Manjoya es la última pieza de esta transformación. Lo que en 1866 fue una fábrica de pólvora, este verano será un jardín botánico de vanguardia.

El concejal de Planeamiento, Nacho Cuesta, ha supervisado una intervención que ha supuesto la plantación de 202 árboles autóctonos (abedules, hayas, robles) para sustituir especies invasoras. El proyecto ha rescatado los restos de las edificaciones fabriles para crear una laguna permanente con lirios y juncos, y ha instalado mobiliario sostenible de plástico reciclado. «Se trata de unir de manera armónica la trama urbana con el entorno natural», explica Cuesta. Con una inversión que forma parte del Plan de Sostenibilidad Turística, el Fulminato es el primer paso de un proyecto aún mayor. El horizonte de Oviedo no se detiene en la inauguración de un parque. El Ayuntamiento tiene sobre la mesa un plan de renaturalización de 3,5 millones de euros que aspira a financiación europea.

Oviedo, con sus 400 campos de fútbol verdes, ha dejado de entender sus parques como adornos. Hoy son infraestructuras críticas, defensas contra el cambio climático y espacios de salud pública. Del Campo San Francisco a las trincheras del Naranco, y desde la Pista Finlandesa hasta la laguna de La Manjoya, la capital asturiana se prepara para ser, más que nunca, la ciudad donde el asfalto siempre termina pidiendo perdón al bosque.

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