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Paraíso capital

Marco Martínez ilumina lo pequeño

La escuela del guitarrista ovetense celebra el Día Internacional del Jazz reivindicando la belleza de los espacios íntimos y la música compartida

Por la izquierda, Marco Martínez y sus alumnos Sergio Camacho, Isabel Rodríguez y Gonzalo Ramírez.

Por la izquierda, Marco Martínez y sus alumnos Sergio Camacho, Isabel Rodríguez y Gonzalo Ramírez. / Vasilii Bobylev

Gonzalo García-Conde

Gonzalo García-Conde

Corría el año 2011 cuando el genial pianista Herbie Hankock, leyenda incontestable de la música contemporánea y Embajador de la UNESCO para el Diálogo Intercultural, convenció a esta organización dependiente de Naciones Unidas de la necesidad de proclamar un Día Internacional del Jazz. Por sus valores en favor del diálogo entre culturas, la diversidad y como herramienta educativa y de paz, virtudes, todas ellas, que son marca característica de este género que alcanza a todas las músicas, las tradiciones y los folclores. Ya se cumple el decimoquinto aniversario desde que el 30 de abril fuese la fecha fijada para conmemorar esta fiesta, y desde entonces se celebra con alegría en infinidad de ciudades y pueblos de todo el mundo. En teatros, en clubs, en la calle.

Desde luego, hay muchas formas de celebrar este día. Se puede pensar que la manera ideal sea viendo al quinteto de Wynton Marsalis en el Carnegie Hall de Nueva York o en un pasacalles de Nueva Orleans al más puro estilo del Mardi Gras. Pero a veces la grandeza reside en los lugares más pequeños y en las cosas sencillas. Yo tuve la inmensa suerte de pasarlo en la Escuela de Música de Marco Martínez, un nuevo espacio que el guitarrista ovetense ha abierto en la calle Francisco Bances Candamo, muy cerquita del Carlos Tartiere. Martínez, titulado por el Conservatorio Superior de Música del Principado de Asturias y por el Centro Superior de Música del País Vasco – Musikene, creador del Taller de Improvisación de Siero y embarcado en mil aventuras musicales propias y ajenas, es un pilar de la escena local. Con su escuela ha puesto en marcha una aventura valiente en una ciudad que estuvo décadas huérfana de jazz. Pero lo que me encontré allí no pudo ser más estimulante. Un espacio acogedor, con luz tenue, decorado con telas y alfombras en tonos cálidos. Lámparas con pantallas de flecos, sofás, una nevera vintage… Como el salón de un hogar feliz. No me costó nada imaginarme a mí mismo allí disfrutando plácidamente de una tarde de domingo en pareja teniendo como banda sonora de fondo el clásico de Etta James «A Sunday kind of love».

Lo que Marco tenía previsto el jueves era un concierto de sus alumnos. Adultos de todas las edades que quieren perseguir su sueño de tocar y cantar la música que les apasiona. Que no tienen miedo de perseguir su fantasía de participar en las canciones que de verdad les gustan. Lo contrario a un conservatorio. Un refugio donde, a cantar y a tocar, se aprende cantando y tocando desde el primer día. Sólo disfrutar. Sin miedos, sin corsés.

De esta manera, frente a cuatro decenas de personas, la velada empezó con los discípulos de canto de Lara Hoevenaar, último fichaje de la escuela: Ruth, que interpretó a Gershwin, y Marco, Leo y Vere, que cantaron temas de los Beatles. Una proeza audaz, teniendo en cuenta que era la primera vez que se exponían al público. Después, los combos que han ido formando los alumnos más veteranos de Marco. Guti, Chus y Alejandro, que interpretaron "Tennessee Waltz" y "Everyday i have the blues". Isabel, Sergio, Gonzalo y Miguel, que revisaron "I get along without you very well" y "Everything happens to me". Haydee, Guti, Hugo y Gonzalo, que versionaron "Para machucar meu corasao" y "Isn`t she lovely". Todo con el apoyo en escena de Martínez, que sentaba la base rítmica desde el bajo eléctrico. Los que estábamos allí quisimos que la cosa terminase con Marco y Lara sobre el escenario improvisando el cásico "Skylark", que popularizaron Ella Firzerald y Aretha Franklin entra tantas otras divas. Qué belleza. Los unos convertidos en el público de los otros. Aplausos a raudales. Una energía limpia, intensa. Puro amor por el jazz.

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