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Cuatro miradas para dibujar La Vega del siglo XXII: así será la pugna por diseñar un proyecto histórico para Oviedo

El diálogo con la historia de Moneo, la apertura y paisaje de Kuma, la apuesta por la memoria de Portela y la visión sobre la movilidad de Busquets prometen un concurso de ideas del máximo nivel

Arriba, a la izquierda, Kengo Kuma y el Estadio Nacional de Tokio que diseñó para los Juegos Olímpicos de 2020; a la derecha, Joan Busquets y una vista de la ciudad vieja de Barcelona cuya reordenación dirigió en los 80; abajo, a la izquierda, César Portela y el Museo del Mar de Vigo que diseñó; a la derecha Rafael Moneo y el Museo Nacional de Arte Romano de Mérida que lleva su sello.

Arriba, a la izquierda, Kengo Kuma y el Estadio Nacional de Tokio que diseñó para los Juegos Olímpicos de 2020; a la derecha, Joan Busquets y una vista de la ciudad vieja de Barcelona cuya reordenación dirigió en los 80; abajo, a la izquierda, César Portela y el Museo del Mar de Vigo que diseñó; a la derecha Rafael Moneo y el Museo Nacional de Arte Romano de Mérida que lleva su sello.

Lucas Blanco

Lucas Blanco

La Vega vuelve a colocar a Oviedo en disposición de escribir uno de los capítulos más importantes de su historia más reciente. La recuperación e integración en la ciudad de los más de 120.000 metros cuadrados de la antigua fábrica de armas ya era, por sí sola, una operación de enorme trascendencia urbanística, patrimonial y simbólica. A ello se suma ahora el hecho de que los estudios de arquitectos como Rafael Moneo, Kengo Kuma, César Portela y Joan Busquets hayan mostrado interés en dibujar su futuro multiplica la dimensión de un proyecto que el Ayuntamiento presenta como la gran oportunidad estratégica para las próximas décadas.

No es una actuación cualquiera. La Vega fue monasterio durante siglos y factoría industrial durante trescientos años. Cerrada, vallada y ajena a la vida cotidiana de miles de ovetenses durante más de una década, su reapertura a la ciudad tiene algo de reparación histórica. El recinto ocupa una posición privilegiada, junto al Oviedo antiguo y conectado con barrios que durante años vivieron de espaldas a este enorme vacío urbano. La pregunta ya no es si La Vega debe transformarse, sino cómo.

Y ahí aparecen cuatro nombres que explican por qué este concurso de ideas ha trascendido el marco local. Rafael Moneo llega como una institución en sí misma. Premio Pritzker y Premio Princesa de Asturias de las Artes, el arquitecto navarro ha construido una carrera basada en una arquitectura sobria, monumental y profundamente respetuosa con el contexto. Obras como el Museo Nacional de Arte Romano de Mérida, la ampliación del Museo del Prado o la remodelación de Atocha resumen bien su manera de intervenir: edificios que dialogan con la historia sin caer en la nostalgia. En una ciudad como Oviedo, donde patrimonio e identidad pesan tanto, su visión sugiere una transformación contenida, elegante y de vocación duradera.

Si Moneo representa la solidez de la gran tradición arquitectónica europea, Kengo Kuma aporta otra sensibilidad. El japonés, autor del Estadio Nacional de Tokio para los Juegos Olímpicos y de proyectos como el Centro de Arte Moderna Gulbenkian de Lisboa, ha construido su prestigio internacional a partir de una arquitectura ligera, permeable y orgánica. Sus edificios buscan diluir fronteras entre naturaleza, espacio público y construcción. La madera, la transparencia y la escala humana son señas de identidad de un creador que podría imaginar una Vega mucho más abierta, verde y porosa, quizás menos monumental y más conectada con el peatón y el paisaje urbano.

En el caso de César Portela, este juega en Oviedo con una condición singular: conoce el terreno, el contexto y hasta algunos debates previos. Premio Nacional de Arquitectura, el gallego es autor de obras como el Museo del Mar de Vigo o el faro de Punta Nariga, ejemplos de una arquitectura de fuerte relación con el territorio y sensibilidad paisajística. En Oviedo ya dejó su huella al firmar el plan para la Fábrica de Gas aprobado en 2012. Su presencia introduce una lectura especialmente interesante: la de alguien acostumbrado a intervenir en espacios industriales y a convertir memoria productiva en nueva centralidad urbana.

Completa el cuarteto Joan Busquets, quizá el perfil más claramente urbanista de todos. Figura esencial en la transformación de Barcelona de cara a los Juegos Olímpicos de 1992, el catalán ha trabajado en operaciones urbanas complejas en Europa, América y Asia. Su trayectoria está ligada menos al edificio icónico y más a la reorganización inteligente de ciudad, movilidad, espacio público y mezcla de usos. En un ámbito como La Vega, donde no se trata solo de rehabilitar naves sino de coser tejidos urbanos, redefinir accesos y articular vivienda, zonas verdes, actividad económica y equipamientos, su experiencia parece pertinente.

El concurso avanza ahora hacia su fase decisiva. Según el calendario municipal, una vez acreditada la solvencia técnica y profesional de los cuatro estudios, todos pasarán directamente a la condición de finalistas al no haber sido necesario activar una criba previa. A partir de ahí dispondrán de tres meses para redactar sus propuestas. Mayo, junio y julio serán meses de trabajo silencioso; después, el jurado analizará los proyectos durante el verano para anunciar en septiembre el ganador.

Ese anonimato será una de las claves del proceso. Las propuestas deberán presentarse sin identificación visible para blindar la imparcialidad del jurado, presidido por el concejal de Planeamiento, Nacho Cuesta, y con presencia técnica municipal y del arquitecto Patxi Mangado como miembro externo. Se valorarán criterios como integración patrimonial, ordenación urbanística, movilidad, viabilidad económica, sostenibilidad ambiental y calidad arquitectónica.

El ganador recibirá 40.000 euros, cuantía que se computará además como anticipo del posterior encargo para redactar los documentos urbanísticos definitivos. El concurso repartirá 80.000 euros entre premios y reconocimientos y servirá como antesala de una hoja de ruta más amplia: modificación del planeamiento, plan especial, reparcelación y obras previstas hasta 2028.

Mientras tanto, Oviedo observa. La ciudad lleva décadas imaginando qué hacer con este enclave extraordinario. Ya no se trata solo de recuperar suelo o rehabilitar patrimonio, sino de decidir qué relato urbano quiere escribir para el siglo XXI. Que esa conversación la estén planteando Moneo, Kuma, Portela y Busquets convierte el futuro de La Vega en algo más que un concurso: un reto en el que el vencedor debe ser el interés general.

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