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La historia de uno de los letrados más veteranos de Oviedo: Ramón Fernández-Mijares, alma de tuno y medio siglo con la toga puesta

El abogado celebra este viernes una comida para celebrar los cincuenta años de sus inicios: «Por entonces Oviedo era una aldea judicial y se celebraban juicios con peticiones de pena de muerte»

Ramón Fernández-Mijares.

Ramón Fernández-Mijares. / Luisma Murias / LNE

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Félix Vallina

Félix Vallina

Cuenta el abogado Ramón Fernández-Mijares que cuando se colegió todavía se celebraban juicios con peticiones de pena de muerte y que en Oviedo sólo había seis juzgados: dos de distrito, dos de primera instancia e instrucción, la Audiencia Provincial y la Audiencia Territorial. «Éramos una aldea judicial. Hacía seis meses que había muerto Franco y había menos litigios porque una dictadura es menos litigiosa. De hecho, no había ni Constitución, yo juré los principios fundamentales del Movimiento Nacional», explica. De eso hace hoy exactamente cincuenta años y Fernández-Mijares va a celebrarlo con los suyos con una comida en un conocido restaurante de Oviedo.

El letrado ovetense, el número 1.168 del Colegio de Abogados de Oviedo, echa la vista atrás y casi no reconoce aquella profesión en la que empezó en mayo de 1976. «El colegio se había fundado en 1775 y en dos siglos apenas éramos mil y pico abogados; ahora hay más de seis mil», comenta. Su estreno en sala fue además lejos de la capital, en Belmonte de Miranda, con Luis Riera Posada, años después alcalde de Oviedo, sentado en la parte contraria. «Era un compañero magnífico y muy gracioso, siempre tenía un chiste preparado», recuerda entre risas.

Aquella justicia poco tenía que ver con la actual. Fernández-Mijares recuerda que algunos acusados podían ser juzgados varias veces por el mismo asunto. «Con temas de drogas llegabas a tener tres procedimientos distintos: el penal, el de peligrosidad social, que dependía de un juzgado de La Coruña, y el de contrabando», explica. También conserva en la memoria pequeñas costumbres de otra época, como «la astilla», algo que hoy es impensable. «Las copias de las sentencias se hacían en papel cebolla y había que darle cien pesetas al funcionario para que te las entregara. Estaba institucionalizado; cobraban muy poco», señala.

Un niño de Oviedo

Nacido en Oviedo en 1952, «el año en que quitaron la cartilla de racionamiento», Fernández-Mijares vino al mundo «a la sombra de la catedral», en casa de sus abuelos, en la entonces Travesía de San Isidoro, la actual Máximo y Fromestano. Sus abuelos regentaban La Nueva del Pasaje, una conocida tienda de la calle Pelayo que durante la guerra fue ultramarinos y después se especializó en juguetes y figuras de nacimiento. Es el mayor de doce hermanos, todavía se emociona al recordar a Amaya, fallecida en 1988 en un accidente de moto cuando acudía al Festival del Oricio de Bañugues.

Estudió primero en las Ursulinas y después en los Dominicos, bajando cada mañana la calle Oscura camino de clase. Empezó Derecho en 1969 y siendo universitario se integró en la tuna, una experiencia que marcaría para siempre su vida. «La música y la abogacía fueron mis dos grandes pasiones», asegura. Colgó la capa en México en 1979, pero nunca dejó la música. Llegó a reunir más de un centenar de instrumentos en casa y montó incluso un pequeño grupo con antiguos tunos para interpretar piezas clásicas y música sudamericana en el mítico Sport. «Aquello tenía una actividad musical tremenda», rememora.

Buena parte de aquella colección acabó años después en Grandas de Salime, donada a la asociación Os Pampirolos tras la muerte de su hijo Antonio en 2015. «No tenía ganas de tocar», admite. Antonio, abogado como él, llegó a ser secretario del consejo de administración del Real Oviedo y falleció con sólo 29 años. Su otro hijo, Ramón, dirige actualmente ALSA en Casablanca.

Larga carrera

Fernández-Mijares empezó llevando asuntos relacionados con accidentes de tráfico, muy influido por el trabajo de su padre en el mundo de los seguros. Más tarde llegaron los casos penales, especialmente vinculados al narcotráfico, gracias en parte al turno de oficio. También fue abogado de Bankinter durante dos décadas y terminó especializándose en Derecho Concursal y suspensiones de pagos. En medio siglo de profesión acumuló asuntos que todavía recuerda al detalle: desde el crimen cometido a las puertas del hospital por «un tema de faldas» hasta la explosión de Luanco, en la que murieron once personas y quedaron varios edificios arrasados. «Conseguimos que se pagaran todas las indemnizaciones», destaca.

Su trayectoria le valió la Cruz de San Raimundo de Peñafort, concedida por el Ministerio de Justicia en plena pandemia, y su ingreso en la Real Academia Asturiana de Jurisprudencia y Legislación. A esa lista suma ahora un nuevo reconocimiento: acaba de ser nombrado socio de honor de la Sociedad Protectora de La Balesquida, una distinción que se hará oficial el próximo 18 de mayo en el teatro Filarmónica, durante el pregón que pronunciará Leopoldo Tolivar.

Aunque hace un año anunció que colgaba la toga, Fernández-Mijares sigue muy ligado a los despachos familiares. El de Oviedo lo dirige su hermano Pelayo y el de Las Palmas, Pablo. Su mujer, Marta de Nicolás, con la que se casó en La Habana en 2004 y que durante años llevó la oficina de Gijón, ya está jubilada. Él, mientras tanto, reparte el tiempo entre Oviedo y Fuerteventura, los libros, los paseos y la música, esa pasión que todavía hoy considera «su gran vicio». Porque después de cincuenta años de profesión, Ramón Fernández-Mijares sigue hablando de la abogacía con el mismo entusiasmo con el que aquel joven letrado cruzó por primera vez la puerta de los juzgados de Belmonte de Miranda.

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