El armario de «Hombres G»
Una defensa sentimental del grupo madrileño

"Hombres G", durante un concierto en el año 2003. / ANDREU DALMAU
Me sucedió durante un viaje en coche con mi compañero Fernando Rodríguez, fotógrafo y erudito musical. Hablamos sobre nuestros respectivos grupos favoritos: le señalé mi inclinación británica («Oasis», «Blur»…), además de iconos como los «Rolling Stones», «U2» o «Kiss».
En un momento dado, la conversación se adentró en la escena española, para mí secundaria: un poco de Sabina, un poco de Serrat… Nada del otro mundo. Pero había una banda de la que me daba cierto apuro confesar mi adhesión, sobre todo ante un paladar fino como el de mi colega. No obstante, lo hice. Eso sí, con la boca pequeña, como pidiendo perdón: «Y ‘Hombres G’ la verdad es que me molan…». Entonces «Rodri», catedrático del ‘indie’, lo dijo: «Sí, claro, tienen temazos chulos». Suspiré aliviado, como quien sale por fin del armario.
En ambientes culturetas, «Hombres G» siempre ha sido un grupo despreciado. A pesar de que procedían de un barrio madrileño normal y corriente como el Parque de las Avenidas, en los años 80 fueron tachados de pijos (y de hacer música para pijos) y apartados del canon de la Movida, un fenómeno lleno de personajes de origen bastante más elitista y adinerado.
Los prescriptores del «underground» nacional no perdonaron a «Hombres G» su éxito masivo entre los (sobre todo las) adolescentes. Tampoco les perdonaron vestir de vaqueros, zapatillas y camiseta; no les perdonaron sus canciones sobre ligar con chicas y salir de fiesta (en lugar de letras sombrías y atormentadas); y, como ha dicho el propio David Summers, no les perdonaron no ser gays en una escena dominada por la ambigüedad y la androginia. Y eso que, si se trataba de enseñar carnets de pureza, en sus orígenes ellos habían bebido del «punk» británico tanto o más que cualquier teclista gótico de Malasaña. Pero «Hombres G» eran cuatro tíos blancos y heteros que solo querían pasárselo bien.
Y David, Dani, Rafa y Javi nos lo han hecho pasar muy bien a muchos, como muestra su documental autobiográfico «Los mejores años de nuestra vida», que acaba de estrenarse. No es su primera película: mis hermanos y yo aún citamos de memoria los diálogos de «Sufre mamón» (1985), inspirada en sus primeros años. Sufrimiento había mucho, sin duda: yo sufría viendo sufrir a David por el puteo al que le sometía la chica de la peli (interpretada por su entonces esposa, Marta Madruga, de la que yo también estaba enamorado). Un día me crucé con Summers en Madrid y le solté: «David Summers, campeón de futbolín», una de sus frases en la cinta. Se giró y me sonrió.
El de «Hombres G» fue el último concierto al que asistí en Oviedo antes de irme a estudiar a Pamplona. Fue en las fiestas de San Mateo de 2003, en la plaza de Toros. El grupo no había estado en la ciudad desde que en 1987 se cancelara su actuación en la plaza de la Catedral cuando un grupo de punkis empezó a arrojar al escenario todo tipo de objetos, incluyendo una bolsa llena de pis. «Lo siento, nos tenemos que ir porque unos hijos de puta nos están jodiendo», lamentó Summers. Dieciséis años después, el cantante se reencontró con el exultante público de la capital: «Hacía demasiado tiempo que no estábamos en Oviedo». Justo detrás de mí, uno de sus más acérrimos fans, el periodista Pedro Martín, celebró muy satisfecho el retorno de sus ídolos: «¡Los punkis, a Villabonaaaaaa!».
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