Historia de una industria centenaria abandonada
La fábrica de Oviedo pionera en dar empleo a las mujeres: "Ver esos terrenos ahora da pena, tienen que dar vida»
La intención del Ayuntamiento de optar a la subasta de los terrenos del complejo fabril genera ilusión entre trabajadores jubilados de la locería

Vista aérea de la fábrica de loza de San Claudio, de los años sesenta
La antigua fábrica de loza de San Claudio presenta hoy un estado de mayor devastación, ruina y abandono que en plena Guerra Civil, cuando tras 15 meses en zona republicana y muy cerca de la primera línea del frente en Sograndio, apenas sufrió desperfectos graves. La intención del Ayuntamiento de Oviedo de optar a la subasta del antiguo complejo por parte de la Agencia Tributaria, si no concurre antes una empresa interesada, ha devuelto una cierta esperanza a un pueblo que durante más de un siglo tuvo en la locería su motor industrial y el mayor yacimiento de empleo para sus vecinos. «Cuando vemos ahora la fábrica de San Claudio nos da mucha pena, a ver si vuelve a dar vida», coincide un grupo de la antigua plantilla, en su mayoría mujeres, que llegó a tener más de seiscientas nóminas.
Los extrabajadores atesoran multitud de anécdotas. De las visitas por sorpresa de Carmen Polo, la mujer de Franco que llegó a contar con modelo propio de vajilla, al chófer de un antiguo director de la fábrica que entre los trabajadores de San Claudio era conocido como el hijo del mariscal yugoslavo Tito, o el plante de varias empleadas, en los tiempos del sindicato vertical, para poder trabajar en pantalones «porque eran mucho más cómodos que las faldas». Más de cien años de historia dan para eso y sobre todo para lijar, cocer, decorar y pintar millones de platos, tazas, soperas y bandejas que hicieron de esta firma una de las más prestigiosas en el mundo de las vajillas finas y artesanas antes de la desaparición de su planta matriz, en 2009.

Por la izquierda, José Luis Sánchez, Hortensia y Pepita León y Chelito Rodríguez, que formaron parte de la plantilla de la fábrica de loza de San Claudio. / J. A. A.
El Ayuntamiento de Oviedo se plantea optar a la subasta del antiguo complejo fabril de San Claudio justo cuando se cumplen 125 años, el próximo 22 de junio, de la fundación de la sociedad Senén María Ceñal y Compañía, formada por diez socios que se repartían las 54 participaciones, a 12.500 pesetas cada una (cantidad equivalente a 75,12 euros). El objeto de la sociedad era abrir una fábrica de loza en Huerta de Abajo, en un San Claudio eminentemente rural donde existía desde 1896 una tejera mecánica, La Cerámica Asturiana S. A., que ya contaba con cien empleados. La existencia de terrenos para extraer barros y el paso del ferrocarril que unía Trubia con Oviedo desde 1883 convertía San Claudio en un enclave apetecido para las empresas del sector cerámico, según apunta el geógrafo trubieco Manuel Antonio Huerta en «La memoria industrial de Oviedo». Los socios fundadores, los hermanos Ramón, Esteban y Senén María Ceñal, Policarpo Herrero, Manuel Caicoya, José Suárez Valle, Ramón Blanco Quesada, Pedro González-Quirós y Graíño y Gerardo Berjano y Escolar recibieron luz verde del consistorio ovetense en septiembre de 1901 para levantar una factoría que supuso una inversión de un millón de pesetas de entonces (seis mil euros), un dinero que dio para construir diez pabellones y un sótano. La primera locería de San Claudio arrancaba su producción veinte meses después, en junio de 1903, con una plantilla que en esos primeros años de vida rondaba los 150 trabajadores, una producción anual de cien mil piezas y un buen hacer que le valió la Medalla de Oro de la Exposición de Buenos Aires de 1910. Pero llegó la Primera Guerra Mundial y la crisis para lograr materia prima así que la Sociedad Senén María Ceñal & Cía acabó vendiendo el complejo fabril al empresario trubieco José Fuente y Díaz-Estébanez en 1.875.000 pesetas de 1920 (cantidad equivalente a unos 11.270 euros). De la sociedad formada por los hermanos José y Guillermo Fuente Díaz-Estábanez con Marcelino Fernández Suárez y Fernando Fernández-Ladreda nace Fábrica de loza de San Claudio, que vive una etapa de esplendor con una plantilla que llega a los 300 trabajadores en esa primera década, en la que tiene como directores a Fernández- Ladreda (1922-1925) y a Guillermo Fuente Díaz-Estébanez, que muere muy joven, a los 37 años de edad, en la madrugada del día de Navidad de 1926.

Estado de abandono que presenta la fábrica de la loza y la parcela del complejo fabril. / L. B.
La fábrica de loza ovetense pasó del vapor a la electrificación e incorporó nuevas técnicas. Todo un referente de la industria nacional, visitado por el general Miguel Primo de Rivera en 1925, cuando estaba al frente del Gobierno, y décadas más tarde por la ovetense Carmen Polo, la «primera dama» durante la dictadura franquista.
La Fábrica de loza de San Claudio afrontaría un nuevo proceso de modernización en la segunda mitad del siglo XX, con la instalación de dos hornos Kerabedarf, importados de Alemania. Con Luis Fumanal, director entre 1952 y 1989, llegó a contar con más de seiscientas personas en plantilla, en su gran mayoría mujeres. José Luis Sánchez, conocido entre buena parte de sus compañeros y vecinos como «el pintor», no olvida la fecha de su incorporación. «Entré en la Fábrica el uno de mayo de 1951, había una nevada tremenda, yo venía de Gijón y no conocía la nieve», cuenta el autor de buena parte de la decoración que ha dado prestigio y calidad a la loza de San Claudio. «¡Todo a mano, eh!», avisa. «En el libro de la exposición que organizó el Museo de Bellas Artes sobre la Fábrica de San Claudio hay varios platos míos», detalla Sánchez de sus trabajos con motivos de flores y paisaje para vajillas, jarrones y bandejas de porcelana. «También me encargaron una vajilla de paisajes asturianos, para vender en unos grandes almacenes». A sus 95 años cumplidos tiene buena memoria, recuerda con todo lujo de detalles cuando «Carmen Polo entró de incógnito en la Fábrica, venía de comer de Campiello, en Tineo, y entró rodeada de requetés».
En la dilatada etapa de Fumanal al frente de San Claudio se incorporó a la plantilla Hortensia León, concretamente en febrero de 1966. «Empecé recogiendo la loza espicada o medio rota para juntarla y ponerle pegatinas, eran platos que no valían para nada, se llamaban de tercera; luego me pusieron en una mesa a decorar platos que ya salían a la venta. Estuve muchos años decorando y luego 15 de encargada. Fumanal venía y me pedía que hiciera cosas nuevas para decorar», cuenta Hortensia León que, nacida en San Pedro de Nora, iba a diario en tren desde Trubia hasta que decidió ser una vecina más de San Claudio, como su hermana, María Josefa, quien entró en la fábrica dos años después.
«Yo estaba en el barro, me dedicaba a lijar los platos, las tazas, ponía asas a las cafeteras, a las jarras y a las soperas y limpiaba las piezas para meterlas al horno a cocer. Luego cuando trajeron la primera máquina para lijar me encargaba de meter y sacar los platos, uno a uno. Cuando había visitas a la fábrica siempre llegaban hasta la máquina donde estaba Pepita para ver como metía y sacaba platos sin parar», explica la propia María Josefa León. «Metía 800 docenas de platos al día», apostilla su hermana. Nada menos que cerca de diez mil piezas diarias. Luego ya pasó al almacén: «A tirar de carros, carretillas y palés. Me tocaba servir los pedidos para El Corte Inglés, que eran grandes», añade Pepita, que no duda un ápice al recordar de manera positiva aquel tajo duro en una plantilla donde las mujeres eran mayoría absoluta. «Teníamos trabajo, teníamos un sueldo y, por lo tanto, una libertad», destaca Pepita León, desde los ochenta años que pone su DNI.

Una de las primeras piezas de San Claudio, de 1903, un plato con la alegoría de la "Huida de Egipto" / LNE
Chelito Rodriguez Fernández entró en la Fábrica hacia 1968. «Trabajé cuarenta años, seis meses, tres días y seis horas, pero no fue una condena, todo lo contrario, fue mi salvación, tenía dos neñes», reconoce Chelito, que aprendió de Hortensia León a decorar. «Y sacó adelante a las dos hijas ella sola, con su trabajo», abunda Pepita León de su compañera en unos años en los que «el divorcio era un tabú para una mujer» y aún mucho más difícil para una madre de familia. Chelito trabajó en la mufla, «un horno que daba vueltas y tenías que meter la obra y sacar la cesta, tenías que sacar todo el material que venía cocido, colocarlo y luego tirar por todo el palé cuando estaba completo, a lo mejor había mil piezas o dos mil en cada uno». Era cuando, recuerda Chelito Rodríguez, venía una mujer, Artemia, con una burro desde La Venta, en El Escamplero, con la comida que recogía en las casas de los obreros. «No había dinero para comer todos los días en el bar y tampoco bares bastantes en San Claudio para atender a todo el personal de la fábrica. Cada obrero tenía una piedra para sentarse a comer. Artemia esperaba a que acabasen para cargar las potas en las alforjas de burro y volver a La Venta», argumentan las compañeras, que vivieron los últimos años de producción, crisis y cierre, con huelga general incluida que paralizó San Claudio antes de la liquidación definitiva en 2009 de una planta fabril centenaria.

Plato de la serie Carmen, de las vajillas de 1942 diseñadas para la esposa de Francisco Franco / LNE
«Dejar escapar la fábrica de loza de San Claudio fue un error en el que se metió la política de por medio», sentencia José Manuel Suárez Díaz-Estebánez, de 96 años, que nunca trabajó en la fábrica pero nació y se crió a solo unos centenares de metros y guarda en su ordenador personal documentos y fotos sobre la historia y vicisitudes de la fábrica. Todo un archivo con cientos de apuntes y datos que le gusta comentar con las vecinas y vecinos que sí desarrollaron su vida profesional en la locería. Los cinco, José Manuel Suárez, José Luis Sánchez, Hortensia y Pepita León y Chelito Rodríguez coinciden en una valoración en la que pesa mucho lo emocional y el arraigo a San Claudio: «Da mucha pena ver ahora en qué ha quedado la antigua fábrica».
Alguna de las trabajadoras ni quiere acercarse para comprobar el deterioro, casi dieciséis años después, que ha ido en aumento, con incendios y asaltos incluidos. «Yo no he vuelto por allí», revela Hortensia León. Pero la intención del equipo de gobierno municipal de concurrir a una nueva subasta de la Agencia Tributaria, anunciada por el teniente de alcalde, Ignacio Cuesta, en el pleno del Ayuntamiento, ha devuelto una cierta ilusión a los trabajadores jubilados de la locería.

Plata de la vajilla "Ciudad de Oviedo", que el Ayuntamiento encargó para la boda real. / NACHO OREJAS
La empresa entró en concurso de acreedores en 2007, hubo un convenio, que se incumplió, y entró en liquidación en 2009. En plena crisis económica no hubo ningún postor, hubo algun contacto con el Ayuntamiento, pero no fructificó y la deuda sobre los terrenos acabó en la Agencia Trinbutaria, que hizo una primera subasta en 2014, que resultó desierta. El precio de salida de la segu nsda subasta será de 1,8 millo nes de euros.«Estos terrenos lo que tienen que dar es vida, en lo que sea: para un parque, para que se instalen empresas», plantea Hortensia León, un deseo compartido por los que fueron sus compañeras y compañero de tajo. «Hace falta que San Claudio se mueva un poco, que está muerto del todo. SanClaudio se ha vuelto dormilón nada más, pero hubo un tiempo en el que el reloj de la fábrica de loza sonaba tres veces seguidas: a las siete y media de la mañana, a las ocho menos cinco y a las ocho en punto para entrar a trabajar. Había un trasiego tremendo», recuerda Chelito Rodríguez.
«Los trenes de Trubia llegaban cargados de gente hasta el techo», aseguran las antiguas obreras de la locería. Venían trabajadores de Teverga, Proaza, Las Caldas, Las Regueras. «La fábrica dio mucha vida y dinero a San Claudio y muchos pueblos más de toda la zona», aseguran. Un trajín y un actividad que les gustaría volver a ver, en vez de los escombros y la ruina que rodea al que fue mucho más que su centro de trabajo, «nuestra vida durante cuarenta años».
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