Tolivar pide «cuidar» el Campo San Francisco y unidad en la Balesquida
El pregón abre los actos del Martes de Campo en el Filarmónica, donde la Protectora nombra socio de honor al abogado Ramón Fernández-Mijares

Leopoldo Tolivar abre la entrada de los participantes en el pregón de la Balesquida, que tuvo lugar en el Teatro Filarmónica / Irma Collín
El presidente de la Real Academia Asturiana de Jurisprudencia y bisnieto de Clarín abogó por un Martes de Campo «sin divorcio» entre la Cofradía y la sociedad protectora en su pregón de la fiesta local de Oviedo, que tuvo lugar este lunes en el Teatro Filarmónica. Leopoldo Tolivar Alas, bisnieto de Clarín, apeló a la emotividad y a sus recuerdos familiares de esta fiesta local, hizo un guiño a la Inteligencia Artificial (IA) y deslizó dos mensajes de calado: uno al Ayuntamiento, para que cuide el Campo San Francisco; el otro para superar el actual «desencuentro» entre la Cofradía de la Balesquida y la sociedad protectora, entidades clave, subrayó, en la historia «pluricentenaria» de esta fiesta.
«Desde muy niño amo a esta fiesta tan antigua y enraizada en el vecindario de la ciudad», reveló el catedrático de Derecho Administrativo en el arranque de un pregón, un encargo que aceptó encantado cuando, según relató, el expresidente del Oviedo y colega en la Universidad, Manuel Lafuente, le comunicó «una bomba tan inesperada contra la que tampoco tenía refugio ni parapeto». Tolivar aludió al cariño de su familia por la ciudad: «Solo tengo un abuelo ovetense, aunque los demás también vivieron en la capital y la quisieron», detalló el presidente de la Real Academia Asturiana de Jurisprudencia y exconcejal y exportavoz municipal del PSOE, en una referencia en la que, sin nombrarlo ,recordó a su abuelo materno, Leopoldo García-Alas, ex rector de la Universidad de Oviedo fusilado durante la Guerra Civil, hijo del escritor Leopoldo Alas «Clarín», el creador de «La Regenta».

Leopoldo Tolivar durante la lectura del pregón / Irma Collín
No faltaron las vivencias del pregonero de una fiesta estrechamente ligada a los años de adolescencia y juventud. De ahí, admitió, «la decepción cada vez que la lluvia visitaba Oviedo para aguar el consumo placentero sobre la hierba del bollo y el vino», o los Martes de Campo que se perdió «por la mili, los estudios fuera de Asturias y mis destinos como funcionario». Metido en confidencias de pregón, Tolivar desveló su impericia al intentar amasar y hornear su propio bollo preñao, que resultó «un producto incomible, se abrió por la mitad y el chorizo apareció aparte como si se le hubiera dado un Estatuto de Autonomía».
El catedrático de Derecho Administrativo puso su foco sobre el escenario por excelencia del Martes de Campo, «nuestro venerado, pero no siempre mimado Campo de San Francisco» y aprovechó para hacer un recordatorio. Tolivar destacó que el acuerdo de 1534 entre el Cabildo catedralicio y el ayuntamiento para convertirlo en espacio público de disfrute de la ciudad «es uno de los primeros convenios urbanísticos que se conocen, por cierto lleno de virtudes y generosidad», a la par que recordó al Consistorio «la obligación perpetua de cuidar este espacio de uso común (...) por encima de otros intereses económicos o empresariales, por respetables que estos sean». El pregonero no desaprovechó la oportunidad de hacer una llamada a la unidad entre la Cofradía de la Balesquida y la Sociedad Protectora, entidades envueltas en «desencuentros que, por desgracia, no son inhabituales en la ciudad de Oviedo». Contó que «siente tanto como el que más el actual divorcio» entre ambas entidades porque «no puedo entender a un tutelado sin tutor, ni a un tutor sin tutelado» y apeló «no solo a la Virgen de la Esperanza, sino al sentido común y a la renuncia de personalismos tan lastrantes» para restablecer una relación que se remonta al siglo XIII.
Los tiempos han cambiado tanto que Tolivar dio lectura en su pregón a un texto generado por inteligencia artificial del que se deduce que «nuestra fiesta no es desconocida para la IA, carece de fronteras físicas». El pregonero terminó deseando «a todos el mayor disfrute y salud para el martes y , también, salud para el Campo que nos acogerá un año más».

Asistentes al acto del pregón, en el patio de butacas del Filarmónica. / Irma Collín
Presencia de la Corporación
El acto del pregón reunió en el Filarmónica a varios miembros de la corporación como la concejal de Deportes, Conchita Méndez; y los portavoces del PSOE, Carlos Fernández Llaneza y de Vox, Sonsoles Peralta,entre otros. La puesta de largo delMartes de Campo de 2026, conducida por Marcos García, también incluyó el nombramiento de Ramón Fernández-Mijares como socio de honor de la Sociedad Protectora, tras ser glosado por Willy Pola, directivo de entidad. Fernández Mijares realizó un prolijo repaso a las fiestas que su familia promovió en el Palacio de Biedes (Las Regueras) cada Martes de Campo «siempre con mucha músicos, de muy distintas nacionalidades», una tradición que, dijo, se interrumpió en 2020, por la pandemia. Fernández-Mijares, abogado ya retirado de la práctica profesional, también animó a superar el distanciamiento entre la Cofradía, de la que es miembro desde 1953, cuando contaba solo unos meses de vida, y la Protectora de la Balesquida.

José Antonio Alonso (a la derecha) entrega una reproducción de la capilla de la Balesquida al abogado Ramón Fernández-Mijares / Irma Collín
El último discurso correspondió al presidente de la Sociedad Protectora, José Antonio Alonso, quien destacó que «cada vez más jóvenes se acercan a la sociedad y participan en nuestras tradiciones». Alonso señaló que el objetivo de la Protectora, fundada en 1930, «es mantener vivo el fuego del martes de Campo y entregarlo más fuerte a las siguientes generaciones». La actuación de la Schola Cantorum de Grado, dirigida por David Calado Coronas, puso el broche musical al pregón de la Balesquida en el Filarmónica.
A continuación, se reproduce el texto íntegro del pregón de Leopoldo Tolivar Alas:
Pregón de La Balesquida 2026
Faltaría, y no poco, a la verdad si no reconociera lo mucho que me ha halagado esta elección para pregonar las fiestas de La Balesquida. Y aunque sea la cortesía habitual agradecer a quienes han propuesto y aprobado que yo esté hoy aquí, no quiero dejar de expresar públicamente esa gratitud. No son muchos los méritos que acumulo para esta distinción tan sentida y tan vinculada al pueblo de Oviedo y a su Martes de Campo, pero si es cierto que, desde muy niño, amo a esta fiesta local tan antigua y enraizada en el vecindario de la ciudad, del concejo y ya de tantos asturianos que se acercan en estas fechas a compartir la alegría de los que aquí vivimos habitualmente. Cuando mi amigo Manuel Lafuente me llamó para tomar un café, pensé que íbamos a conversar sobre cuestiones de arte o, por supuesto, de nuestro maltrecho Real Oviedo. Por eso fue una bomba inesperada contra la que tampoco tenía refugio ni parapeto. Porque decir que no a tal honor entraría en un ejercicio de cinismo o quizá de masoquismo. Y aquí me tienen en las tablas de este teatro donde nunca actúe, ni como artista, por descontado, ni siquiera como figurante, lo que sí tengo hecho de niño, en el Campoamor, en temporadas de ópera. Mi único recuerdo del que alguna foto queda, al menos en las hemerotecas, es nada menos que de hace cuarenta años, cuando el claustro universitario presidido entonces por don Alberto Marcos Vallaure, debatió y aprobó aquí los primeros estatutos de la democracia. Yo era secretario general de la institución y recuerdo con bastante nitidez algunas intervenciones, la liturgia, el escenario y las votaciones. Salió bien la cosa, pero sin el ambiente alegre y feliz que detecto en todos ustedes, desde esta altura que me corresponde aún menos que los estrados universitarios, donde llevo casi toda mi vida.
Tampoco y es una confesión en absoluto secreta, que, aunque soy asturiano por los cuatro costados, mucho más incluso de los ocho apellidos que se han vuelto famosos en otras latitudes por la cinematografía, sin embargo, solo tengo un abuelo ovetense, aunque los demás también vivieron en la capital y la quisieron. Y yo, por mi parte, me siento muy orgulloso de tener a otros pueblos y villas del Principado en mi genealogía.
Mis vínculos con La Balesquida son bien antiguos ya que mi padre, nacido en el concejo de Aller, aunque con los años sería nombrado hijo adoptivo de esta ciudad, quiso vincularme desde muy pequeño con la pluricentenaria cofradía y en ella me inscribió con sólo seis años. Comprendan que sienta tanto como el que más el actual divorcio con su sociedad protectora. Quizá por deformación jurídica, no puedo entender a un tutelado sin tutor ni a un tutor sin tutelado. Máxime cuando, sin esa tutela, esa historia que se remonta al siglo XIII, sería justamente eso: historia. Son desencuentros que, por desgracia, no son inhabituales en la ciudad de Oviedo y de ahí que me encomiende no solo la Virgen de la Esperanza y a doña Velasquita, sino al sentido común y a la renuncia de personalismos tan lastrantes.
En mi propia familia hemos convivido cofrades y socios sin que eso supusiera ninguna divergencia y mis recuerdos de tantos años, siempre son unitarios, festivos, alegres y hasta nutritivos. He celebrado el Martes de Campo con mis padres y hermana, de niño y no he dejado de hacerlo de adulto incluso actualmente compartiéndolo, también, con mi propio hijo a quien su abuela materna hizo socio todavía más tempranamente de lo que yo fui registrado como cofrade. Hijo, que hoy no puede estar aquí porque esta es una fiesta local no extrapolable a Madrid, donde trabaja y añora estar aquí. Porque es difícilmente conciliable para los ovetenses de la diáspora, el disfrute local en un día de semana, como es el martes. Día, por cierto, tan dado a refranes y pareados. Pero en este caso el Martes de Campo, de nuestro venerado, pero no siempre mimado, Campo de San Francisco, es un día alejado de temores y supersticiones y, por contrario, una invitación al disfrute y al olvido de los quehaceres y dolores de otras fechas.
El Campo lo frecuenté, sobre todo, en la adolescencia, con compañeros con los que compartía decepción cada vez que la lluvia visitaba Oviedo para aguar el consumo placentero sobre la hierba del bollo y el vino. Cosas de la juventud, cuando paraba un poco de llover buscábamos como creo que es normal aún hoy en día, un mínimo espacio donde pudiéramos creer que el prado estaba seco y nos podríamos sentar. Era habitual, por esas ansias un poco irresponsables de disfrute, levantarnos como nuestros hermanos de Gijón, con el culo moyáu. Pero que nos quiten lo bailado. No olvido, año por año, las fiestas que me perdí de la Balesquida. La mili, los estudios fuera de Asturias y mis destinos como funcionario, me hicieron perder muchas celebraciones y añorarlas desde la lejanía, incluso prosaicamente por mi pasión por el bollu preñáu.
Tanta querencia siento por el bollo, lógicamente desde muy pequeño, porque el vino fue cosa posterior, que me voy a permitir aburrirles con dos anécdotas. Una, que estando mis padres de vacaciones y siendo yo un adolescente, quise en pleno verano, amasar y hornear pan con el embutido reglamentario. La impericia era tal que tras cerca de una hora trabajando la harina y dándole al rodillo, aquello parecía más una mezcla de argamasa destinada a la construcción que a un producto de panadería. Todo ello, después de haber dejado perdida la meseta de la cocina familiar, lo que me supuso, al regreso de mi madre, la consiguiente regañina porque, de haberla por entonces, habría llamado a la UME para arreglar el desaguisado. Y peor fue la experiencia con el horno, tras insertar en aquel engrudo el compango: lo que iba a ser un bollo, se abrió por la mitad y el chorizo apareció aparte como si se le hubiera dado un Estatuto de autonomía. El producto era incomible, aunque intenté no tener que tirar lo que debía ser un alimento. Una experiencia fatal, pero derivada de mi gusto por lo que vamos a consumir el martes de la próxima semana.
La segunda anécdota tiene algún parentesco con la que acabo de resumir y es absolutamente veraz: como todos los niños, tras entregar la palma de Ramos a mi madrina, sabía de la reciprocidad de lo que en Asturias llamamos el bollo y en otras partes la mona. Manjares dulces por lo común. Bien; pues yo, aún con lengua de trapo, pedí que el bollo fuera de chorizo, como el de la Balesquida y, lo que era el amor de tía y madrina, lo consiguió en una conocida confitería de Oviedo con la que tenía un trato amigable y que todavía, cosa rara, sigue abierta al público y frecuento con gratitud de decenios.
Puesto a contar sin pudor cosas personales relacionadas con la fiesta, recuerdo que hace unos años, mi añorado amigo Alberto Polledo, me pidió para La Balesquida un artículo y en él me atreví a imaginar a San Francisco de Asís por las calles de Oviedo dada la vinculación del Campo con el santo italiano. En la ficción, con ribetes reales, quise ver al santo orando incluso en la ya cuatricentenaria iglesia de Santullano. Y, ahora, añado, quiero atreverme desde la humildad de mi pluma y mis conocimientos históricos, a ahondar más en la recreación, dado que la virtuosa y generosa doña Velasquita Giráldez es absolutamente coetánea del compañero de Santa Clara. Eruditos rigurosos ponen muy en duda la veracidad de la tradición, más que leyenda, de que el santo de la Umbría pasara por Asturias, pese a los datos irrefutables en vida y muerte de su compañero de andanzas Fray Pedro compadre, pese a la fundación en vida de los conventos de Oviedo y Avilés y pese a la mantenida transmisión no solo oral de que San Francisco, camino de Compostela, pernoctó en Anleo en el palacio que fuera de los Navia-Osorio. Yo mismo, todavía, escuché muy cerca de allí, en las inmediaciones de Talarén, que, antiguamente, pese a no existir capilla conocida con tal advocación, existía una cierta devoción hacia San Francisco. En Galicia, para algunos, es pecado mortal dudar de que el santo hiciera el Camino de Santiago, pero, en Asturias, ya se sabe que los académicos tenemos mucho de aguafiestas, como la lluvia que, espero, no nos condicione la celebración de la próxima semana. Porque, si llegó a Galicia, no creo que lo hiciera en un Falcon hasta el aeropuerto que ahora se llama de Rosalía de Castro.
Bien le vendría, por cierto, a San Francisco la acogida de nuestra protectora, ya que, aparte de la nutrición, pienso que le sería muy oportuno el trabajo de un buen xastre de la cofradía, porque seguro que, con su austeridad y lo caminado, tendría los hábitos hechos unos zorros.
En fin, en las antiguas huertas de su convento, venimos secularmente celebrando la fiesta por excelencia de nuestra ciudad. No podemos olvidar que, desde el acuerdo de 1534 entre el Cabildo catedralicio y el ayuntamiento, su superficie, o lo que de ella queda, pasó a ser, como es sabido, espacio público para disfrute de la ciudad. Como técnico urbanista, he recordado más de una vez, fuera de Asturias, que es uno de los primeros convenios urbanísticos que se conocen. Por cierto, lleno de virtudes y generosidad, muy lejos de algunos que, aún en el presente, se firman con muchas dudas legales y sospechas de cosas nada edificantes, aunque edificables. Al Consistorio, por tanto, le queda la obligación perpetua de cuidar de este espacio de uso común general de vecinos y visitantes, por encima de otros intereses económicos o empresariales, por respetables que estos sean.
En fin, decía al comienzo de este pregón que, al saber de la encomienda, me vi, como Lope en su soneto, en un aprieto notable. Lo bueno es que, comentándolo con mis personas próximas, alguien con buen sentido del humor, me aconsejó la IA e hizo un simulacro, cuyo resultado, un pelín cursi, les leo. Porque ni tan mal:
¡Oviedo querida!
¡Vecinos, vecinas, ovetenses de corazón y visitantes que hoy ya sois de casa!
Aquí estamos, en La Balesquida, fiesta grande, fiesta nuestra, fiesta de calle, de tradición y de orgullo. Porque si Oviedo es hermosa todo el año… hoy está más guapa que nunca, vestida de historia, de alegría y de esa elegancia que solo tiene esta ciudad.
Dicen que Oviedo es noble, es culta, es señorial… ¡pero también es alegre!
Y cuando llega La Balesquida, la ciudad se convierte en un abrazo: un abrazo de gaitas, de sidra, de amistad y de pasión popular.
Yo, que me declaro nieto —aunque sea por la imaginación— de Clarín, sí, del mismísimo Clarín, el que escribió La Regenta… hoy os digo: si don Leopoldo Alas levantara la cabeza y viera esto, no escribiría una novela… escribiría un pregón entero y se quedaría a la merienda.
Porque esta fiesta no se entiende sin su gente.
Aquí no importa de dónde vengas: hoy todos somos del mismo barrio, del mismo plato, del mismo mantel.
Y también lo digo claro: esta es una ciudad con carácter, con fuerza, con ese espíritu de pasión popular, de los que creen en lo suyo, en lo cercano, en lo auténtico… ¡y con orgullo ovetense, como manda la tradición!
Y ahora, llegamos al momento más esperado…
Porque en Oviedo se podrá discutir de todo:
de historia, de política, de fútbol, de literatura…
¡pero hay una cosa que nadie discute!
Que cuando aparece el bollo preñao…
¡se hace el silencio sagrado!
Ese bollo que no viene vacío, no.
Ese bollo que viene “con alegría dentro”.
Ese bollo que no engaña: pan por fuera… ¡y chorizo con intención por dentro!
Porque aquí, señores y señoras, el bollo no está relleno…
¡está preñao, como Dios manda!
Y eso es Oviedo:
una ciudad que por fuera es preciosa, seria y elegante…
¡pero por dentro está llena de sabor, de vida y de buena gente!
Así que hoy brindemos por La Balesquida, por Oviedo, por su historia, por su hermosura y por su gente trabajadora y festiva.
Que suenen las gaitas, que corra la sidra, que se llenen las plazas…
y que nadie se quede sin su bollo, que eso sería pecado.
¡Viva Oviedo!
¡Viva La Balesquida!
¡Y viva el bollo preñao, patrimonio espiritual de nuestra alegría!
Y ahora…
¡a disfrutar, que pa mañana ya pensaremos!
En fin, ya vemos que nuestra fiesta no es desconocida por la IA, lo cual quiere decir que, en popularidad, carece de fronteras físicas. Esos buenos deseos son los que quiero transmitirles antes de agotarles, reconociendo mi fortuna por ocupar hoy este precioso atril de la fiesta más querida en la ciudad desde hace tantos siglos. Gracias a la Sociedad Protectora y a todos ustedes y termino con una última confesión. Esta suerte se veía venir porque, de forma insólita, en diciembre tocó en mi familia una imponente cesta de Navidad. A mí, que ni en las tómbolas de las barracas, me tocó nunca ni el perro piloto ni la muñeca chochona... En fin, en este Martes de Campo, les deseo a todos el mayor disfrute y salud, para el martes y, también, salud para el Campo que nos acogerá un año más.
Muchas gracias.
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