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Pelayo Fueyo, poeta, publica en Visor "Viaje hacia los huesos": "Estoy atrapado por mi obra, veo cómo se acaba la sustancia gris de los poemas"

Pelayo Fueyo, en una terraza del Antiguo, en Oviedo.

Pelayo Fueyo, en una terraza del Antiguo, en Oviedo. / L.G.

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Lauren García

Lauren García

Oviedo

Pelayo Fueyo se siente cómodo en la conversación, lo que da lugar a que palabras se intercalen como si compusiera un poema y el discurso sea consistente y exponencial, como en alguno de sus ensayos. El poeta asturiano (Gijón, 1967), de larga carrera y reconocimiento asentado, vuelve a las librerías con "Viaje hacia los huesos",(Visor), otra piedra angular en su trayectoria que reza así: "Escribo estas palabras como interrogaciones/ a un lector que me es fiel, para que me confiese/ si mis versos son cantos de sirena que aturden/ al lector". Se trata de la consecución de una intención "sublimando la historia de un muchacho cualquiera".

Hay una tendencia en el poemario a la composición elegiaca.

Hay un tono elegiaco, muy a la manera de Brines o Cernuda, en el recuerdo de los juegos infantiles, las relaciones amorosas y la amistad, pero con una referencia a una introspección metafísica; quiero decir, hay una serie de experiencias trascendentales, cuando no una poética lúdica, desde la perspectiva del uso del lenguaje.

¿Es la poesía el mejor método de revelar la condición humana?

Me interesan, sobre todo los poetas que aúnan imaginación con filosofía; entre mis favoritos se encuentran Pessoa, Eliot y Rilkke. Son poetas a los que, aparte de un conocimiento abstracto de las claves del hombre que habita, se da una perspectiva de introspección de la propia identidad. Yo quisiera ser un continuador de esa poética.

¿El libro es un viaje que finaliza en la llegada a un interior recóndito?

Yo no he sido un viajero, como otros poetas. El "Viaje hacia los huesos", que también lo es a la ciudad, responde a una serie de sensaciones somáticas, psiquícas y de cierta moral. Es cierto que en el trasfondo de los tópicos de la infancia, el amor y la amistad, se vislumbra a veces la iconografía de la muerte. En este sentido, sigo el camino de los poetas del Barroco español, Shakespeare o el mismo Valente.

En breve también se editará "El libro de Geni" (Bajamar), dedicado a su madre, una obra más cercana.

Ya le dediqué varios poemas. Es protectora y compañera con un cariño y complicidad especiales, y fueron surgiendo varios poemas simbolistas, intimistas, de forma sencilla y emotiva. Surgieron así, con el enfoque de varios temas, sin perder esa aura de ternura. He de decir que como mi poesía no es muy anecdótica se ambienta en Oviedo y Gijón, donde tengo la familia y recuerdo las vueltas por el Muro, jugar en la plaza del Piles. También Candás y Luanco. Son 20 poemas muy depurados y agradables que se leen con sencillez.

¿Qué observaciones realiza acerca de su poesía?

Mi poesía se plantea como una dialéctica, desde el primer libro se plantea el espejo y los otros; no soy poeta social aunque haga poetas amigos. Aparte de esa dialéctica siempre tuve interés en hacer una poética. Hay un libro desaparecido que se llamaba "Elogio del pez luna", era una contestación a "La tierra baldía" de Eliot. Porque Eliot, Rilke o Pessoa fueron referentes. Quería hacer un libro unitario de fuerte sentido metafísico. Ahora estoy atrapado por mi obra. Veo cómo se acaba la sustancia gris de los poemas, me cuesta encontrar enfoques, mis temas son limitados y el enfoque me lleva a la brevedad. Quiero tener el poema y las imágenes dominadas; no podría hacer otra poesía.

¿Otros tótems poéticos?

Blas de Otero es un poeta que no me cansa; tiene una estética muy esencial. Lo prefiero a Ángel González o a Gil de Biedma. Hay tres tipos de poetas, como decía Pessoa: el ingenioso busca la idea de lo concreto y provoca grandes emociones, el poeta de talento que escribe con emoción y el genial que juega con abstracciones como Yeats. Dylan Thomas y sus alegorías me gustan mucho con su imaginario y sus visiones. También hay poetas franceses que me son muy cercanos como Valéry o Mallarmé.

¿Con qué otra etiqueta se identifica, aparte de la del simbolismo?

Aparte del simbolismo, me considero un poeta maldito. Sensorialmente tengo que tener una intuición, una carga sentimental fuerte, sentir sensorialmente algo primitivo.

¿Alguna espina clavada?

Me hubiera gustado hacer algo a nivel profesoral, un poco como Passolini, con interacción de las artes.. Pero mi salud me lo impidió. Me vino de las películas que me llevaron a la lectura, luego vino la perspectiva.

¿Compañeros de viaje en Asturias?

Xuan es un buen amigo. Gran poeta en un asturiano literario, Esther Prieto, Lourdes Älvarez , Berta Piñán. Con Piquero tengo muchas cosas en común, es descarnado pero muy psicológico, descarnado e incisivo. También Martín López Vega, Rosario Neira con "No somos ángeles", María Fernández Abril... Jose Luis García Martín es una especie de busto parlante, me ayudó mucho al principio; es incansable como intelectual y viajero.

¿Y de otras tradiciones?

Gimferrer me gusta mucho, y Leopoldo María Panero. La poesía de la experiencia tiene buenas antologías con poetas como Aurora Luque, Marzal, Vicente Gallego y Felipe Benítez Reyes, el que más me gusta. Dante, Milton o Shakespeare son palabras mayores.

¿Qué le resta por publicar?

Estoy contento con lo que hice. Me gustaría publicar unos poemas de cuando estuve muy jodido. Luego está un libro con una gran traducción de Lluis XWabel Álvarez. Me gustaría hacer algo poético con el teatro. Me gustaría que no se confundiera mi obra con mi vida y que no se me prejuzgara.

¿Una definición de la poesía?

La poesía es una forma de conocimiento imaginario que ahonda en la experiencia, anulando la historia, revelando el mito y que desde la emoción provoca belleza. Un poema es un microcosmos.

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