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Álex Grijelmo, periodista y escritor: «El anonimato es un negocio para los dueños de las redes sociales»

«Se ha perdido la información de servicio al ciudadano, aunque no tanto en la prensa local: hay mucha gente indefensa y sería fácil para los periodistas intervenir, denunciar, pero no lo hacemos»

Álex Grijelmo

Álex Grijelmo / LNE

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Elena Fernández-Pello

Elena Fernández-Pello

Álex Grijelmo redactó el «Libro de estilo» del diario «El País», presidió la Agencia Efe, promovió la creación de la Fundeo –la Fundación del Español Urgente de la Real Academia de la Lengua–. Es escritor y, ante todo, periodista y maestro de varias generaciones de periodistas. Mañana estará en Oviedo , invitado por la Cátedra Emilio Alarcos Llorach, para presentar, a las 19.00 horas en el Aula Magna del edificio histórico de la Universidad, su último ensayo «La perversión del anonimato». El periodista de LA NUEVA ESPAÑA Chus Neira lo presentará.

¿Dónde reside esa perversión a la que alude el título de su ensayo?

En el fin que se persiga. El anonimato puede ser bueno si se busca causar un bien; pero perverso si se pretende un mal. Todos entendemos la ocultación del nombre verdadero de un agente que se infiltra en una organización terrorista o en una banda de narcotraficantes, porque lo hace en beneficio de una sociedad democrática. Pero no podemos tolerar el anonimato de quien solamente pretende hacer daño: difamar, calumniar, acosar, mentir, suplantar a alguien, difundir el racismo, la xenofobia, el odio... Ese anonimato hay que combatirlo. Y no se hace.

El anonimato abona las redes sociales. ¿Ha encontrado allí su espacio natural?

El anonimato es un negocio para los dueños de las redes sociales, porque favorece la trifulca, la discusión, la polarización. Eso produce más tráfico, da relevancia al foro del que se trate. Además, el anonimato permite enmascarar a millones de robots (o bots) que alguien maneja, no sabemos quién, y que tienen la apariencia de personas. Eso propicia que acaben dando a su vez una apariencia de opinión pública. A veces se lee una frase cruel en una red social, un ataque desmesurado, un delito. Y nos enfadamos, y algunos responden a esa provocación... Pero ¿cómo sabemos si eso lo ha escrito realmente una persona? Los bots están adiestrados incluso para pelearse entre sí; pero luego, ante una orden concreta, se dirigen todos como un enjambre para machacar a una persona real.

Anónimas son las denuncias de las que se nutren iniciativas ciudadanas como la plataforma de la periodista Cristina Fallarás para visibilizar las violencias machistas. ¿Qué legitimidad tienen acciones como esa?

Dedico en el libro muchas páginas a las denuncias anónimas. Una denuncia anónima no es válida si no se ha verificado; y no se debe difundir sin haber comprobado antes su veracidad. La policía no puede comunicar sin más una denuncia anónima, debe investigarla y llegar a una conclusión; y después llevará los hechos a un juez o a una nota oficial, pero en ese momento ya se hace responsable de lo que esa denuncia diga. Lo mismo pasa con los periodistas: puedes recibir un chivatazo anónimo, pero si lo difundes el responsable de esa noticia eres tú. Y no puedes escudarte asimismo en el anonimato y no firmar la noticia. Siempre ha de haber un responsable: quien escribe o quien dirige el medio. Por eso debemos distinguir entre fuentes anónimas y fuentes confidenciales. En el caso de una fuente anónima, el periodista no sabe quién le está contando algo, sea desde un número oculto o con una nota sin firma. En el caso de una fuente confidencial, el redactor sí sabe quién le cuenta eso, pero se compromete a no decir sus datos. En los dos casos, finalmente hay que comprobar la información. Y eso, por supuesto, no está pasando en las redes.

El anonimato protege a las víctimas, ¿está bien articulado ese derecho? ¿Y a los presuntos delincuentes? ¿En esos casos, su aplicación efectiva no es más arbitraria?

Hace ya muchos años que establecimos en el Libro de estilo de «El País» una protección para las víctimas de una violación o de unos malos tratos de su pareja o expareja. Si la persona atacada ha sobrevivido, no publicamos su nombre para no añadir daño a quien ha sufrido tanto. Y si ha fallecido, conviene hablar con la familia antes de difundir sus datos. La identidad de personas denunciadas o detenidas es más compleja, y depende del hecho imputado, de que se trate de una fuente débil o fuerte y de quién es la persona acusada (tienen menor protección los cargos políticos, pero mucha protección las personas sin relevancia pública).

Contraseñas e identidades pueden quedar expuestas si son «hackeadas». ¿El anonimato no será algo ficticio? ¿Una convención que puede quebrarse fácilmente?

En efecto. Hay quien defiende el anonimato de los activistas políticos que viven en dictaduras. De acuerdo, lo entiendo. Me extiendo sobre eso en el libro. Pero si una dictadura desea saber la identidad real de alguien que escribe en una red social, lo acabará consiguiendo por mucho que se crea a salvo con el anonimato.

Anonimato y extremismos, ¿favorece la polarización política y social?

Sin duda. La sensación general de impunidad es siempre peligrosísima. El anonimato está detrás de algunos de nuestros grandes males: las estafas por internet; el ascenso de la ultraderecha, aupada a menudo por bulos de origen anónimo; los ataques a jóvenes que aún no han formado su personalidad y son tremendamente vulnerables, lo que ha provocado el incremento de las depresiones, de los suicidios en ese segmento de la población, de la caída de la autoestima, del fracaso escolar. Todo eso difícilmente habría ocurrido sin esa ocultación.

¿Alguna vez ha recurrido al anonimato? ¿O se ha visto expuesto a ataques anónimos?

Todo lo que he hecho lleva mi nombre y mi firma. Incluso en la Universidad de Navarra, durante el franquismo, un grupo de estudiantes publicábamos una revista clandestina, ilegal, ¡en la que firmábamos con nuestros nombres! Entre ellos, su excompañero Pedro Pablo Alonso. A mí me costó que me echaran de la universidad; y me fui a seguir la carrera en la Complutense. En fin, eran otros tiempos. Y sí, he sufrido ataques anónimos en distintas ocasiones. Y también suplantaciones. Hay cuentas en las redes sociales con mi nombre, pero son falsas. Hace años, alguien que firmaba «Álex Grijelmo», y ponía mi foto, daba consejos sobre gramática. Estaban bien, pero de repente podía decir una estupidez en mi nombre. Y en cualquier caso, no era yo. Una compañera del periódico avisó a los responsables de la plataforma y no hicieron nada. Mis hermanas y un amigo empezaron a escribir en esa cuenta para denunciar la suplantación, y el suplantador se cambió a «Axel Grijelmo» pero mantuvo mi foto.

Y en otro orden de cosas, ¿cuál es la mayor urgencia de la lengua española en este momento?

Que los jóvenes lean buena literatura. La lectura es la cantera de las ideas, de la riqueza de vocabulario; aumenta la capacidad de argumentar y de concentración. Y permite vivir otras vidas, lo cual incrementa la empatía con los demás seres humanos. La falta de lecturas hace a las personas menos tolerantes y más manipulables.

¿Y de la lengua española en la prensa y los medios de comunicación?

La mayor urgencia es recuperar las tareas de corrección y edición, que han quedado abandonadas. Es decir, los controles de calidad. Pueden ser tareas preventivas, con la intervención en el producto antes de que se publique; o formativas, con explicaciones posteriores sobre los fallos cometidos. Cualquiera puede equivocarse, pero no debería ocurrir que un mismo periodista incurra en el mismo error todos los días. Y esto abarca los fallos de lengua y también las irresponsabilidades profesionales.

Y sobre la prensa, ¿qué futuro le augura en la próxima década?

No soy nada optimista. Por ejemplo, está retrocediendo la división entre los géneros periodísticos como garantía para el lector, de modo que este sepa ante qué grado de presencia del «yo» del autor se encuentra en cada caso: presencia ínfima en la noticia, solo descriptiva en el reportaje, contenida en la crónica, argumentada en el análisis, libre en la opinión...; se elaboran más noticias con menos gente; pierde influencia el papel, y eso significa que se va perdiendo la jerarquización de las informaciones; proliferan los sujetos institucionales en los titulares, que muchísimas veces cuentan obviedades... Y se ha perdido la información de servicio al ciudadano, aunque no tanto en la prensa local. No puedo entender que en la prensa no haya secciones fijas sobre consumo; es decir, sobre las estafas y las desconsideraciones para con los usuarios: las tomaduras de pelo a los consumidores en los bancos, en las compañías de seguros, en las empresas eléctricas..., el pésimo funcionamiento de la atención telefónica al cliente. Hay mucha gente indefensa y sería fácil para los periodistas intervenir, denunciar, informar, pero no lo hacemos. n

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