Fallece el arquitecto José Rivas Rico, autor de la fuente de plaza de América, la ampliación del teatro Campoamor y El Asturcón
Sus colegas y familiares destacan la inteligencia, generosidad y calidad humana de Rivas Rico, quien combinó su labor arquitectónica con otras facetas artísticas y creativas

José Manuel Rivas Rico. / MIKI LOPEZ
El sector de la arquitectura está de luto. José Manuel Rivas Rico falleció este viernes tras una enfermedad dejando como legado numerosos proyectos en la capital asturiana. Sus manos trazaron la fuente de la plaza de América, el centro ecuestre de El Asturcón y la ampliación del Teatro Campoamor. También participó en la dirección de obra del Auditorio Príncipe Felipe. «Era un hombre inteligente, culto, servicial y, ante todo, bueno. Era una persona buena de verdad, de los que ayudan sin esperar nada a cambio, de los que dejan huella sin proponérselo, de los que hacen mejor la vida de quienes tienen alrededor simplemente siendo quienes son». Así lo define su hija, Elena Rivas, quien también remarcó que era el «mejor amigo del mundo, el mejor padre, marido y consejero».
Rivas contaba que lo nacieron en Jerez de la Frontera (Cádiz). Su madre Dolores era gata —era madrileña de siempre— y su padre nació en Córdoba pero de ascendencia catalana y vasca. Con tan solo siete años ya dibujaba a Popeye y al Pato Donald. Una situación que provocó que sus padres le impusieran una educación artística que empezó de la mano del pintor Enrique Hernández. Dominó el óleo, el pastel, el carboncillo y la acuarela. Podía estar todo el día dibujando. Estudió con los marianistas y de joven se dedicó al flamenco.
Se casó con la que fue su novia desde los trece años, Pilar Fatou, con quien tuvo dos hijos: Elena y Daniel. Estudió arquitectura en Madrid desde 1962 hasta 1965 y después también se formó en Sevilla. «Cuando nos casamos mi mujer me dijo: o acabas la carrera o me divorcio», contó en una entrevista con LA NUEVA ESPAÑA. Le hizo caso. Finalizó la carrera en 1974 y afirmaba que se había decantado por esta licenciatura porque solo había un Dalí y un Picasso; aunque le gustaba la vida del artista. En la época de los 70 decía que sentó la cabeza. Dejó el flamenco, las caricaturas y las últimas tertulias. «Decir que Pepe Rivas era arquitecto es cierto, pero profundamente insuficiente. Era también pintor, poeta, lector incansable, conversador brillante y, sobre todo, un hombre bueno», recuerda su compañero de profesión y su amigo Jesús Álvarez Arango.
La familia se trasladó a vivir a Oviedo en 1975. De aquella la región vivía una muy boyante. Era la segunda región de España en Producto Interior Bruto (PIB) y se instalaron en un piso en la calle Marqués de Teverga. Aquí dejó una gran huella. Una de sus primeras obras fue el edificio de oficinas Tudela-Veguín, ubicado en el número 25 de la calle Argüelles. El diseño data de 1980. Pasaron doce años hasta que llegó otro de los grandes diseños: la fuente de la plaza de América. Esa en la que se bañaron hace un año los carbayones para celebrar el ascenso del Real Oviedo a Primera División y acogió los festejos detrás de cada éxito de Fernando Alonso en la Fórmula 1. Le siguió el acondicionamiento de la plaza que rodea a la fuente de Foncalada en 1995 y un año después trazó la reconversión del antiguo Casino de Trubia en un centro social y cuya rehabilitación costó alrededor de 150 millones de pesetas. La crónicas de la época recogen el deseo del entonces alcalde, Gabino de Lorenzo, de que esta obra signifique el resurgir de la villa cañonera.
También populosa fue la inauguración de la capilla de San Emeterio, en Santo Medero, en 1998 y redactó los proyectos de restauración para San Miguel de Lillo y Santa María del Naranco de finales de siglo. De forma paralela, diseñó el centro ecuestre de El Asturcón (1999) y ya con el nuevo siglo se puso al frente de la ampliación de la caja escénica del Teatro Campoamor para acoger los montajes de la ópera y la zarzuela.
En el plano personal era una persona «generosa, simpática, atenta, cercana, conversador elocuente y brillante». «Podías empezar hablando de cualquier cosa y terminar riendo, aprendiendo o viendo la vida desde otra perspectiva. Sabías de todo y sabía escuchar. Siempre estaba dispuesto a tender la mano», ensalzó su hija. De igual forma, Álvarez Arango subrayó su «generosidad intelectual». «Le gustaba compartir ideas, discutir sin agresividad, disentir con elegancia. Nunca utilizó la cultura como una forma de distancia, sino como un puente hacia los demás. Pepe además de construir edificios, construía conversaciones, vínculos y memoria».
El arquitecto fue despedido este sábado en la intimidad familiar en el tanatorio Puente Nora. En la esquela dejó escrita su despedida: «Hasta que volvamos a encontrarnos, un abrazo muy fuerte».
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