El padre Valdés, tras el último reconocimiento en Oviedo: "No sé si me hacen Hijo Adoptivo por méritos propios o porque la gente es buena conmigo"
"En mis equipos siempre dije que nadie iba a vivir del hockey, que lo importante era que se formasen, porque su profesión iba a ser otra"

El Padre Valdés. / Irma Collín / LNE
Jorge Novo
Fray José Luis Álvarez Valdés, popularmente conocido como Padre Valdés (Figaredo, 1936), ha sido distinguido como Hijo Adpotivo de Oviedo. El sacerdote y profesor dominico fue uno de los impulsores del hockey sobre patines asturiano y presume de haber formado a centenares de jugadores, muchos de ellos de éxito. Ese dominico ha dedicado su vida al sacerdocio, a la enseñanza en los colegios de su orden y al deporte, donde llegó a manejar hasta quince equipos federados.
Usted predica que los reconocimientos hay que hacerlos en vida. ¿Esperaba esta distinción?
No me lo esperaba, fue totalmente imprevisto. Fue una proposición que movieron algunos de mis exalumnos y amigos. Lo recibo con una gran satisfacción, aunque confieso que no sé si me hacen Hijo Adoptivo por méritos propios o porque la gente es buena conmigo. Conozco al alcalde porque venía puntualmente a mis clases de refuerzo, pero no era alumno mío. Cuando era presidente del Centro Asturiano me nombró oficialmente capellán del club, aunque la verdad es que lo único que hago es dar misa el día de la fiesta.
¿Qué significado tiene Oviedo en su vida?
Para mí Oviedo es algo muy importante en mi vida, claramente. Yo me considero oriundo de Congostinas, pero en Oviedo he estado mucho más tiempo. Siempre cuento que el Monasterio de Corias es el sitio donde más lloré en mi vida, porque me mandaron allí con 13 años y nunca había salido del pueblo. Al llegar a Oviedo ya no lloré, tenía 26 años y era mi primer destino, estaba ilusionado.
¿Qué importancia tiene lo que usted denomina "educar para ocupar el tiempo libre" en la formación de los jóvenes?
Es algo fundamental. Tú puedes tener una vida muy organizada, pero es igual de importante saber a qué dedicar el tiempo libre. Lo puedes ocupar dignamente con una actividad que te haga feliz y que además sea sana, o ocuparlo en irte de litrona. El deportista tiene que cuidarse, ser disciplinado y, sobre todo, tiene que ser buen compañero. Mi objetivo era inculcarles valores y enseñarles a invertir su tiempo libre en algo que les hiciese felices. Yo siempre les repetí que del hockey no iban a vivir, que lo realmente importante es que se formasen, porque su profesión iba a ser otra. Recuerdo que una vez estaba con mi superior del colegio observando por la ventana a dos alumnos que eran hermanos mientras jugaban en el patio. Él me dijo: "Ese chaval, tanto patinaje tanto patinaje, pero ha repetido tres cursos", y yo le contesté: "Precisamente, ese es el que no practica deporte, el que patina es el otro hermano, que es un estudiante ejemplar". El deporte y el estudio no solo no están reñidos entre sí, sino que se complementan.
Comienza con el equipo de hockey del colegio en 1963. ¿Fueron difíciles los inicios?
En aquella época, el hockey era un deporte minoritario, pero ya se conocía algo. En Oviedo ya estaba el Club Patín Cibeles, el equipo del Colegio Loyola y nosotros, el Santo Domingo. Cuando llegué al colegio estaban poniendo la pista de patinaje. Pero sí fue difícil, porque teníamos muy pocos recursos. Cuando llegamos a la fase nacional en el año 1967, que se celebraba en Barcelona, tuvimos que ir en un taxi y en un Seat 850 y acampamos en un camping a la altura de Zaragoza. Ese año conseguimos algo impensable, quedamos subcampeones de España cuando todos los grandes equipos estaban en Cataluña y uno de nuestros jugadores, Juan Alberto, fue convocado por la selección, convirtiéndose en el primer jugador internacional no catalán. También recuerdo que decidimos llevar una equipación azulgrana porque ningún otro equipo la llevaba y así no teníamos que hacer varias equipaciones. A pesar de las dificultades, fueron años muy felices.
¿Cuál es el recuerdo que guarda con mayor cariño de sus años en el deporte?
No sabría decirle, pero aquel subcampeonato del año 67 es uno de ellos, seguro. En la temporada anterior habíamos quedado séptimos de ocho participantes. Juan Alberto salió de ese campeonato llorando, porque decía que no sabía patinar. Fue en ese momento cuando me di cuenta de lo técnico que es el hockey, no basta con ser atlético, hay que dominar los patines y el stick. Durante el año siguiente les puse a patinar y recorrieron kilómetros y kilómetros por la pista del colegio. El subcampeonato que conseguimos esa temporada fue fruto de esa constancia y disciplina, nada más. Al llegar allí los equipos catalanes bromeaban con nosotros, decían "ahí viene el peligroso Santo Domingo". Yo les pedí que no nos goleasen, y después de todo llegamos a la final. La perdimos porque los chicos llegaron molidos de los palos que les dieron en las fases anteriores.
¿Qué papel tuvo la cantera del Santo Domingo en los éxitos del Cibeles?
Un papel muy importante. En el año 1969 prohibieron el deporte federado en el colegio y muchos de los jugadores del Santo Domingo pasaron al Cibeles, siendo parte del equipo que subió a División de Honor en el año 1974 y que posteriormente ganó la Copa del Rey y quedó subcampeón de la Recopa de Europa. Viví los éxitos del Cibeles con mucha alegría, porque conocía a la mayoría de jugadores de haberlos entrenado. Además, después del ascenso del Cibeles a la primera categoría el equipo directivo del colegio dijo "hay que volver a traer el deporte al centro", y ahí empezó la segunda etapa del hockey en el Santo Domingo.
¿Siente el cariño de sus antiguos alumnos?
A diario. El otro día celebré mi 90 cumpleaños con muchos de ellos y aún tengo celebraciones pendientes con otros que no pudieron asistir. Algunos de mis antiguos alumnos fueron después profesores en el colegio e incluso el médico que me operó de la cadera fue también alumno mío. Guardo una gran amistad con muchos de ellos. Además, he casado a muchos y bautizado a sus hijos. Yo era muy exigente, especialmente con la ortografía, pero siempre fui muy cercano y estuve disponible para lo que necesitasen. Si exiges racionalmente a tus alumnos, con un sentido, ellos responden. Les intenté inculcar el valor de la constancia y la disciplina tanto en clase como a través del deporte. n
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