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Los 84 años de lucha de Blanca Colunga contra una enfermedad neuromuscular que todavía no tiene nombre y que le deja sin fuerzas: "Llevar un paraguas me pesa mucho"

La ovetense, que se desplaza en silla de ruedas, lleva toda la vida sufriendo anemias: "La patología vino y punto, hay que afrontarlo con la mejor intención"

Blanca Colunga Álvarez

Blanca Colunga Álvarez / LNE

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Adrián Doncel

"La enfermedad vino y punto". Así resume Blanca Colunga Álvarez, ovetense de 84 años, una historia marcada por décadas de incertidumbre médica. Lo que durante años atribuyó a las frecuentes anemias que padecía, acabó revelándose como una enfermedad neuromuscular que hoy le obliga a desplazarse en silla de ruedas. A pesar de haber pasado por numerosas pruebas y consultas en Asturias, Madrid y Barcelona, sigue sin conocer con exactitud que patología padece. Lejos de la resignación, continúa encontrando refugio en la lectura y en las actividades culturales que desarrolla en el centro social del Naranco.

Una vida buscando respuestas

Blanca recuerda que se sentía agotada con frecuencia y que durante años pensó que la explicación estaba en las anemias que sufría de manera recurrente.

No fue hasta los 67 años cuando un médico le comunicó que padecía una enfermedad neuromuscular. Sin embargo, el diagnóstico nunca llegó a concretarse del todo. "Ya la tenía desde antes, pero no lo sabíamos", explica. A partir de entonces comenzó un largo recorrido por consultas y pruebas médicas que la llevó incluso a hospitales de Madrid y Barcelona en busca de respuestas.

Pese a todos los estudios realizados, más de quince años después continúa sin conocer exactamente qué enfermedad está detrás de la pérdida progresiva de fuerza que ha marcado los últimos años de su vida.

Cuando las piernas dejaron de responder

La zona más afectada por su enfermedad son las piernas. Con el paso del tiempo, caminar se convirtió en una tarea cada vez más complicada hasta obligarla a utilizar una silla de ruedas.

La evolución fue lenta, pero constante. Blanca recuerda pequeñas señales cotidianas que hoy identifica como parte de la enfermedad. "Llevar paraguas me pesaba mucho", recuerda. También le ocurría cuando acompañaba a sus nietos al colegio y trataba de cargar con sus pertenencias. Gestos aparentemente sencillos que comenzaron a exigirle un esfuerzo cada vez mayor.

La pérdida de movilidad también le obligó a renunciar a algunas de las actividades que más disfrutaba. "Formaba parte de la Capilla Polifónica y me gustaba mucho cantar, hacíamos muchas zarzuelas. Otra de mis grandes aficiones era caminar", explica. Hoy ninguna de las dos forman parte de su rutina.

Blanca Colunga

Blanca Colunga / Luisma Murias

La lectura, una pasión que permanece

No todo lo que le gustaba desapareció con la enfermedad. Entre las aficiones que conserva destaca una por encima de todas: la lectura.

"Eso es algo que, al menos, no me quitó", comenta con satisfacción. Los libros siguen ocupando una parte importante de su tiempo y también le permiten mantener una intensa actividad cultural.

De forma habitual acude al centro social del Naranco, donde participa en sesiones de lectura teatral junto a otras personas. Aunque dispone de una silla de ruedas eléctrica, durante los meses más fríos prefiere desplazarse en taxi para evitar las dificultades que supone el invierno.

Aceptar la enfermedad sin dejar de vivir

Blanca asegura que nunca sintió abandono por parte de los profesionales sanitarios que la atendieron. Al contrario. "Siempre me atendieron muy bien", afirma. Durante todos estos años encontró apoyo médico y acompañamiento en un proceso complejo que continúa abierto por la falta de un diagnóstico definitivo.

Tampoco cree que la enfermedad haya transformado radicalmente su manera de entender la vida. No hay grandes discursos ni reivindicaciones en su relato. Su visión es mucho más sencilla y directa. "La enfermedad vino y punto", repite.

Con el paso del tiempo aprendió a convivir con las limitaciones y a adaptarse a una realidad distinta a la que imaginaba cuando podía caminar o cantar sobre un escenario. "La fui aceptando poco a poco", resume.

A sus 84 años, Blanca Colunga Álvarez sigue enfrentándose cada día a una enfermedad que aún no tiene nombre. Lo hace con la misma serenidad con la que habla de ella y con la convicción de que, ante situaciones así, "afrontarlo con la mejor intención es lo mejor que se puede hacer".

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