Jorge Freire, filósofo, jurado del Premio "Princesa de Asturas" de Ciencias Sociales: "El cinismo es la peor de las actitudes políticas en las que una sociedad puede caer, porque supone una rendición"

Jorge Freire, en el hotel de La Reconquista de Oviedo. / MIKI LOPEZ

Jorge Freire Gutiérrez, filósofo y ensayista, analiza la sociedad contemporánea con ironía y desde una perspectiva divulgativa, colaborador habitual en prensa y radio. Su último libro publicado es “Los extrañados”. Antes tuvieron gran repercusión con ensayos como “Agitación. Sobre el mal de la impaciencia”, “Hazte quien eres” y “La banalidad del bien”. Se estrena como jurado del Premio “Princesa de Asturias” de Ciencias Sociales, reunido desde hoy en Oviedo.
Las Ciencias Sociales son un ámbito en el que, en la actual tesitura, el debate está más abierto que nunca.
Yo diría que sí, porque vivimos una época marcada por la agitación, por la aceleración. Todos vivimos con una sensación de precipitación y una sensación vertiginosa, y eso hace que se haga más perentorio que nunca la búsqueda no sólo de respuestas, sino fundamentalmente de personas que nos ayuden a interpretar el presente. Lo que ahora llamamos ciencias sociales es una larga tradición que se remonta a Tucídides, que pasa por Tocqueville, que llega a Max Weber, y que de alguna forma trata de interpretar las dinámicas de las sociedades a partir de factores humanos. Es bueno recordar que al final las sociedades las componen personas, y son las personas las que tienen que encontrar las soluciones a las sociedades, y no esperar que estas soluciones vengan mágicamente otorgadas por la tecnología o lo que fuere. Siempre ha sido muy importante lo que ha venido de esta disciplina, pero yo diría que precisamente en nuestra época es todavía más importante.
Las personas tienen que encontrar las soluciones, ¿eso no redunda en un individualismo que ahora, más que nunca, es exacerbado?
El individualismo es uno de los males de nuestro tiempo y eso termina atomizándonos. Los filósofos somos filólogos frustrados, siempre estamos hablando de las etimologías, a mí me gustan mucho, y es muy curioso porque al concepto de individualismo los griegos se referían como “atomocracia”, eso luego se tradujo al latín como individuum, y de ahí vino el concepto de individuo, indiviso, etc. Pero es curioso que lo llamaran “atomocracia” porque precisamente el individuo lo que hace es atomizar las sociedades al punto de que al final terminamos aislados, convertidos en pequeñas islas, hoy conectados en tiempo real y al mismo tiempo cada vez más aislados. Es una paradoja harto notable, que estemos conectados en tiempo real y podamos estar sincronizados absolutamente todo el tiempo, y, sin embargo, nos sintamos cada vez más solos.
¿Las relaciones que se establecen y los sentimientos que se generan son virtuales?
Las relaciones son virtuales, en virtud de esa tecnología que nos facilita ese tipo de relaciones, y los sentimientos y los vínculos que se generan son también virtuales. El diccionario muchas veces nos da las respuestas obvias que habíamos olvidado, y lo virtual por definición es lo contrario de lo real. Eso que en las redes sociales se llama amigos, son en el mejor de los casos contactos. Hay una frase muy paradójica que dejó escrita Aristóteles, que pudiera parecer una boutade: “Oh amigos, no hay amigos”. Nietzsche la recuperó, y le dio un sentido que interpela directamente a los sujetos de la contemporaneidad. Significa que cuando tú tienes tres mil o cinco mil amigos en redes sociales, no tienes amigos. La amistad ha muerto de éxito, al final te vas a encontrar solo. Las relaciones significativas o las amistades que realmente son significativas, son muy pocas, y además por un mecanismo evolutivo que han explicado autores como Robin Dambar. Por una razón evolutiva, hay un número máximo de personas que pueden ser significativas en nuestra existencia. Esto además se remonta a los tiempos de los cazadores, recolectores y tal. Son unos pocos cientos. No puede haber cinco mil personas determinantes en tu existencia. Nos iría bien no abjurando de lo virtual, en absoluto, pero sí discriminando lo real de aquello que no lo es.
¿Qué espacio debe ocupar lo tecnológico en la sociedad contemporánea? ¿Lo virtual, la inteligencia artificial…?
La IA, como cualquier constructo tecnológico, tiene que tener un papel muy preferente siempre y cuando esté al servicio de las personas. Si entendemos que la IA ha venido a facilitar nuestra vida, a que trabajemos de forma más eficiente y a hacer que nuestra existencia sea mejor, pues entonces bienvenida sea. Que no suceda lo contrario, que no seamos nosotros los sometidos a las máquinas. No me cuento entre los optimistas ingenuos que se echan en brazos de cualquier innovación tecnológica so pretexto de que toda disrupción es positiva. Hay muchos ejemplos históricos de disrupciones que han sido malas, pero tampoco caeré jamás en ese catastrofismo tecnológico ludita que hace pensar que la tecnología es nuestra enemiga, por supuesto que no. En cualquier caso, antes de lanzarnos en brazos de la tecnología, incluso asumiendo una retórica redentorista que hoy se ve mucho, en función de la cual la tecnología viene a salvarnos, a redimirnos, convendría hacer una reflexión acerca de esa propia tecnología, dilucidar en qué consiste, qué tiene de positivo y qué no.
La política y en particular los políticos han caído en descrédito. ¿Es posible volver a confiar? ¿Estamos abocados a contemplar los acontecimientos políticos como un espectáculo más?
Seguramente esa sea la tarea más urgente que tenemos ahora mismo como ciudadanos, la recuperación de la confianza. Vuelvo a la etimología, confianza, confidere, significa una fe compartida, y esa fe compartida solo puede darse cuando hay un proyecto colectivo, cuando todos estamos en el mismo barco. Es muy difícil recuperar la confianza en un momento en el que impera el cinismo. El cinismo es la peor de las actitudes políticas porque supone una rendición, supone un encogimiento de hombros, adoptar una mueca socarrona y resabiada ante una realidad que te parece intolerable. Es decir, en lugar de tratar de cambiar aquello que no te gusta, te encoges de hombros y te ríes, como si fueras un adolescente. Los adultos no pueden caer en el cinismo. Recuperar la confianza es muy importante, sobre todo en este tiempo, en que los ciudadanos tendemos a olvidar que vivimos en una democracia representativa y sobre todo deliberativa. Que sea deliberativa quiere decir que esa democracia se cimenta en nuestra capacidad de deliberación.
¿Y eso significa?
Que por mor de la industria del “infoentretenimiento” nos convertimos en espectadores o incluso en una especie de coro griego que reacciona pero no intervine. A eso se le ha llamado la economía de la reacción: reaccionamos a lo que estamos viendo, pero nos olvidamos de que nosotros somos los actores principales, los que tienen que subir al proscenio y hacer el monólogo, no aplaudiendo en el público. Yo recuperaría la faceta más prosaica de la política, la más aburrida si se quiere. La política no es un espectáculo.
Adolescente, ha mencionado. ¿Tendrá algo que ver con esa resistencia a envejecer, tan al alza?
Me halaga mucho cuando me llaman filósofo joven, cuando ya he cumplido 41 castañas. Mejor que te llamen eso que te llamen otra cosa. El concepto joven se ha ido alargando, se ha vuelto elástico y hoy uno es joven hasta que prácticamente peina canas. Hay algo noble en el hecho de que una sociedad quiera cuidarse, mantenerse joven. Tiene una parte positiva, en el sentido de que hay una sociedad muy consciente de su cuerpo, de su contingencia, de una serie de cuidados en los que tiene que someterse. No hay que cargar las tintas contra la sociedad en ese aspecto.
Se extiende una ola global de pesimismo. ¿Se suma a ella?
Yo soy un estoico, más o menos estoico, y eso te protege de caer en brazos de los profetas del apocalipsis que te dicen que el cataclismo está a punto de llegar. Si uno se echa en brazos del catastrofismo no queda más que tumbarse la bartola con las manos detrás de la nuca a ver cómo arde todo. Es constructivo, no tanto el optimismo banal sino la esperanza. Edmund Burke dice que cualquiera puede hacer una crítica destructiva, cualquiera puede abrir un reloj y despanzurrar sus piezas, sus bielas, sus pistones, sus tuerquitas encima de una mesa, pero a ver quién es el guapo que luego lo recompone y hace que funcione. Eso nos debería servir de ejemplo de que cualquiera puede hacer una crítica destructiva y decir que todo está mal, lo que nos falta es precisamente propuestas constructivas y edificantes que nos digan por dónde tirar.
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