Negocios de siempre
La saga centenaria que fundó un confitero leonés en Oviedo y se inspira ahora en París
«Estamos en el mejor momento», afirma Ángela Álvarez, de la tercera generación de La Mallor, con carta en inglés y francés por el gran tirón turístico de la ciudad en los últimos años

J. Aller / I. Collín
La Mallorquina se fundó en el corazón de Oviedo en 1929, pero el iniciador de la saga, el confitero leonés Federico Álvarez Huerga, había llegado años antes para trabajar de jefe de obrador en otra pastelería. Luego montó su propio negocio, primero en la calle Pelayo 13, una confitería que llevaba por nombre el de su creador y contaba con dos de los primeros teléfonos particulares que hubo en la ciudad, los números 18 y 19. Un siglo después, la tercera generación, con Ángela y Javier Álvarez al frente, no duda en innovar con pasteles que son vanguardia en París, pero sin olvidar los gustos tradicionales.

Ángela Álvarez, tercera generación de La Mallor, junto al escaparate, uno de los emblemas de la céntrica pastelería ovetense. A la derecha, el distintivo del Ayuntamiento en reconocimiento como uno de los negocios con historia de Oviedo. / Irma Collín
«Nos gusta ofrecer productos golosos y muy apetecibles», recalca Ángela Álvarez, quien hace tres años, tras la muerte de su padre, retornó de París, donde había trabajado en Condé Nast, una de las firmas más prestigiosas en publicaciones de moda, estilo de vida y viajes, durante treinta años. «Mi hermano se encarga de la gestión y yo hice un poco el relevo de mi madre, referente a la parte de regalo y las formas y novedades de confitería», explica Ángela Álvarez. «Me encanta entrar en el obrador, pero yo no tengo mano. Lo mío es la estética y la forma de los pasteles. Por ejemplo, este es mi favorito de París, lo traje yo», comenta mientras apunta a un Pan Suisse del expositor. «Me gusta aportar al negocio familiar desde mis vivencias en el extranjero», abunda Ángela, que aplica su experiencia profesional de estilista, testada en la capital mundial de la moda al escaparate de La Mallor, emblema de esta confitería ovetense.
Ángela Álvarez relata con la pasión que atesora un negocio familiar el empeño de su abuelo, Federico, en los primeros años del siglo XX. «Era muy emprendedor, tuvo dos confiterías antes de instalarse aquí, en el número 5 de Milicias Nacionales, en abril de 1929. Así que llevamos en el centro de Oviedo más de cien años, pero no con este nombre», especifica la voz femenina de la tercera generación.

Federico Álvarez Huerga, el creador de la saga, con una de sus creaciones pasteleras que recrea la Torre Eiffel. / LUISMA MURIAS
En los archivos de la familia hay unas cuantas fotos del abuelo que revelan su pericia y maestría en la elaboración de pasteles y tartas de unos cuantos pisos de altura. «Después ya tomaron mis padres las riendas», abunda Ángela. Su padre, el segundo Federico Álvarez de la saga familiar, «actualizó toda la parte del salón de té, hizo una cafetería mucho más contemporánea, mientras mi madre, Ángeles Arrieta, se especializó en la parte del regalo y la confitería». La matriarca ve como sus hijos han tomado el relevo mientras el escaparate de la Mallor, que vio acortado años atrás su nombre, luce con todo esplendor para solaz de los llambiones que pasan ante esta confitería, al lado de la calle Uría, como años atrás hizo un tenista de sonrisa y melena generosas, según atestigua una de las fotos que cuelgan del pasillo de entrada. «Mi padre jugó al tenis, tenía mucha amistad con Manolo Galé y por aquí pasaron Rafa Nadal de joven, también Feliciano López o Fernando Berdasco, del mundo del deporte vienen muchos clientes, también diseñadores y alguna que otra celebrity», comenta Ángela Álvarez.

El mostrador de La Mallorquina, con la entrada al antiguo salón de té, a la derecha. / C. F. A.
«Nos vemos en la Mallor». Un comentario, que a fuerza de repetirse entre la clientela «muy fiel que tenemos», ha acabado por ser la nueva denominación de esta céntrica pastelería ovetense, donde en los últimos años se ha hecho notar la llegada de más turistas. «Desde que nos han puesto el AVE y hay tantos vuelos, nos llegan muchos clientes de fuera. Hemos tenido que hacer las cartas en inglés y francés por la presencia cada vez mayor de clientes extranjeros. Asturias está muy promocionada en el extranjero. Hace poco una amiga de París me mandó una foto del Rex, un cine muy grande donde también se hacen muchos eventos, en el que se estaba promocionando Asturias como destino», argumenta Ángela Álvarez: «Estamos en el mejor momento y la campaña que ha hecho el Ayuntamiento para distinguir a los negocios con más historia de Oviedo viene muy bien, es algo mágico», destaca. De ahí que La Mallor ponga su grano de arena, con su participación en la tercera edición de «Oviedo Llambión», que arrancó la pasada semana y se prolongará hasta el próximo 14 de junio, con una creación específica para la ocasión: el Financier de avellana.

Federico Álvarez Huerga (en el centro) da retoques a unos pasteles en presencia de su hijo Federico Álvarez Cuervo (a la derecha ) y un aprendiz, en septiembre de 1958. / C. F. A.
La Mallor ha incorporado en los últimos años nuevas propuestas que se suman a una oferta con pasteles clásicos, los preferidos de los clientes más veteranos de un salón de té que ha vivido tres reformas. «La gente cada vez viaja más, prueba cosas en el extranjero y luego las quiere encontrar aquí, así que se las tenemos que ofrecer», explica Ángela Álvarez. «Nos adaptamos a las tendencias del mercado. Las distintas estaciones del año te ofrecen ciertas frutas y luego hay ingredientes que se ponen de moda como, por ejemplo, el pistacho. Hacemos el chocolate de Dubai, en versión turrón para la campaña de Navidad, pero también lo utilizamos para hacer una tarta vasca, la tarta Lotus o tarta de pistacho. Intentamos dar muchísima variedad para que todo cliente tenga donde elegir», comenta la responsable una pastelería que en Navidades sacan 25 tipos distintos de turrón, y en la Pascua ofrece desde huevo con peluches a montajes específicos de chocolate o, desde hace tres años, una edición especial «que llamamos huevos joya, un poco más especiales».
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