El Madrid, el histórico bar de Oviedo desbordado por su éxito en TikTok, se despide el 31 de julio
La jubilación de José Manuel Rodríguez, hostelero con 41 años de experiencia, pondrá fin a la cocina casera de su mujer, Ana Lobo, en dos meses

José Manuel Rodríguez sirve un par de cervezas en la barra del Madrid. / Luisma Murias
Si no han probado la cocina casera del Bar Madrid, apenas tienen dos meses por delante para hacerlo, porque José Manuel Rodríguez echará la persiana el 31 de julio. «Justo cuando creía que iban a ser unas semanas tranquilas, de vender unos cuantos pinchos y cuatro o cinco menús al día, resulta que tenemos cada vez más trabajo», confiesa este hostelero, que lleva más de cuatro décadas en el ramo, veintisiete de esos años en el número 34 de la Tenderina Alta. Un trajín constante en estos meses previos a la jubilación, en el que tiene mucho que ver el vídeo que colgó una pareja de Ponferrada en TikTok, encantada tras degustar un menú de domingo espectacular por doce euros.
«Abrí aquí el 2 de agosto de 1999 y el primer día que va a estar cerrado será el 1 de agosto de 2026», comenta José Manuel Rodríguez, quien, antes de esta larga etapa, ya había regentado otro bar, el Alban, en La Vega, durante catorce años. En total, cuarenta y un años como autónomo, después de una etapa como asalariado en el Cervantes, otro conocido establecimiento de la calle Jovellanos, cerrado hace ya bastante tiempo, «en el que estuve una temporada de encargado, el peor puesto de todos en la hostelería, porque tienes que dar la cara ante el resto de compañeros, los clientes y los proveedores». Pero esa es otra historia que ya quedó atrás.
Cuando llegó al Bar Madrid empezó pagando una renta de cien mil pesetas al mes, antes de la llegada del euro, aunque el establecimiento ya era un clásico de la Tenderina. «Primero lo llevó un madrileño, que lo puso en marcha y lo tuvo dos años; luego estuvieron al frente Sandalio y su mujer durante treinta años; después, una pareja que solo estuvo dos años, de los que uno permaneció cerrado, antes de esta etapa que ahora toca a su fin», comenta. Sabe que el propietario del bar ya está en conversaciones con posibles interesados, pero poco más. Lo único claro y definitivo, recalca, «es que el 31 de julio echo la persiana por última vez, para siempre. Tengo ganas; es toda una vida en la hostelería, aunque quizá, al cabo de un mes, lo eche de menos».
También se marcha la cocina casera de su mujer, Ana Lobo, uno de los secretos del éxito del Madrid en esta última década. No está dispuesta a revelar las recetas de sus platos de cuchara ni de sus tartas —«todas caseras, eh»—, pero sí comparte la fórmula para contar con una clientela fiel, base de la supervivencia de un negocio familiar mucho antes de que empezara a sonar el teléfono para recibir reservas de procedencias insospechadas por el efecto dominó de un vídeo en redes sociales. «Nosotros mantenemos los precios, con calidad, y el comentario se extiende de boca en boca. Menús de diario a diez euros y domingos y festivos a doce. Aquí no trabajamos la carta: siempre hay menú, para elegir entre dos primeros y dos segundos», resume Ana Lobo. Y la cocina casera se nota en que «mucha gente me hace el mismo comentario: cuando comemos aquí nos sienta bien, es como si comiéramos en casa», añade.
Un cuidado que empieza mucho antes, desde la compra del género en la carnicería. «Cuando me preguntan por qué prefiero una parte a otra para, por ejemplo, preparar una carne guisada, soy muy directa: porque la voy a comer yo». Toda una declaración de intenciones que ha convertido los callos del Madrid en otro de los platos preferidos por la clientela. «Todavía hoy mismo me llamó un habitual para preguntarnos si íbamos a tener callos hasta el final, aunque sea en verano, y le contestamos que sí, claro», desvelan Ana y José Manuel al unísono.
Como el movimiento se demuestra andando, los datos hablan por sí solos. En un bar de apenas ocho mesas, el Día de la Madre sirvieron «en torno a cincuenta menús y todo lo sacamos adelante entre nosotros dos», abundan.
Cruzar la puerta del Madrid es entrar en un bar de los de toda la vida. Al fondo, junto a la puerta de la cocina, cuelga un reloj con escudos del Oviedo y del Sporting a izquierda y derecha y, debajo, tallado en madera, un escudo del Real Madrid. En la pared izquierda, la más cercana a la hilera de mesas, hay nada menos que ciento cinco azulejos, entre los que no puede faltar —incluso por duplicado— el imprescindible «Hoy no se fía, mañana sí», junto a otros mensajes clásicos como el que reza: «El hombre propone y la mujer dispone».
Más de cuatro décadas en el oficio dan para mucho en cuanto a hábitos de la clientela. En los ochenta y los noventa «desfilaban los cacharros por la barra; ahora es raro que te pidan alguno», detalla José Manuel Rodríguez. También han dado pie a alguna broma pesada, que el hostelero recuerda cuando se le pregunta por alguna anécdota. «Una vez vinieron a comer dos obreros. Primero salió uno diciendo que había dejado la cartera en el coche; luego el otro dijo que iba a buscarlo porque ya tardaba y dejó un paquete envuelto en papel de regalo. No volvieron y, al día siguiente, un cliente me dijo que abriera aquel paquete. ¿Sabes qué había? Un ladrillo. Bueno, esto más que una anécdota es una putada».
La pandemia también marcó un punto de inflexión. «Me dio mucha pena. Perdimos a muchos clientes de los que venían a tomar un vasu todos los días; aunque no hicieran mucho gasto, sí hacían muy buena compañía», confiesa el hostelero, que de repente tiene que hacer un alto en la charla. Entra un cliente, pide una caña de cerveza y pregunta cuánto es: 1,20 euros. Lo dicho, un precio ajustado en un bar de los de siempre. Cierra en dos meses. «Lo van a echar más de menos los clientes», vaticina José Manuel Rodríguez.
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