Fernando Aramburu: "'Patria' ya es un símbolo literario del conflicto vasco, como el Guernica de la Guerra Civil o la niña quemada con napalm en Vietnam"
El escritor donostiarra presenta su novela "Maite", su última entrega de la serie "Gentes vascas", en la Biblioteca de Asturias

Fernando Aramburu. / IRMA COLLIN

“Maite” (Tusquets Editores), la última novela de Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959), se publicó hace tres meses y para su autor, inmerso en un nuevo proyecto literario, es agua pasada. No tiene objeción en cumplir con la promoción, no obstante, y responder a las preguntas de los periodistas. Forma parte de su ética de trabajo de hijo de familia obrera, informa. Ni se plantea que pueda ser más o menos fatigoso y repetitivo. En cualquier caso, admite que todos los años, entre los dos fines de semana de la Feria del Libro de Madrid, tiene por costumbre darse un “garbeo” por varias ciudades españolas y que eso se ha convertido ya en un “rito agradable” para él. Hoy se paseó por Oviedo y mantuvo un encuentro con sus lectores en la Biblioteca de Asturias, en un acto organizado por la Librería Cervantes. Mañana saldrá hacia La Coruña.
“Maite” se publicó hace tres meses, tiene cierto recorrido. ¿Los lectores le han descubierto algo nuevo sobre la novela?
Los lectores me descubren muchas cosas, principalmente porque uno no escribe interpretándose, y la relación que uno tiene con su propia criatura tampoco se parece a la experiencia del lector, que abre el libro por la primera página, recorre una historia y la va descubriendo paulatinamente. Un escritor no es raro que trabaje un capítulo y que días después vuelva al principio, o que dedique una temporada al último tramo… Su relación con el libro que está escribiendo es más bien orgánica. Por otro lado, no es descartable que muchos lectores sean más inteligentes y perspicaces que el propio autor. Afortunadamente, no existe la lectura única o la lectura buena. El autor no tiene por qué tener las claves, quizás tenga algunas, pero seguramente existen otras. Yo aprendo de los lectores también sobre mis propias obras, porque distinguen matices, porque tienen un nivel cultural muy bueno o conocimientos históricos o de cualquier otro tipo que yo no tengo y pueden ver más allá que el propio autor. Cuando el libro está en manos ajenas deja de pertenecer al autor o por lo menos se rompe la ilusión de que ese libro está unido como por un cordón umbilical con el que lo ha hecho. No es raro que el libro suscite no solo comentarios, también algún poema, quizás alguien se tomará la deferencia de convertirlo en película… Es decir, que cuando el libro tiene repercusión ya se convierte en una especie de bien común. Y eso es lo mejor que le puede pasar.
¿No le provoca cierto sentimiento de pérdida? ¿“Patria”, llevada al formato audiovisual, convertida en una serie, no le hace pensar eso?
No, yo creo que es un error grave tratar de ver el propio libro en la pantalla o en la interpretación musical o en la novela gráfica que a uno le han dedicado. No, además me parece muy egoísta. Todo lo contrario, uno ha ofrecido algo a los demás y lo que ha ofrecido ha estimulado la inventiva de otros. Eso es lo más hermoso que le puede ocurrir a una creación humana, que siga generando comentario, creatividad… Eso me pasó con “Patria”. Nunca tuve la tentación de presentarme en casa de cada lector a decirle cómo tenía que leerlo y a que me devuelva el libro al final de la lectura. Por otro lado, una vez que el libro es entregado al editor, desaparece del escritorio, desaparece de mi cerebro porque ya está el siguiente proyecto pidiendo sitio.
Es un escritor reconocido y sus libros son muy esperados. Ante de tener “Maite” en las manos y empezar a leerlo, uno ya ha leído reseñas, críticas, mucho material metaliterario.
Yo creo que un escritor ya tiene bastante con escribir sus libros y hacerlo de la mejor manera posible, con esmero, con respeto a las personas que probablemente lo van a leer. Distrae demasiado pensar en lo que va a venir o lo que puede venir más allá del punto final de la obra. Cuando yo entrego mi libro al editor ya está terminado para mí. Hay una última fase de corrección editorial, pero bueno, estos son gajes del oficio. El libro como obra en sí, tal como yo lo entrego, es versión definitiva. No me preocupa gran cosa lo que se vaya a decir después. Hombre, si hubiera una enorme cantidad de críticas negativas tendría que resignarme y comprender que no he estado acertado. Como toco ciertos temas históricos o políticos, yo ya sé de antemano a quienes no van a gustar mis libros. Pero creo que forma parte del hecho de ser conocido el que a uno lo acompañen más o menos cariñosamente sus detractores. Con esto también cuento, pero no me quita el sueño. Mi concentración, mi tiempo, mi energía, mucha o poca, se enfoca en el siguiente proyecto. Yo no puedo estar sin proyecto. “Maite” ya no está en mi escritorio, no está en mi estudio, ya desapareció. Concedo entrevistas, pero ya fuera del ámbito de mi trabajo.
¿Cómo va enlazando proyectos? ¿De uno surge otro? ¿Se van superponiendo? ¿Cierras uno y empieza con otro? ¿Cómo conviven?
Cada cual tiene su receta. Yo soy incapaz de abordar dos proyectos simultáneamente, así que uno viene detrás del otro. Mi vocación literaria es firme, toco distintos palos, algunos de ellos comerciales, otros no dirigidos a un público masivo -aunque tampoco me importaría que se leyera mi poesía de manera multitudinaria-. Yo tengo esta ambición, que me viene de la adolescencia, de dedicar mi vida a la creación de una obra literaria lo más sólida posible desde el punto de vista estético. Toco la novela, pero también el relato o el ensayo, o a veces meto un piececito en la poesía, es decir, voy un poco como completando un mosaico de obras, que es el sueño que uno concibió de adolescente de dedicar su vida a escribir literatura. No tengo necesidad ni ambición de que cada uno de mis libros esté en las listas de los más vendidos, y prueba de ello es que cada libro que saco, por regla general, se parece muy poco al anterior. No solo porque no me quiero repetir, sino porque me gusta el sosiego y me gusta tener una relación con la literatura que yo gobierne, que yo decida en todo momento y no me venga decidido desde fuera, desde las expectativas o desde una ambición personal que yo no controle. Esto no va conmigo. El año pasado saqué cuentos, ahora saco una novela de la serie “Gentes Vascas”, serie a la que atenderé de vez en cuando y el próximo libro seguramente será muy distinto.
Le gusta tener el control de su trabajo literario.
A mí me gusta controlar todo lo que tiene que ver con mi vida. Yo he dejado de fumar hace muchos años, porque no podía tolerar que llevar a cabo actos que no vinieran decididos por mi voluntad, encender un cigarrillo por un vicio, por impulso. En el trabajo literario yo lo controlo todo. Incluso si improviso, la improvisación está prevista. No escribo cuando me da la gana, o sea, cuando me viene la inspiración, sino que yo soy muy metódico. Yo tengo un horario, yo me impongo un método de trabajo con cada libro. Sé que se puede llegar a buenos resultados de otra manera, pero mi manera de ser productivo es controlarlo todo. La documentación, el tipo de prosa, la partición en capítulos, el final que decido antes de empezar incluso la novela en cuestión. ¿Por qué? Pues porque yo de esa manera me siento seguro, sé en qué momento del trabajo me encuentro, sé a dónde va todo. Por algún defecto genético que debo llevar conmigo, necesito esto.
Por muy planificado que tenga todo, siempre habrá una chispa de ingenio inesperada.
Sí, también eso lo controlo.
¿También?
Aprendes a controlarlo también. Bueno, es que la palabra control suena un poco a actividad policial o a seguridad en el aeropuerto. Naturalmente, hay momentos en los que el cerebro da más o da menos. Si uno durmió mal, a lo mejor está lento, pero también en esos casos… Yo no conozco el bloqueo, no lo he conocido nunca.
¿Eso tan literario del miedo a la página en blanco?
Sí, lo del miedo a la página en blanco no lo he entendido nunca, porque tengo mis trucos. Si estoy muy amodorrado o cansado y quiero escribir, pues me doy la ducha o me como una manzana y ya sé que ya tengo media hora, 40 minutos productivos. Eso es todo. Yo no me flagelo ni mucho menos, yo disfruto escribiendo.
Hablemos de “Maite”. De fondo, el asesinato de Miguel Ángel Blanco. Mucha gente, de treinta y tantos, ni lo vivió ni lo recuerda.
Los vacíos en la memoria de los jóvenes actuales son semejantes a los vacíos que teníamos nosotros cuando éramos jóvenes. Lo que sí me parecería triste es que si un joven actual quisiera informarse sobre el caso Miguel Ángel Blanco no tuviera dónde acudir, porque quienes fueron testigos o contemporáneos del hecho no se tomaron la molestia de dejar testimonio, de cualquier tipo. Testimonios historiográficos, literarios, cinematográfico… Eso sí que me parecería no haber hecho los deberes. Que un joven de hoy día tenga su propio horizonte vital y sus intereses y dedique su tiempo a ellos me parece razonable. Lo mismo me ocurría a mí, cuando tenía 18 o 16 años y mi padre me venía una vez más con la Guerra Civil, escuchaba, pero me costaba mucho conectarme. Luego me interesé y encontré libros y películas. Mi iniciativa por llenar mi memoria de algo que yo no había vivido fue posible gracias a que otros anteriormente se tomaron la molestia de crear los testimonios.
Pero el acercamiento es muy distinto, está desprovisto de la emoción y puede ser más racional.
En estos días, hablando con personas que han leído mi libro, se ha repetido con frecuencia una escena y es la de personas de cierta edad que recuerdan dónde estaban en los días en que Miguel Ángel Blanco permaneció secuestrado. Tienen un recuerdo personal, sobre cómo se enteraron de la noticia, qué estaban haciendo, dónde estaban. Eso supone que son conscientes de que eran contemporáneos del hecho y que son capaces de establecer una conexión emocional. Recuerdan la impresión que les causó, la indignación, la pena... Eso no se puede esperar de alguien que no vivió aquello, porque tiene 12 años o tiene 15 hoy día. Siempre ha sido igual. Nosotros hemos aprendido en la escuela sobre las batallas de los romanos y de la Guerra de la Independencia.
Pero a la hora de analizar esos hechos, ¿la emoción estorba o ayuda?
Aquí, hablando de emociones, es cuando la ficción puede cumplir un papel. El novelista o el escritor de cuentos ya no opera con datos, sino con trasuntos humanos, a los que llamamos personajes, en los cuales un lector cualquiera puede percibir cómo sintió, cómo experimentó un hecho determinado, si tuvo miedo, si lloró, si sintió soledad… Eso sí que reclama la subjetividad de quien lee. Por eso las novelas tienen tanta repercusión frente a un libro de historia que a lo mejor está muy bien hecho, muy bien construido, muy bien documentado, pero que solo te permite enterarte o aprender. Ese hueco que ocupa la emoción es el que la ficción literaria o cinematográfica pueden y quizás deben cubrir.
En un relato como el de la historia de ETA y el terrorismo vasco. ¿Qué función puede cumplir la ficción? Si es que tiene alguna.
La ficción sí cumple un papel. Quien lee es el que decide si lo hace o no. Lo percibo comprobando la repercusión que ha tenido “Patria” en otros países, muy distinta a la de aquí. La ficción salva la vivencia individual. Ese es el gran papel de la novela. Nos coloca ante vivencias muy concretas, en lugares determinados, en momentos muy determinados. Para la ficción los detalles, aparentemente nimios, puedan ser muy importantes. La ficción no responde a la pregunta qué pasó, aunque si quiere puede responder también, sino a cómo se vivió, desde perspectivas concretas, con elencos limitados de personajes, en un determinado momento, en una determinada época. Estoy hablando del tipo de ficción que yo practico. Mis novelas, por regla general, están vinculadas a hechos históricos, entonces llega Aramburu, inventa unos personajes y los pone en ese momento. Valiéndome de esos personajes, cuatro, ocho, doce, quince, veinte personajes, trato de mostrar cómo se vivía en un momento determinado: qué comía la gente, cómo se expresaba, qué sintió cuando ocurrió tal cosa. El novelista lleva a los lectores a las alcobas, a las cocinas, a la intimidad de los personajes. Incluso se permite mirar dentro de ellos y transmitir lo que piensan, sus contradicciones, sus problemas morales, sus problemas afectivos.
Lo que sucedió en el País Vasco con el terrorismo produjo quiebras y heridas en la sociedad, en las familias y los grupos de amigos, que no quedaron expuestas, no se visibilizaron, y que dudo que se hayan reparado.
No es que no sean visibles, es que estos conflictos civiles o vecinales tienen muy mala cura. Dividen familias, rompen amistades, generan odios que se fosilizan o que se heredan en generaciones. Esto ya lo sabemos también por otros conflictos. Esto lleva a agresiones, incluso a asesinatos de personas que se conocían, que coincidieron en el colegio, o en el equipo de fútbol, o que compartían calle, o que compartían iglesia. Cuando este tipo de acciones se detienen, hay una reacción que es muy humana, que es la de guardar silencio para que eso, de alguna manera, con ayuda del tiempo y del olvido, se vaya calmando. Es que es muy doloroso, muy doloroso. Alguien va por la calle y de frente viene la persona que mató a su padre o uno mismo perpetró un asesinato y su sobrino juega con el hijo de la víctima. Las relaciones son tan personales que es algo incomparablemente más difícil de superar que guerras entre naciones. Esta es una herida más profunda. Ahí es realmente donde la ficción baja a pie de calle, entra en las almas, en las intimidades de los implicados y puede dejar un testimonio de una enorme densidad humana. Eso es lo que uno, lo mismo que otros escritores, porque no soy el único, intenta.
Hubo libros antes sobre el problema vasco, desde luego, pero ninguno con tanta repercusión como “Patria”. ¿Le pesa “Patria”?
Allá donde yo vaya suena, suena. Estoy en la feria del libro firmando y oigo: el de “Patria”. No, no me importa en absoluto, estoy muy agradecido a ese libro. Ahora, a los diez años de su publicación, ese libro ha adquirido un valor simbólico. Lo siento por mis detractores. No es que sea el libro definitivo ni nada de eso. Un libro no puede abarcar una historia colectiva de 40 años, pero sí puede simbolizarla, como el “Guernica” en la Guerra Civil, como la niña quemada con napalm en Vietnam. Les guste o no a las personas que me tienen ojeriza, “Patria” es un símbolo literario de ese conflicto, de la misma manera que la cara, las facciones de Miguel Ángel Blanco se han convertido en las de la víctima por antonomasia. Aunque ha habido ochocientas y pico más. Por supuesto que no es el único asesinado, pero es la imagen, es el emblema. Algo parecido percibo yo que ha ocurrido con mi novela.
Hablaba antes de refugiarse en el silencio para seguir adelante…
No, no, yo constato, y también lo constaté en Alemania cuando yo llegué a los años 80 y me interesaba cómo se había digerido toda aquella atrocidad nazi, y mi suegro me contaba que en los años subsiguientes a la capitulación alemana hubo un silencio muy grande. Nadie quería revivir dolores, sino rehacer el país, mirar hacia adelante. Algo parecido he creído percibir también en mi tierra natal. Yo voy allí, escucho, miro, observo y compruebo que hay un consenso muy amplio en considerar que el terrorismo de ETA estuvo mal, incluso dicho por parte de algunos que lo apoyaban, pero que hay que mirar adelante, como si metiéramos el polvo, la suciedad, debajo de la alfombra, para poder seguir adelante. Bueno, cada cual sabrá, para seguir, para proteger a los hijos del mal ambiente, por mala conciencia, y porque no puede parar una sociedad, el tiempo sigue y si no rehaces los lazos sociales es muy difícil convivir o coexistir.
La transición democrática española también requirió un tiempo de silencio, hasta que se volvió a hablar y a revisar lo pasado.
Sí, eso pasará en el País Vasco. Es un ciclo muy humano. También pasó en Alemania, también lo vi, y también con la Guerra Civil, claro. Además, la historia da muchas vueltas. Yo llegué a la edad adulta en la transición y no me identifico con mucho de lo que se dice ahora, había un enorme deseo de modernización y de crear una sociedad democrática, se hablaba de tolerancia, se ensalzaban las urnas, queríamos cantar y vestirnos como quisiéramos, se publicaron cientos de libros que estaban prohibidos o se republicaron sin censura, la sensación era un poco festiva, a pesar de ETA que empezó a matar más que antes. Ahora vienen a decir que hubo un manto de silencio. ¿Un manto de silencio? Se empezaron a publicar libros, hubo un auge de los libros políticos. Lo que había era la idea de encarar esa mierda de Guerra civil de otra manera, de hacer algo nuevo.
¿Qué piensa cuando escucha utilizar a ETA en la dialéctica política a conveniencia?
¿Qué vamos a esperar? El político está en continua campaña electoral, necesita votos y para ello mostrará al adversario bajo una luz desfavorable y le sacará lo que le tenga que sacar, y el otro lo mismo. A mí me parece pueril. Son como niños.
Nuevo proyecto, no tendrá nada que ver con “Gentes vascas”.
No, yo no voy a ser un organillero siempre tocado la misma melodía. Además, yo necesito la dificultad. Si siento que algo está discurriendo de una forma fácil, que estoy aplicando un esquema que ya conozco, las manos se ponen blandas. Ya no quiero. Necesito retos, meterme por donde no he entrado nunca. Eso me mantiene productivo y alerta, en tensión creativa.
Si hubiera vivido en España, ¿hubiera tenido la distancia suficiente para escribir las obras de “Gentes vascas”?
Cuantas veces me han hecho esa pregunta y la respuesta honesta es que no lo sé. Solo he tenido una opción y las circunstancias personales también influyen mucho en la experiencia propia y en lo que uno hace. De haberme quedado a vivir en San Sebastián, es casi seguro que habría escrito otro tipo de libros, quizá alguno como los que he escrito. Otra cosa es que lo hubiera publicado. Una cosa es escribir y otra es dar la cara. Yo fui amigo de Raúl Guerra Garrido, que me precedió tratando el tema y le quemaron la farmacia. Yo he escrito mis obras con absoluta tranquilidad.
Suscríbete para seguir leyendo
- Espectacular redada en Siero para detener al padre de la niña de 5 años tutelada sustraída en Oviedo: “Vinieron lo menos ocho coches de Policía”
- Dos heridos en un accidente en un accidente de tráfico en una de las calles con más tráfico de Oviedo
- “Pedimos a nuestros usuarios que cuiden el entorno y tomamos medidas restrictivas ante problemas de conducta”, asegura Caritas tras las quejas en San Lázaro
- La librería centenaria de Oviedo con la que no pudo la Guerra Civil, ni el libro electrónico
- Detenido un hombre por una supuesta agresión sexual en una fiesta de Oviedo
- “Es insoportable”: el clamor de un barrio de Oviedo ante la creciente inseguridad en el entorno del albergue Cano Mata
- El Madrid, el histórico bar de Oviedo desbordado por su éxito en TikTok, se despide el 31 de julio
- Una actividad para toda la familia animará este sábado el mercadillo de La Corredoria: el Ayuntamiento organiza un taller de manualidades con materiales reciclados