Manuel Sánchez-Montero, director general de Acción Contra el Hambre: "Celebramos en Asturias que al hambre se le puede vencer"
"Los actores violentos rechazan la acción humanitaria porque ven en ella un contrapeso a sus tesis de poder"

Manuel Sánchez Montero / Acción Contra el Hambre
Jorge Novo
Manuel Sánchez-Montero es el director general de Acción Contra el Hambre en España, la ONG que lucha contra las causas y los efectos del hambre en todo el mundo. A sus espaldas cuenta con más de 30 años de experiencia en trabajo de cooperación para el desarrollo y de acción humanitaria. Estos días se encuentra en Oviedo con motivo del X aniversario de la implantación de la organización en Asturias.
¿Qué balance hace de estos diez años de presencia en Asturias?
Un balance muy positivo, como no puede ser de otra manera. Por lo que nos han ido trasladando las más de 7.500 personas a las que hemos servido en la región, creemos que nuestra acción ha tenido un impacto real en sus vidas. Creo que hemos aportado algo a un tejido social muy rico y muy activo del que ya nos sentimos parte, nos hemos sentido muy acogidos en la sociedad asturiana.
¿Se dan situaciones de inseguridad alimentaria en Asturias y en España?
Por desgracia, sí. No solo está el hambre más severa, la que mata, sino que también existe un hambre de seguridad alimentaria moderada o estructural, que no mata, pero condiciona el crecimiento de las personas al impedirles poder pensar en qué hacer con sus vidas a medio plazo, porque tienen que estar buscándose la vida para llegar a fin de mes. Esto es algo universal, no pasa solo en países lejanos, lo encontramos también en regiones y países como Asturias y España y en otros países de renta media y alta de nuestro entorno.
¿Qué problemas relacionados con el hambre son hoy los más preocupantes?
El 15 por ciento de la población en España tiene comprometido su acceso a una nutrición saludable por falta de recursos. Esto no solo afecta a la dignidad de las personas, sino que también erosiona el contrato social, que es la base de la estabilidad de las sociedades. La lucha contra el hambre tiene que servir para apuntalar ese contrato, dañado por un tipo de narrativas favorecidas por crisis económicas y sociales que probablemente no han sido resueltas correctamente y que han llevado a que las capas de desigualdad se hayan ampliado.
¿Qué proyectos desarrollados en Asturias considera especialmente exitosos?
El programa Vives Emplea es un proyecto estandarte en la región. Está orientado a personas que sufren circunstancias sociales que les habían dejado fuera del sistema. El objetivo es trabajar con cada una de las personas entendiendo sus circunstancias personales y sociales. Se trata de acompañarles para que entren en el mercado laboral, pero también para que se desarrollen personalmente, que recuperen esa sensación de que son miembros activos de una sociedad de la cual nunca han dejado de ser parte.
¿Qué papel juegan los distintos agentes sociales?
Nuestra acción se estructura en tres niveles. Primero, trabajamos con las personas directamente, especialmente cuando no hay actores intermedios que asuman la responsabilidad. En segundo lugar, trabajamos con las organizaciones sociales de base, las comunidades que conforman las personas a las que servimos, desde asociaciones de vecinos a clanes o grupos familiares. En tercer lugar, el trabajo con las administraciones públicas. En Mali o Níger el hambre estaba “prohibida”, porque mencionarla era una afrenta política. Ahora, gracias a mucho trabajo, ya se ha incluido en sus marcos constitucionales y ha derivado en programas públicos contra la desnutrición. El sector privado también está llamado a jugar un papel fundamental, no solo en forma de filantropía, sino con su incorporación progresiva como inversor, porque combatir el hambre retribuye no solo solidariamente, sino que también crea entornos más estables con las oportunidades que este desarrollo lleva asociado.
¿Estamos atravesando uno de los momentos más críticos a nivel humanitario en el mundo?
Es la situación más exigente que hemos tenido nunca, sin duda. Hay una línea común, la negación de los marcos normativos internacionales, de esos principios universales que hasta ahora nos han protegido. Al mismo tiempo, cada vez es más difícil acceder a los lugares con situaciones más críticas. Hace quince años podíamos acceder a cualquier población en guerra o crisis, ahora hay que hacerlo a través de vías más complejas y costosas. Los actores violentos rechazan la acción humanitaria porque ven en ella un contrapeso a sus tesis de poder. El hambre es un arma de guerra, pero antes esta práctica era silenciosa, ahora en cambio todo el mundo sabe que en Gaza y en muchos sitios el hambre es una gran guerra.
¿Ha habido alguna historia concreta que le haya impactado?
En Chad tuve el lujo de conocer a Ahmad, un niño de nueve años que pesaba once kilos. Llegó a nuestro centro terapéutico casi expirando, no tenía fuerza ni para hablar. Después de una semana, en cuanto pudo articular una palabra, me dijo ‘estoy mejor que nunca, voy a salir’. La mayor lección es que el esfuerzo que hagamos siempre va a tener delante un esfuerzo titánico muy superior que nos va a enseñar una lección de vida a todos. Eso es lo que nos anima a seguir luchando contra vientos y mareas.
¿Hay esperanza en la lucha contra el hambre?
Precisamente, en el décimo aniversario de nuestra presencia en Asturias celebramos que, a pesar de la situación global, al hambre se le puede vencer y se le está venciendo. Es cierto que en los últimos años el hambre está repuntando en su forma más severa en puntos concretos, sobre todo por el recrudecimiento de los conflictos y la violencia pero, a nivel global, el hambre está retrocediendo. En unos años hemos pasado de contar con 1.500 millones de personas en situación de hambre a 750 millones en la actualidad. No hay que perder la esperanza.
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