Turistas y fieles a la joya natural de Oviedo aplauden la senda entre los monumentos pero con una condición: "Esperamos que se mimen bien los remates y el hormigón desaparezca"
Los visitantes valoran que se elimine el peligro de andar por la carretera, a la vez que reclaman que se oculte el hormigón junto a San Miguel de Lillo

Fernando Milla posa delante de a las obras de la nueva senda. / Irma Collín
La nueva conexión peatonal entre Santa María del Naranco y San Miguel de Lillo gana adeptos entre turistas y usuarios habituales del monte a medida que avanzan las obras impulsadas por la Consejería de Cultura, aunque el respaldo llega acompañado de una petición casi unánime: que los remates estén a la altura de un entorno declarado Patrimonio Mundial. «Todo lo que sea mejorar la accesibilidad será bien recibido», señalan los visitantes, que entienden la necesidad de evitar el tránsito por la carretera, pero reclaman que la actuación se integre con sensibilidad en «un enclave muy emblemático y milenario que hay que cuidar».
La imagen de la nueva senda sigue despertando curiosidad entre quienes estos días recorren el entorno prerrománico. El hormigón visible junto a San Miguel de Lillo y los movimientos de obra llaman la atención de vecinos, deportistas y turistas, aunque la mayoría coincide en que el juicio definitivo deberá esperar a que concluyan los trabajos y desaparezcan los elementos provisionales.
Uno de esos observadores habituales es Fernando Milla, vecino de La Florida y asiduo paseante del Naranco. Durante años ha recorrido los caminos del monte y sigue con interés la evolución de una actuación largamente demandada para mejorar la seguridad de los peatones. «Me chocó un poco ver tanto hormigón», admite. Pese a esa primera impresión, considera que la intervención puede resultar muy positiva. «Creo que todo lo que sea mejorar la accesibilidad entre los monumentos será bien recibido», sostiene.
Su principal preocupación no está tanto en la utilidad de la senda como en su integración paisajística. «Solo espero que no dejen ahí un mamotreto, que lo dejen curioso y lo integren bien en este entorno», apunta. Milla recuerda además que una parte importante de los visitantes son personas de edad avanzada. «Hay mucha gente mayor que viene y no es de recibo que tengan que andar por la carretera», añade.
La misma mezcla de comprensión y cautela expresan Diego López y Soledad Rodríguez, dos toledanos desplazados a Oviedo para participar en el Congreso Nacional de Médicos de Familia. Aprovechando un descanso en el programa científico decidieron acercarse al Naranco y se encontraron con las obras en pleno desarrollo.
«Entiendo que es perfecto que busquen mejorar las comunicaciones», comenta López mientras contempla el entorno de Lillo. Sobre el aspecto visual de la actuación, ambos prefieren reservar el veredicto. «Luego si queda más guapo o más feo es cuestión de gustos. Confiamos en que lo rematen bien», resume Rodríguez.
Más contundente se muestra Ramón Cobo, ingeniero zaragozano afincado en Langreo desde 1969 y profundo conocedor de los monumentos. Su relación con el conjunto se remonta a una época muy distinta. «Recuerdo que las primeras veces una señora me dejaba las llaves para ver los monumentos por dentro», relata durante una visita acompañado por Roberto Bernal, un gaditano que realizó en su día el MIR en Oviedo y que este fin de semana regresó para hacer turismo.
Atajar el barro
Cobo resta importancia al debate estético que rodea la actuación. «Me importa un pito el impacto visual», afirma sin rodeos. Para él, la prioridad es otra. «Lo que no quiero es subir con los pies llenos de barro», explica, convencido de que una infraestructura cómoda y segura mejorará la experiencia de quienes visitan uno de los espacios más simbólicos de Asturias.
Entre los usuarios más jóvenes también existe una valoración favorable. Carlota García, de 18 años, acaba de terminar la PAU y eligió el Naranco para salir a pasear este sábado. Al ascender por la senda desde el aparcamiento del Prerrománico se encontró con una estampa muy diferente a la habitual. «Me llamó la atención porque antes había matorral y ahora hay hormigón», reconoce. Aun así, comparte la opinión mayoritaria. «Creo que mejorar la conexión a pie es algo siempre bueno. Supongo que la obra la harán para que quede bien», señala la joven.
Mientras los operarios continúan trabajando para que la nueva senda esté lista para agosto, el sentir general entre quienes frecuentan el monte parece claro: la mejora de la seguridad y la accesibilidad cuenta con respaldo. La condición es que el resultado final esté a la altura de un lugar que muchos consideran algo más que un atractivo turístico. Un rincón de la historia asturiana que merece ser tratado con especial cuidado.
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