Los niños de Oviedo cuelgan la mochila y celebran por todo lo alto el último día de clase
Los centros educativos celebran el fin de curso con música, actuaciones y alguna lágrima antes de las vacaciones: «Voy a echar de menos a mis amigos»

Alumnas del colegio San Pedro de los Arcos antes de su actuación de fin de curso. / Miki López
A las puertas del colegio de La Ería, mientras el resto de los niños se abrazaban, firmaban en las camisetas con dedicatorias en plan álbum de recuerdos y prometían verse durante el verano, Alexander Klinskykh, de 12 años, era un mar de lágrimas. Acaba de terminar sexto de Primaria y no lloraba por las notas ni porque empezaran las vacaciones; de hecho, dice que tiene seis sobresalientes y tres notables. Su pena era otra: dentro de unos meses no compartirá instituto con los compañeros con los que tanto ha disfrutado. Una mudanza a Ventanielles cambiará su camino y, mientras ellos seguirán juntos, él comenzará una nueva etapa en otro centro. «Me da mucha pena», confesaba con el teléfono en la mano mientras llamaba a su madre. Sus vacaciones empezaron con lágrimas, aunque también con la promesa de que septiembre le traerá nuevos amigos y otra historia por empezar.
Pero en Oviedo, este viernes, esas lágrimas fueron solo una pequeña anécdota en una jornada mucho más bulliciosa. El último día de clase sonó sobre todo a música, carreras por los patios, mochilas vacías y vacaciones recién estrenadas. En los colegios del municipio, el curso no se despidió en silencio, sino con fiestas, bailes, juegos, graduaciones, comidas campestres y abrazos de esos que mezclan nostalgia y alegría. Ni siquiera el cielo gris, que cubrió la ciudad después de tantos días de calor y sol, logró rebajar el ambiente festivo. Las nubes pusieron el decorado; los alumnos, el color.
En La Ería, la despedida tuvo sabor a comida campestre. La organizó la Asociación de Padres y Madres, presidida por Laura Álvarez, que resumía el sentido de la cita como «una forma de estar juntos» antes de que cada familia tome el rumbo de las vacaciones. Después de comer, a las tres y media de la tarde, el colegio continuó la fiesta con exhibiciones de karate y danza, además de juegos tradicionales. Entre los niños, Nacho Viejo ya hacía planes para el verano: «Quiero ir a la playa y jugar mucho con mis amigos». Isora Ordóñez, también con la cabeza puesta en las vacaciones, lo tenía claro: «Yo voy a estar todo el día en el agua». Una celebración similar se vivió también en Villafría, donde las familias compartieron mesa y despedida.
En cada centro, con formatos distintos, se repitió la misma energía: niños contando los días para ir a la piscina, familias grabando actuaciones con el móvil, profesores convertidos por unas horas en animadores y patios transformados en escenarios. Los libros quedaron a un lado y el protagonismo fue para la música, las risas y esa sensación de libertad que llega siempre con el último timbre.
En el colegio Baudilio Arce, el fin de curso tuvo banda sonora propia. El profesor de Educación Física, Marcos García, cambió el silbato por la mesa de mezclas y se convirtió en un DJ de excepción. Cuando sonó «Sweet Caroline», todo el patio respondió al unísono con el ya clásico «¡oh, oh, oh!», antes de dar paso a canciones de Aitana que hicieron bailar a pequeños y mayores. Por un rato, el colegio fue una pista de baile. Entre los alumnos estaban Daniel Fernández e Inés del Corro, satisfechos tras un curso de buenas notas y con las vacaciones ya planificadas. Daniel disfrutará del verano entre Portugal y un pueblo de León, mientras que Inés espera con ganas las jornadas de piscina en Valencia de Don Juan. «Vamos a echar un poco de menos a los compañeros, pero ya teníamos ganas de descansar. Además, ya los veremos el curso que viene», explica Inés con una sonrisa.
También miraban al futuro con ilusión Dani Iglesias y Laura Riestra, alumnos de las Escuelas Blancas de San Lázaro. Después de toda una vida estudiando juntos, el próximo curso comenzarán Primero de ESO en el instituto Leopoldo Alas Clarín. Cambia el edificio, cambian algunas rutinas y también parte del grupo, aunque ellos lo tienen claro: la amistad seguirá intacta. La nueva etapa impone un poco, sí, pero también despierta curiosidad y ganas de estrenar pasillos, profesores y compañeros. «Seguro que también nos lo vamos a pasar de lujo», señala Dani con una sonrisa.
La fiesta tuvo además un marcado carácter inclusivo en la Fundación Vinjoy, una entidad de referencia en Asturias por su trabajo en procesos socioeducativos y de inclusión. Allí, el final de curso reunió las graduaciones de estudiantes de ciclos formativos de grado superior y de Formación Profesional Básica, a los niños del Centro de Atención Temprana de Sordera que iniciarán su etapa escolar y a menores con graves trastornos de comportamiento que se incorporarán al sistema educativo ordinario. El acto incluyó actuaciones musicales de personas con discapacidad intelectual, la participación de uno de los programas audiovisuales de la entidad y una gran celebración comunitaria. «Acompañamos a 3.000 personas en procesos socioeducativos y a otras 10.000 de forma puntual, así que va a ser una fiesta de música, baile y comida. Que es lo que le gusta a la gente», explicaba el presidente de la Fundación Vinjoy, Adolfo Rivas.
El último día de clase también tuvo una parada institucional, aunque con tono de patio, en el colegio Pablo Miaja, donde la consejera de Educación, Eva Ledo, participó en la actividad «La mirada al refugiado desde la infancia», promovida por Accem con motivo del Día Mundial de las Personas Refugiadas. En un centro con 201 alumnos y 26 nacionalidades, Ledo destacó que el colegio es «un ejemplo vivo» de convivencia y una forma de crecer «con naturalidad, con inclusión real y con igualdad de oportunidades». La consejera se fijó además en el «Miaja Mundi», el mapa en el que el centro tiene identificadas las procedencias de su alumnado y que permite, señaló, que todos los niños «se sientan parte activa y viva del cole». Desde allí, aprovechó el final de curso para felicitar al alumnado por un año en el que, afirmó, «han seguido construyendo sus competencias personales y profesionales», y tuvo palabras de agradecimiento para el profesorado asturiano «por su gran trabajo» y para las familias por acompañar ese camino hasta el último timbre.
A la salida de los colegios, Oviedo parecía haber adelantado unas horas el verano. Algunos volverán en septiembre al mismo pupitre; otros, como Alexander, cambiarán de rutinas. Este viernes hubo alguna lágrima, claro, pero ganó la alegría. Y dentro de unos meses, cuando el verano ya sea recuerdo, quizá todos, también Alexander, miren atrás y recuerden este día no como una despedida, sino como el comienzo de otra aventura.
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