Negocios de siempre
La confitería hermana de un café mítico de Oviedo, con maestro vienés, que encandiló a la Caballé
Patricia Pidal, tercera generación de Peñalba, desvela su secreto: «No invento, no copio, no hago experimentos; mi filosofía es mantener la excelencia y no es sencillo, cuesta»

Miki López /Amor Domínguez
La confitería Peñalba nació casi al mismo tiempo que un café mítico, del mismo nombre, «que estaba en la calle Uría y con el que compartía obrador», cuenta Patricia Pidal, la tercera generación de una saga que iniciaron los hermanos Maximino y Enrique Álvarez Victorero, referencia imprescindible en la historia de la hostelería asturiana. Los creadores de Peñalba viajaron por toda Europa para buscar el mejor confitero, lo encontraron en Austria. Las recetas de aquel maestro confitero «son idénticas» a las que elaboran «en el mismo obrador» hoy en día, casi noventa años después. «Yo no invento, no copio, no hago experimentos; mi filosofía es mantener la excelencia, y no es un trabajo fácil, cuesta», confiesa Patricia Pidal.
El aristocrático Café Peñalba abrió sus puertas el 14 de agosto de 1929 en el mismo edificio de la calle Uría donde hasta un año antes había estado el Hotel París. Pocos meses después y muy cerca arrancaron la confitería y el obrador, que hacía pasteles y bollería para ambos negocios junto al pasaje. «En el café también se servían meriendas y el mítico helado Peña Santa», relata Patricia Pidal de una época fundacional que conoció por boca de su padre, José María Pidal. «Sus tíos venían de una rama de hosteleros, que ya habían tenido el Hotel Pelayo en Covadonga y después el Casablanca en Oviedo, un restaurante de lo mejor que hubo en el norte de España, exquisito», cuenta la sobrina nieta.

Salón del Café Peñalba, hermano de la confitería con la que compartía el obrador. / LNE
Vajilla de porcelana checa, cubertería de plata, mantelería y servilletas de damasco de hilo y centro de flores en búcaro eran seña de identidad de aquel restaurante y de una confitería que, además de pasteles, pastas y bombones, «se especializó como tienda de regalos, porque en sus viajes por Europa buscaban las mejores piezas, porcelanas de Limoges o cristal de Murano; cuando se montaba algo era lo mejor de lo mejor», abunda Patricia Pidal en la explicación .
Esa estrategia llevó a Enrique Álvarez Victorero y a su mujer a buscar un confitero de categoría por Europa hasta que dieron en Viena «con el mejor que pudieron encontrar. Trajeron a su hijo, que ya venía formado, y así empezó el obrador y la confitería con todas las recetas que tenemos. Todos son productos originales desde entonces, los pasteles, las pastas y los bombones. No existían antes y a día de hoy siguen haciéndose exactamente igual», asegura Patricia Pidal. Unas recetas que, añade, «han pasado por muy pocas manos pues nuestros maestros de obrador han sido muy longevos, el primero, el austriaco Johan, vino de joven y se jubiló con nosotros, y así se siguió haciendo. Ahora está al frente un chico que lleva 30 años aquí y es joven , Víctor Migoya», argumenta la tercera generación de Peñalba.

Cartel de Peñalba, en la calle Milicias Nacionales, en la década de los años setenta del siglo XX. / C. C. P.
Una confitería con productos estrella, que la clientela fiel siempre vuelve a pedir. «Hay algunos que gustan mucho, los bombones, todos. Unos de chocolate negro, otros con leche, con almendra, de praliné. El chantilly de Saint Honoré, las milhojas que se han servido en bodas muy importantes o el pastel de manzana, también uno de los preferidos, con esa mezcla agridulces. Luego están los exclusivos de navidad, con seis clases de turrón, el de pistache es una locura lo mucho que se vende y la torta Peñalba. Son productos que no queremos comercializar todo el año, aunque por demanda podríamos, pero es bonito guardar las tradiciones y que el turrón se coma en navidad», defiende Patricia Pidal, «la mano derecha» de su madre María Victoria Sobrino, «hasta que se jubiló y llegó a una vida más tranquila, y ahora ella es mi mano derecha, en un proceso muy natural, progresivo».
Un negocio camino de sus cien años de vida, que ya es historia de Oviedo, como meses atrás reconocía el Ayuntamiento en un homenaje compartido a otros veintisiete negocios con al menos 75 años de actividad ininterrumpida en la ciudad. Tiempo que da para contrastar una filosofía de negocio: «Mi papel es mantener nuestra excelencia, que no baje la calidad, que no bajen nuestras presentaciones. Y a partir de ahí ya mandan los clientes», comenta Patricia Pidal. Casi un siglo que da para ciento y un anécdotas con los actores, políticos y famosos encandilados con sus bombones. «Por ejemplo, Montserrat Caballé y Antonio Gala no perdonaban cuando venían por aquí», revela. «También tenemos un catering excelente y se sirvió en bodas reales», añade con toda cautela de dar más nombres propios. En cambio si desvela una satisfacción de lo más confesable «cuando vienen abuelos que ya entraban aquí de niños y que les gusta que la tienda no ha cambiado nada, ni tampoco el sabor».
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